domingo, 3 de abril de 2016

El color del mundo



Hace veintiún días el mundo era de otro color. 

Sentado en la arena, la vi llegar caminando por la orilla. Venía leyendo, ajena al mundo. Algo la hizo detenerse a unos metros de mí y dejarse caer con gracia. No me miró a mí, ni miró al mar, ni a las gaviotas, ni al sol. Solo existían ella y las páginas del libro.

La observé levantar los ojos y mirar pensativa el horizonte. Me las arreglé para adivinar el título: “Los viajes de Gulliver”. Era una soñadora.

Al día siguiente volvió con un libro de color amarillo. En la portada había una pipa y un sombrero de cazador. «Sherlock Holmes», pensé. Luego empezó a reír y me desconcertó. Cuando soltó una carcajada, recordé al gordo Ignatius. “La conjura de los necios” me contó que ella era risueña y espontánea.

El libro de color gris le hizo mojar la arena blanca con lágrimas. Ana Frank y su diario me susurraron que ella era sensible y tierna.

El libro rojo, manchado de sal marina, le hizo golpear la arena con un puño rabioso. El viejo y el mar, y el pez y su lucha, me dijeron que era fuerte e inconformista.

Veintiún libros después, no sé cuál es el tono de su voz, ni he visto el fondo de sus ojos. Solo sé que el color del mundo ha cambiado.
Ahora quiero ver su mirada y escuchar sus palabras.

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Ella sintió un impulso y levantó la vista. Giró la cabeza hacia atrás y miró. Una depresión en la arena, donde alguien había estado sentado, le llamó la atención. Era como un hueco en el aire, como si alguien siempre hubiera estado allí. Estaban el mar, la arena y el viento, pero faltaba algo que le había acompañado cada día. No supo por qué, pero sintió que al mundo le faltaba un color.

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