martes, 1 de diciembre de 2015

Putas palabras

Ella piensa que todos los coches son iguales, al fin y al cabo. Te subes, hablas cuatro palabras, intercambias nombres, falda arriba, pantalones abajo y un suave descender, dando tiempo a la lubricación. Abrazas el respaldo y te apoyas en los hombros de forma alternativa, según quieras cambiar la profundidad o, simplemente, la sensación. Luego aceleras o frenas, dependiendo de pequeños detalles: un ceño que se frunce, unos ojos que se quedan en blanco, un jadeo demasiado rápido. Todo tan igual, todo tan repetitivo que eliminas la cara, los rasgos, el color de pelo y hasta el olor, siempre tan parecido: tabaco, alcohol, sudor.

Solo cambian las palabras: a veces son gritos de entusiasmo, otras susurros soeces. En ocasiones, confesiones culpables de quien sabe que no debe estar ahí, dentro de ella, si no, acaso, dentro de otra. A esos les odia especialmente. No hay nada más odioso que un arrepentido que, aun así, continúa empujando como si las palabras, putas palabras, pudieran perdonar por si solas.

El final siempre es el mismo. Una pierna que asciende y ella que se baja del potro de turno. También odia ese ruido de desapego, esa succión obscena, ese culmen que mata las sensaciones y termina en tristeza áspera. Todo tan igual, todo tan repetitivo.

Ella espera unas palabras, unas putas palabras. Lleva buscándolas mucho tiempo. Cuando ellos hablan, sus oídos filtran todo lo ya escuchado y lo enmudecen. De vez en cuando surge alguna expresión o una nueva tonalidad, y ella abre los ojos por un momento, ilusionada, pero es más de lo mismo.

Y así son las noches, repetidas e iguales, una detrás de otra, como orugas en procesión. Hasta que un día, al fin, entre jadeo y suspiro, las oye: palabras de poeta. Se deslizan por su oído, se escurren por su cuello y le acarician el alma. Allí están, las putas palabras que lleva buscando tanto tiempo. 

Abre los ojos sorprendida. El poeta no se diferencia en nada de los otros que han pasado por el asiento del coche. Los mismos tatuajes, el mismo olor. “No importa”, se dice y ríe alegre. ¡Por fin llega la poesía! Tanto buscar, tanto follar y al fin la ha encontrado. Le abraza, entusiasmada ella, entusiasmado él y llegan a lo más alto, mucho más arriba que nunca. Estalla el corazón, explota el alma y gritan, y aúllan como animales.

La pierna asciende y ella vuelve a su asiento. Falda que baja y pantalones que suben. Y el poeta que se va, sin más palabras, sin una caricia ni una puta despedida. En algo se ha equivocado, sin duda. Algo ha hecho mal. Los poetas no huyen después, no son así. Lo ha leído muchas veces.

Vuelven las noches de búsqueda en el asiento del coche. Los oídos se abren ansiosos, pero el poeta no regresa. No recuerda su cara ni el más mínimo de sus rasgos, tan solo que lo montó allí, en aquel asiento, y que justo antes de llegar al orgasmo, le acarició el alma con sus palabras.

Aun así, no ceja, no abandona. El poeta volverá.

Y el poeta volvió. 

Fue en una noche de verano, una de esas en las que la luna le pide al cárabo que hable y le cuente qué hay de malo y bueno en el alma de los hombres. Lo oyó por la ventanilla, mientras sus caderas se movían juntas, acompasadas. Fue un ulular triste. 

Aquel potro tatuado, con su olor a sudor y su cara picada, lo oyó y levantó la mirada hacia ella, y le susurró aquellas putas palabras, aquellas palabras de poeta. Y ella volvió a sonreír, y a elevarse, y el corazón se aceleró y se preparó para estallar de nuevo, como aquella otra noche lejana, pero... aquel tono no era el de un potro, no era una voz ronca de alcohol y tabaco. Era una voz femenina, un susurrar lánguido de mujer. Se detuvieron las caderas, se apagaron los jadeos.

Conocía aquella voz. Abrió los ojos asustada. No era posible... no podía ser cierto. Sus ojos se llenaron de lágrimas y pena.

Las palabras, las putas palabras, ascendían desde el centro más hondo y triste de su propia alma.

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