lunes, 14 de diciembre de 2015

Locura



Álvaro, estresado, luchaba con la jodida cerradura de casa cuando la puerta se abrió de un tirón que casi le hizo caer.

- A ver si cambias el bombín, que estoy harta de levantarme a abrirte – espetó Carmen.

Los ojos de Álvaro se abrieron asombrados. Carmen se dio la vuelta y echó a andar camino del sillón y de Sálvame Delux, mientras la visión del bamboleo de unas nalgas perfectas secaba la garganta de Álvaro.

- Pero, ¿cómo abres así la puerta? ¿y si te ve un vecino?

- ¿Qué dices? Entra ya.

Álvaro se precipitó dentro, dejó caer las llaves y actuó como lo haría cualquier marido: puso a su mujer mirando hacia donde coño estuviera Cuenca. 

Cuando al día siguiente se despertó, Carmen estaba tendiendo la ropa en la terraza mientras el sol brillaba sobre la totalidad su piel, blanca y perfecta. Aquello ya no le hizo tanta gracia. Voces, aspavientos y una Carmen iracunda le obligaron a tomar la puerta de la calle.

Cuando volvió, deseando hacer las paces, Carmen seguía desnuda. Y así continuó durante todo el fin de semana. Discusiones y más discusiones, voces y más voces, hasta que por fin lo entendió: era una cuestión de locura, así de sencillo. Lo mejor sería el internamiento. Una llamada de teléfono y estuvo solucionado. 

El lunes por la mañana sonaron unos golpes en la puerta. Carmen, sollozante, se miraba en el espejo del cuarto de baño cuando entró Álvaro. Se situaron uno al lado del otro. El reflejo les devolvió una imagen: ella, con ojeras de preocupación y abatimiento... y vestida; él, serio y distante, con ojos extraviados en algún punto solo visible para su mente... y desnudo.

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