lunes, 13 de febrero de 2017

Efectos secundarios



—Eh, psssst, Antonia, ¿estás despierta? —susurro mientras golpeo la puerta con mis nudillos artríticos.

—Que sí, cojona, que ya salgo.

Muevo los pies nerviosa y miro arriba y abajo del pasillo. En cualquier momento podría aparecer un vigilante o uno de nuestros convecinos prostáticos a hacer el pis de las dos de la mañana. La puerta se abre y sale mi compañera de correrías en camisón.

—¿Has tocado ya a la puerta de Mercedes? –me dice.
—No, vamos.

Nos agarramos del brazo y avanzamos a nuestro pasito de ochenteras, que no es que naciéramos precisamente con la movida madrileña, si no que tenemos años como para alicatar dos cuartos de baño.

—Escucha, Carmen, no golpees la puerta que despertarás a media
residencia. Seguro que la tiene abierta, empuja y ya está.

Y allí que voy yo y la abro. Resulta que Mercedes ya está levantada y esperándonos. Se está bajando el camisón y atusándose el pelo. Mira hacia su cama y nosotros seguimos la dirección de sus ojos. Entre un revoltijo de sábanas una tripa velluda sube y baja al ritmo de un soneto de ronquidos. Nosotros nos miramos ojipláticas mientras ella sale rápidamente y cierra la puerta.

—Mercedes, no me digas que te los has zumbado –le digo.
—Hija, qué ordinaria eres. Hemos hecho el amor.
—Anda ya –le suelta una Antonia mosqueada—, si tiene algo más de setenta el tío. No me digas que se le ha levantado, que no me lo creo.

Mercedes le sonríe con autosuficiencia.

—Sería el primero que no se le pone dura conmigo, cariño. Que una sabe hacer cosas. Bueno, qué, vamos a lo que vamos, ¿no?

Nos agarramos las tres y avanzamos por el pasillo oscuro. Nuestro objetivo está justo al pasar el mostrador de los vigilantes. Nos asomamos con cuidado. Nadie a la vista, así que iniciamos nuestro trote cochinero y llegamos hasta la puerta 212, la que nos interesa. Está medio entornada. Antonia, la más valiente, se asoma por el hueco.

—Joder, sí que es él.

La aparto a un lado y miro al interior del dormitorio. Está tumbado boca arriba, con esa barbita que me ponía tanto cuando presentaba el concurso de la tele. Ahora es blanca, pero entonces era negra y yo la imaginaba rozándome por…

—Carmen, coño, quita de la puerta que te quedas como abobá.

Mercedes me aparta y toma mi sitio.

—Ya sabéis que soy yo la que dará el veredicto de si es él o no —nos dice petulante.

Empuja la puerta con cuidado y entra. La seguimos de cerca, en fila y dando pasitos silenciosos.

Rodeamos su cama y Mercedes nos mira, decidida. Coge el borde de la sábana y lo alza. El hombre está desnudo. Las tres nos quedamos mirando aquel miembro tumefacto. Está grande, pero caído hacia un lado, como si el peso lo hubiera tumbado.

—El él, sin duda —sentencia.
—¿Te lo puedes creer, Antonia? Vamos a jugar al parchís todas las tardes con el presentador más guapo de la tele de todos los tiempos.

Miro a Mercedes, pero tiene el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? ¿No es él? Has dicho que era él.
—No, es él, solo que…
—Solo que, ¿qué?
—Que yo creo que se ha quedao muñeco.

Antonia y yo retrocedemos un paso, asustadas.

—Ese pene no puede estar de esa manera y no dar al menos un saltito, moverse algo, no sé si me entendéis.

Nos miramos las tres y la decisión es unánime. Salimos de la habitación todo lo deprisa que podemos y regresamos a nuestras camas.

Yo me duermo desilusionada. Qué tardes hubiera pasado con aquel hombre jugando al parchís, con esa mirada suya que me hacía vibrar de joven.

Mercedes vuelve a acostarse al lado de la tripa velluda, recordando a aquel miembro que tan buenas tardes le dio y que, por un momento, ha tenido la ilusión de volver a usar.

Antonia se tapa hasta los ojos y recuerda cuando vio entrar aquella tarde al famoso presentador. Ya habían hablado de él las tres y habían hecho el plan para la primera noche que durmiera en la residencia. Mercedes no estaba segura de que fuera él, pero si viera dentro de sus pantalones podría decir algo al respecto, siempre y cuando se aproximara al tamaño en el que ella solía manejarlo, claro. Entonces se le ocurrió la idea a Antonia: machacar dos pastillitas azules y dejarlas caer en la cena de aquel hombre. Así podrían estar seguras.

Tuvo la idea, además, de guardar el prospecto del medicamento y hace un momento se ha parado a leerlo. Pues sí, allí lo pone bien claro: “posibles efectos secundarios no deseados”.

Antonia se relaja con un pensamiento antes de dormirse: “bueno, que se joda la Merce”.

4 comentarios:

  1. Muy bueno, cárabo. Me ha gustado.

    Ismael

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  2. Un siglo sin leerte y me encuentro esta locura. Te voy a tener que lavar la boca con jabón, verdulero. Jajaja muy divertido.

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  3. Nada más peligroso que una mujer con una pastilla en la mano (es broma, sé que no andarías envenenando, ¿o si?, qué miedito)

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