martes, 5 de noviembre de 2019

Alba y el color gris


Alba odia el color gris desde siempre, quizá desde el primer pensamiento, quizá desde antes, cuando nació y abrió los ojos y la luz entró en ellos. Ella lo piensa así. Si le preguntas por qué, te dirá que el gris es la ausencia de color y lo que no tiene color… está muerto. Dice que los colores son la vida, da igual su tonalidad o su viveza. Si le respondes que eso no es así, que podrían ser el blanco o el negro, según a quien le preguntes, te sonreirá, comprensiva por tu ignorancia y te dirá:

“Hay personas que tienen una luz blanca. Son pocas y difíciles de encontrar. Yo he visto alguna y son únicas e irrepetibles. Son las que arrastran a otras almas tras de sí, son las que mueven el mundo para bien. También he visto a las que llevan una estela negra y a esas siempre las he evitado. No te acerques a ellas, no son de este mundo, ni buenas, ni malas, pero no son como nosotros y quizá te eleven, o puede que te hundan. Te puedo asegurar que ninguna de ellas, con su blanco deslumbrante o su negro odioso, son la ausencia de color, porque eso significaría la ausencia de vida”

Y tú no sabes qué responder porque te lo ha dicho mientras sonreía, convencida y convenciendo, y te das cuenta que da igual si tiene razón o no y asientes con la cabeza.

Alba salió esta mañana de casa y se encontró, como cada mañana, al portero del edificio de al lado, con ese color azul que irradia, esa masculinidad que tanto le gusta. Le alegra el primer momento del día, eso sí, siempre que no se haya cruzado antes con la vecina del primero, con su aura marrón, de amargada. Luego vienen otros: los niños, cuyos colores cambian rápidamente, del rojo al amarillo, y luego al verde, y luego al rosa. También cambian el brillo a medida que se enfadan, ríen, discuten o juegan. Por eso le gustan los niños, porque cambian y no engañan. Todavía no saben que tienen que controlar, que deben comportarse; son puros.

En el metro se entretuvo observando toda la gama del arco iris. Tanta gente, tantas almas, todas distintas, todas diferentes. Ningún día de su vida ha dejado de maravillarse por ello. Desprecia a aquellos que agrupan a los demás en amarillos, rojos, azules. Hay tantos tonos que a veces cree que no ha visto nunca ninguno repetido.

Al salir ha buscado en el mapa la calle a la que se dirige. No ha estado nunca en esa oficina. Es el primer día y no ha podido dormir en toda la noche pensándolo. Siempre se estresa cuando tiene que hablar con gente que no conoce. Se distrae mirando la luz que emiten y a veces pierde el hilo de lo que le están diciendo. Y la gente se molesta, con razón.
En la puerta le espera la encargada, vestida de verde, y le indica dónde cambiarse. Se pone su uniforme blanco, sus zuecos de trabajo azules, sus guantes amarillos. Se mira al espejo buscando ojeras de sueño y le ocurre lo de siempre: no ve su propio color. Nunca lo ha visto. Antes, de niña, solía llorar desesperada por ello y se lo decía a su madre. Luego se dio cuenta que no todos eran como ella, no todos podían ver lo que ella veía, y empezó a callárselo, a tragárselo. Ahora, pasada la cuarta década de su vida, ha aprendido a ignorarlo. Ha asumido que puede ver el aura que cada uno emite, pero no el suyo, y prefiere pensar que es porque su color no tiene nombre, que no está inventado aun y por eso no se refleja en el espejo.

Llena el carrito que le han dado con trapos, detergentes, sprays y líquidos para limpiar. Añade el cubo de fregar y el cepillo de barrer y empieza por la mesa que le han indicado. Es horario de trabajo y eso supone que tiene que ir levantando a la gente para vaciar papeleras y quitar el polvo. Lo hace tímida, pidiendo permiso, sin mirar a los ojos. La gente le sonríe y le dice “claro, adelante”, y se van a hablar con el compañero de al lado. Les observa de reojo: en este caso el hombre, azul marino calmado, se acerca a la chica, rojo turquesa con pequeños destellos eléctricos, y le gasta una broma sobre la longitud de su falda. Ella sonríe, pero los destellos se vuelven morados enfado. No le ha gustado el comentario. El hombre repite la broma y la chica se gira hacia la pantalla de su ordenador, sin más, y el rojo turquesa se apaga un poco. Alba piensa lo útil que le sería a todo el mundo poder ver lo que ella ve. El hombre se daría cuenta que sus palabras son molestas y lo evitaría… aunque… quizá le diera igual, piensa. Al final, no importa que uno vea algo si la empatía, que es transparente, no forma parte de su alma. Son reflexiones que la ayudan a pasar el día.

Hay veces que necesita pararse unos minutos porque se agota, sobre todo cuando las auras son nuevas y tiene que tratar mucho con ellas. Una cosa es mirarlas desde lejos, en el metro, y otra mirar de cerca a los ojos de alguien y saber que miente, que está nervioso o enfadado, mientras sus labios dicen unas palabras y su aura las contradice. Como el que esta mañana le ha dicho “no pasa nada” cuando se le volcó el cubo de fregar cerca de su mesa, sonriendo mientras emitía un verde falso y malsano que susurraba “inútil de mierda”.

Ha emitido un suspiro de alivio cuando ha visto que el reloj le dejaba salir por fin e irse a casa. El primer día en una oficina nueva siempre es así, luego se acostumbrará y se cansará menos, pero ahora se siente agotada y medio cegada por tantos destellos nuevos.

De nuevo el metro, de nuevo la distracción, de nuevo el portero azul masculino, los niños destelleantes y cambiantes por la acera, y ya está en la puerta de su casa. Coge las llaves y suspira. Quizá este sea el peor momento del día. La mayor parte de la gente siente alivio cuando entra en su hogar. Alba no. Ella siente tristeza primero, una mezcla de rabia y desesperación luego, una sensación de pérdida, de derrota a continuación, y al final… resignación. Y todo ello en los pocos segundos en los que la llave gira, la puerta se abre y entra al recibidor. Entonces se asoma al salón y ve a su marido mirando la televisión con ojos fijos, como cada día de cada semana, de cada año, desde siempre, desde hace siglos. El hombre ni siquiera se mueve, no pestañea, concentrado en el concurso que sale en la pantalla. No hay reacción, como ya nunca la hay, desde hace mucho tiempo, porque su mujer haya vuelto a casa. Y Alba piensa que quizá sea por su culpa, por ser transparente, por no tener aura. Le mira y… ahí está… lo que ella ha odiado siempre, lo que ella siempre ha llamado ausencia de vida… a su marido color gris.

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