jueves, 18 de mayo de 2017

La sonrisa del perdedor


MILA

Un pensamiento baja volando y se posa suave sobre la mente de Mila: «esta noche voy a hacer el amor, bueno, qué coño, voy a follar». Apenas las palabras acaban de cerrar las alas y acomodarse, cuando ya se ha puesto colorada. «Por Dios, Mila, pero qué estás diciendo» y automáticamente cierra las piernas y las cruza, todo en un solo movimiento recatado e inconsciente. 

Hace rato que no escucha al resto de contertulios. Sentados en círculo, con una mesa pequeña en el centro, la docena de asistentes de ese día debate desde hace horas sobre «La conjura de los necios». A ella le pareció una chorrada de libro cuando vio la convocatoria, pero quedarse en casa machacándose el ego había dejado de ser una opción desde hacía un tiempo. Es lo que estuvo haciendo durante un año y medio, desde aquel lejano día en el que Ramón se había ido con la putita. Siempre le sale esa palabra cuando piensa en ella, putita, así en diminutivo, aunque en realidad putona sería más adecuado, más que nada por la edad. Y es que, si al menos se hubiera ido con una jovencita, pero no, se fue con una cincuentona, otra versión de ella misma. 

Imaginarle entre las piernas de una chica hubiera sido ideal para poder llamarle cabrón degenerado, pero no, el muy jodido se había ido con una como ella, un madura, aunque «más adecuada», dijo, «más independiente», sentenció. Treinta años de hogar perfecto, de hijos perfectos, de vida perfecta, todo para acabar dándose cuenta que la imperfecta era ella, al menos eso había estado creyendo durante mucho tiempo. 

“…Ignatius representa a la inmadurez de una sociedad decadente que…”

La frase se ha colado en sus pensamientos. La ha soltado Juan, “ojos de serpiente”, apodo que le puso mentalmente el primer día que le conoció. Normalmente viene acompañado de su mujer, pero hoy está solo. Pilar, su esposa, no le cae bien, aunque hasta hoy no ha sabido por qué. Fue esta mañana, nada más levantarse y recordar que tenía tertulia con el club, cuando se dio cuenta. Pilar no es una persona desagradable ni estúpida, solo es que se parece demasiado a ella. La ve ahí, al lado de Juan cada domingo de tertulia, tan atenta a lo que dice él, tan pava, que la odia. Tal y como se odia a si misma desde que Ramón se fue con la putona. «¿Por qué aguanté tanto al lado de ese hombre?», se reprocha. Siempre hubo una sospecha, unos ojos que huían ante las preguntas, unas palabras vacilantes; en resumen, una rata muerta bajo el porche, pero era mejor dejarlo pasar, más cómodo. Y ahora, ella misma se ve reflejada en Pilar. A su marido se le huele desde lejos. Nada más entrar, hace un rato, ha repasado a todas las presentes de arriba abajo. Se le nota que las ha probado de todos los colores. «Pobre Pilar, pobre y estúpida Mila».

“… y esa madre, ¡qué personaje! Siempre perdonando a su hijo. Alcohólica y abandonada…”

La tertulia sigue y Mila recuerda lo ocurrido hace unas horas. Ha sido esta mañana, durante el desayuno, cuando ha levantado por tercera vez el vaso de leche. Se ha quedado mirándolo, tan verde, tan duradero. Uno de los que compró hace treinta años. Una maravilla de vidrio que le aseguraron duraría para siempre. Estaba un poco descolorido ya y lleno de marcas a base del uso, pero ahí seguía. Un vaso que se ha caído mil veces, que se ha golpeado en tantas y tantas ocasiones, y, sin embargo, desgastado, pero entero. Entonces ha venido el ataque de rabia. Lo ha agarrado y lo ha lanzado con todas sus fuerzas contra la pared. La leche ha dibujado un arco informe en el aire y ha caído por todos lados. Y el vaso, tan duradero, tan eterno, se ha hecho añicos contra los baldosines blancos.

Entonces, Mila ha gritado de rabia, de pena, de incomprensión. Ha golpeado la mesa y pateado la pared de forma salvaje hasta cansarse, eso sí, sin soltar una lágrima. Ya no le quedan. Dieciocho meses llorando es mucho llorar. En ese momento es cuando ha decidido pasar página y empezar otro camino. Y han aparecido las ideas locas, esos demonios pequeños y divertidos que se cuelan sin ser llamados. Esos que aparecen en la juventud a miles y que van siendo espantados o atendidos a medida que maduramos. «Viaja lejos», «prueba las drogas», «baila hasta que no pueda más», «sal al balcón desnuda y grita hasta quedar ronca», «tírate a un chaval» … Sí, eso… tirarse a un hombre más joven, a ver qué se siente. “Tirárselo”, ahí es nada, “follárselo”, sí, queda mejor “follárselo”.

“…el personaje negro es todo un símbolo, toda una protesta en sí mismo. Las gafas oscuras con las que tapa sus ojos aluden a…”

Sí, los ojos. Dicen tanto, son tan evidentes... Los de Juan no son los únicos que han acariciado hoy sus curvas de mujer. Mario también lo ha hecho, aunque de esa forma tímida que tiene el chaval. Admitámoslo, no es más que un crío para ella. Solo es un poco mayor que sus propios hijos, pero se le ve fuerte, buenos riñones, seguro que empuja con toda el alma. Los labios de Mila se curvan y deja escapar una risita.

“…Es gracioso el negro, sin duda... ¿Es el que más te ha hecho reír, Mila?... cuéntanos.”

No se ha dado cuenta, pero su risita en realidad ha sido toda una carcajada. Ahora todos la miran. Se pone colorada hasta la raíz del cabello. La imagen del negro se fusiona en su mente con la de un Mario blanco y desnudo empujando con una verga negra, todo riñones. Todas las miradas están fijas en ella. Y entonces pasa... Al principio solo es un temblor en sus hombros, luego una mano que se lleva a la boca, sus ojos se arrugan un poquito y… estalla en carcajadas. Mario mitad negro, mitad blanco bombeando como si le fuera la vida en ello. Se agarra la tripa en un movimiento que es todo suyo, todo ella, y se retuerce con lágrimas de auténtica juerga rodando por sus mejillas. Todos se miran confundidos. El libro es gracioso, pero…

Mila, colorada, medio sudando, se calma, mira a Juan y luego a Mario, y vuelve a estallar en carcajadas incontrolables. La mecha está encendida y empieza a arder. Primero son sonrisas incrédulas, luego risas, al final todos la acompañan en una orgía de dientes blancos y ojos llorosos de puro regocijo. Cuando se van calmando alguien dice «…el negro…» y de nuevo estalla la hilaridad en cascada. Al final todos se calman. Mila siente un poco de humedad en las bragas y se mueve incómoda. Sonríe para sí misma. No sabe si ha sido culpa de las carcajadas o del deseo, ese nuevo compañero.

“… y por hoy creo que hemos dicho todo lo que se puede opinar sobre el gordo Ignatius y su tragicómica vida. Nos vemos en la siguiente tertulia, amigos…”

Hay un arrastrar de sillas y un volar de abrigos encajándose en sus dueños. Juan se le acerca, tal y como ella espera. Le ha lanzado un par de miradas en momentos clave, justo cuando se hablaba de algo sexual o picante, y el muy idiota ha picado. Se para un momento. Una alarma suena en algún punto de su cerebro. «Mila, ¿qué estás haciendo?, no te reconozco». Se da cuenta que es la voz de su ex marido. Siempre fue un mojigato con ella, el muy cabrón, siempre con ese falso recato, siempre apartando la vista cuando salía desnuda de la ducha o cuando se ponía el sujetador, y todo para acabar yéndose con otra más “adecuada”. «¿Por qué te oigo todavía, Ramón?», «¿es que vas a seguir jodiéndome incluso dentro de la cabeza? Que te den…» y aparta la molesta imagen de su mente. Juan llega donde está ella, sonrisa de hombre pagado de sí mismo, ojos de serpiente. Ella sonríe a su vez.



JUAN

Juan observa el cuadro de la pared. «¿Cuántos habré visto como este? ¿En cuántas habitaciones de cuántos hoteles habré visto oleos de veleros surcando el mar? Ni siquiera son cuadros de verdad, son solo reproducciones enmarcadas, imágenes falsas, carne de impresora. Salen de la máquina, todas iguales, les colocas un marco y ya tienes decoración para mil habitaciones, diez mil, cien mil. Colgados de una pared, observarán y juzgarán a todos los que se acuesten en las mil, diez mil, cien mil camas que las ocupan. Si esos cuadros tuvieran alma, si pudieran pensar, se asquearían cada noche y cada puto día». 

El ruido de la cisterna del cuarto de baño le trae a la realidad. La madurita ha caído sin mucho esfuerzo. Se la veía dispuesta nada más empezar la tertulia. Un par de caídas de ojos, tres o cuatro sonrisas y ya estaba en el bote. Es curioso, hoy precisamente. Ha sido un día malo, extraño, pero cuando la ha visto reírse de esa manera ha pensado que dentro de aquella cincuentona inocente tenía que haber algo salvaje, algo que le hiciera olvidar por un momento. Le encantan de ese tipo. Parecen virgencitas, pero están resabiadas como gallinas viejas, y eso le pone mucho. Le ha extrañado no tener una erección allí mismo.

Puede que haya sido culpa de lo ocurrido en las últimas horas. Hasta medio día todo iba como siempre, nada fuera de lo normal. El vacile con la camarera del bar a la hora del desayuno, el repaso visual a una secretaria en el ascensor, el roce “accidental” con la chica de las fotocopias. Futuras presas todas. Algunas se han escapado a lo largo de su vida, claro, pero normalmente es porque resultaban ser bolleras; bueno, seguramente lo eran. 

A eso de la una ha pasado algo que le ha desestabilizado. Ha vuelto a casa a comer y ha aprovechado para ir al cuarto de baño. Estaba sentado en el trono, con los calzoncillos bajados y concentrado en el esfuerzo cuando ha visto un destello de plata debajo del armario del lavabo. Se ha estirado todo lo posible y con la punta de los dedos lo ha sacado. Un cuadrado de plástico con una palabra impresa en ambos lados: “DUREX”. Los ojos se le han abierto de sorpresa, las piernas le han flojeado y el estreñimiento ha dejado de ser un problema.

Al salir se ha guardado el hallazgo en el bolsillo. Le es extraño. No el objeto en sí mismo (los tiene iguales a montones en un escondrijo del coche), si no el sitio donde lo ha encontrado, en su propio baño. Hace una década que se hizo la vasectomía, hace mucho que no los usa dentro de su propio dormitorio.

La comida ha transcurrido en silencio. Pilar, distraída, ensimismada, con esa expresión de quien está mirando más allá de las paredes, apenas se ha llevado algo a la boca. Él, sintiendo un peso extraño sobre la pierna, donde descansa el trozo de plástico incautado, ha estado revolviendo la sopa como quien busca respuestas en el fondo del plato. Cuando se ha levantado para irse, ella no había cambiado la expresión. El «hasta la noche, me voy a la ofi» ha quedado sin su correspondiente «no trabajes mucho» de todos los días.

En su despacho, Juan se ha sentado en la silla y ha estado un rato mirando el pequeño bulto cuadrado de su pernera. No se ha decidido a tirarlo, no sabe por qué. A las seis de la tarde su amigo le ha soltado «¿Haces horas extra o es que tienes plan, maricón?». Entonces ha despertado de su ensoñación, ha cogido el abrigo y se ha dirigido al Bar donde siempre se detiene a calentar antes de salir. El regusto del Dyc con Coca-cola le ha traído de nuevo a la realidad. Le ha despejado, ha alejado los pensamientos confusos y le ha puesto en modo “Juan”, ese estado en el que es capaz de follarse a cualquier tía. Luego ha salido solo en dirección a la tertulia, un cazadero inexplorado.

La puerta del baño se abre y aparece Mila. Le extraña verla vestida aún. Se miran a los ojos y avanzan uno hacia el otro. Cuando están pegados, ella levanta los brazos, indecisa, y le rodea el cuello. Él la toma por la cintura. El modo “Juan” está en On. «Voy a por ti, nena. Vas a fliparlo a tu edad». Se besan. Ella ni se acuerda siquiera. ¿Qué se hacía? ¿Cómo se mueve la lengua? ¿Se mete dentro de la boca? ¿Se acarician los labios?

Juan baja las manos y le agarra el culo. Ella da un respingo, todo nervios. El galán sonríe con la suficiencia que da la práctica. Mila se anima. «Actúa, Mila, muévete, no seas sosa», se dice, y baja la mano hacia el paquete. Espera encontrar algo duro, algo que la excite y le humedezca las bragas por segunda vez aquel día, pero allí solo hay un bulto que le cabe en la palma. «¿Por qué no se le pone dura?». Los viejos hábitos asoman su fea cara y le hacen sentirse culpable. «No le gusto. Soy yo, es por mí». Le tiembla el labio, le sudan las manos, se humedecen los ojos de Mila. Y entonces una imagen acude al rescate: el vaso verde de esta mañana. Lo ve volar como a cámara lenta y estrellarse, hacerse añicos. La culpabilidad huye asustada ante el estruendo de los cristales. Mila ya no es Mila.

Juan la mira confundido y se mira la entrepierna. Y luego mira el pequeño bulto de su pernera, allí donde está DUREX. Y la mira de nuevo a ella, y vuelve a mirarse, y así entra en un círculo vicioso del que no puede salir. No entiende nada. Ya debería estar follando, ella debería estar gimiendo ya. ¿Qué está pasando?

Mila retrocede. Ya no vacila, ya no tiembla.

–¿Y para esto tanto? –le suelta. Recoge el bolso y el abrigo, y sale dando un portazo.

La mujer que baja en el ascensor no ha hecho el amor, qué coño, ni siquiera ha follado, pero sonríe a su imagen del espejo. Atraviesa el hall del hotel con paso seguro, golpes de tacón sobre mármol que resuenan. Se pone el abrigo en un solo movimiento y sale a la calle.



MARIO

Mario la ve salir por la puerta del hotel y se extraña del poco tiempo que ha pasado. Al terminar la tertulia se fijó en ellos. Trataron de disimular, pero se veía a las claras que querían irse juntos. Le jodió mucho. Tenía planeado hablar con ella, invitarla a tomar algo y ver si las miraditas que se habían intercambiado le llevaban a algún sitio. Es un poco mayor para él, pero tiene algo especial, aunque en el fondo es lo mismo que piensa de todas. Todas esas mujeres están hechas de una sustancia que no es capaz de identificar. Son más dulces, más calmadas, más comprensivas y, sobre todo, no parece que vayan a reírse de él.

Ahora no sabe qué hacer, aunque tampoco sabe por qué les ha seguido. ¿Curiosidad? ¿Morbo? ¿Quizá un intento de flagelarse? La inseguridad acude a apretarle la garganta. Es una vieja conocida desde tiempos inmemoriales. No recuerda ni un minuto de su vida sin su compañía. A veces callada, a veces ruidosa, pero siempre presente. Traga saliva y su nuez se mueve arriba y abajo. 

«No han podido hacer nada, no les ha dado tiempo, es imposible». Desde que la vio por primera vez, apenas ha cruzado dos palabras con Mila, pero siente el sabor de los celos en la misma boca. «Eres gilipollas», se dice, y se da la vuelta para irse. Entonces sale Juan con paso cansino, como si fuera un viejo. Los hombros hundidos, la mirada perdida. Levanta un brazo para pedir un taxi y le ve al otro lado de la calle. Por un momento se siente confundido. «Qué hace este panoli aquí. Putas casualidades». Luego reacciona y le saluda con el mismo brazo levantado con el que pedía el taxi. Mario le responde y se da la vuelta rápido, esperando que la distancia disimule su cara de culpabilidad.

La historia de su vida: las mujeres guapas se van con otros. Recorre tres calles y se para. Le da una patada a una farola y esta le devuelve un dedo magullado. «Mierda, mierda, mierda». Suspira decepcionado pensando en lo que hará a continuación y echa a andar. No es lo que quiere, pero es lo que le queda. Media hora después se para delante de un edificio que conoce de otras veces, un sitio donde viene a desfogarse. Entra con la cabeza agachada, esperando que no le reconozcan. Llama al ascensor y suplica que no llegue nadie en ese momento que quiera subir con él y con su vergüenza. Cuando llega a la planta tercera, se dirige a la puerta del fondo. Hace ademán de tocar el timbre, pero se lo piensa mejor y golpea la puerta flojito, que se oiga poco, lo justo. Al otro lado un arrastrar de zapatillas caseras, una mirilla que se abre y unos cerrojos que se descorren. Y allí está Pilar, contenta de verle por segunda vez aquel día. Y allí entra el inocente Mario, con lo que él ha llamado siempre la sonrisa del perdedor.

5 comentarios:

  1. Muy bueno lo de ese vaso roto, ese vaso verde duradero que ha aguantado tanto. Una metáfora de lujo esa. Creo que es lo que más se me ha quedado bailando en la cabeza. ¿Qué decirte, amigo, a estas alturas? Pues que escribes de lujo, que eres un observador de la calle y de los sentimientos, que no te vas otros mundos -como yo jaja- que te quedas en estos, y escribes sobre ellos. No te has llevado ningún premio, pero ambos sabemos que eso no es lo que cuenta ¿Verdad? Lo que cuenta es "echar para afuera", dejándonos el alma y eso tú lo haces muy bien. Espero que no hayas desistido de esa idea vieja de escribir un libro. Un gran abrazo. Nos vemos en el siguiente.

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  2. Esta historia me gustó desde el primer párrafo. Es de esas que disfrutas a medida que vas completando líneas. Si te digo la verdad, el premio que me llevé es que hubo mucha gente que dudó si era escritor o escritora, lo cual quiere decir que supe reflejar el alma de esa mujer. Además, ya sabes que siempre suelo ir a contracorriente y no me suele gustar el que queda primero (en esta ocasión no ha sido diferente). Los gustos del foro están muy claros para mí desde hace años, pero me gusta participar de vez en cuando para ver mis letras en papel.

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  3. Pienso que te hubiera quedado más visceral si lo hubieras escrito en primera persona. De hecho mientras lo releía ahora mismo yo lo he ido pasando mentalmente a primera persona y me iba gustando y llegando más. Golpea de otro modo. Y sí, vas mejorando en esto de meterte en las almas de las féminas, tu evolución en ese sentido es favorable. Un apunte: las mujeres cerramos las piernas para sofocar "asuntos" y las cruzamos más bien para "provocar". Los gustos del foro ya los sabemos. Yo siempre voy a ser popular jeje, pero ya me está bien. Que siga usté escribiendo tan bien. Chao.

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  4. http://www.escritores.org/recursos-para-escritores/19536-xxvi-certamen-literario-qpedro-de-atarrabiaq-de-relato-breve-espana

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