domingo, 27 de agosto de 2017

Miércoles



Inés abre sus ojos azul cobalto y contempla el billete que él dejo sobre la mesilla de noche antes de irse. Está colocado bajo sus pendientes, esos mismos que arrojó de cualquier manera en cuanto entraron por la puerta. Siempre tiene ese tipo de detalles con ella, es por lo que le gusta y por lo que el dinero no duele tanto. Viene a decir: “aquí tienes tu sueldo, aquí tienes tu dignidad, no la pierdas”. 

Se levanta soñolienta y camina hacia el baño. Siempre la misma habitación de hotel, es una manía de él. “Es tu zona de confort”, le dice ella muchas veces, “si te cambiara un mueble de sitio, seguro que no se te levantaba”. Intenta provocarle para que deje de ser un caballero, para que se porte mal, para que la vergüenza no la golpee cuando él sale por la puerta. Puta vergüenza. Tira de la cadena y va hacia el mueble donde están colocadas las líneas de polvo blanco en perfecta formación paralela. Tres antes del sexo, tres después. Esa es su zona de confort, esa que solo puede pagar con los billetes que nacen debajo de sus pendientes cada miércoles de cada semana, de cada mes, desde hace tanto tiempo que ya ni recuerda.

Martín sale del hotel y coge el coche. Está lloviendo. Desconecta la mente y deja que la costumbre conduzca por él. Desde el hotel hasta la urbanización no hay más que veinte minutos, pero los miércoles siempre suele parar en algún sitio y anestesiar la conciencia con alcohol. Le es necesario para poder mirar a su mujer a la cara al llegar a casa. No es algo que pueda controlar. No es solo sexo, no es morbo, no sabe lo que es. O quizá sí lo sepa, pero no quiere admitirlo. Sale, coge el coche de nuevo y deja parte del dolor sobre la barra del bar, al lado del vaso de ginebra.

Cuando llega a casa, ella está en la cocina, preparando algo para cenar. Antes de entrar a darle un beso se pasa una mano por la cara, intentando borrar la vergüenza que siente, la puta vergüenza de cada miércoles a esta hora. Ella se vuelve y le sonríe. Él se acerca y, con mucho cuidado, le limpia un poco de polvo blanco que le ha quedado en el labio superior, siempre tan caballero. Los ojos azul cobalto, inyectados en sangre, se humedecen.

Fuera de la casa sigue lloviendo, como si el agua quisiera ayudarles a arrastrar la vergüenza, la puta vergüenza.

4 comentarios:

  1. Yo quitaba los tacos...ya sabes, pero esta muy bien. Tiene varias interpretaciones....

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  2. Los tacos son la esencia. No se puede hablar con alguien de juvenil.

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  3. Uhh...

    Lo primero: es corto.
    Lo segundo: Es raro. La emoción no me termina de llegar. Creo entender el significado (ambos, el matrimonio, encuentran emoción al encontrarse en un hotel, como si fueran cliente y prostituta). Pero no me llega.
    Lo tercero: ¿Cómo van a seguir las rayas si ya las han esnifado?
    Lo cuarto: Discúlpame por ser un pedante. Aunque pueda parecer que no, te sigo con sumo gusto.

    Un abrazo
    Isma

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    1. Para lo tercero, tres rayas antes y tres después del sexo. Aparte que se supone que se paga la coca con lo que el le deja como pago.

      Sabes que siempre me tomo todas las críticas muy en serio, pero oye que son opiniones.

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