jueves, 2 de octubre de 2014

Los pequeños monstruos de mi desván

Una copa de algo fuerte, Passenger cantándome al oído que la deje ir y el teclado delante. Situación ideal para pensar qué coño hago con todas las historias que me rondan detrás de los ojos.

Tengo unas cuantas en el desván, como pequeños monstruos escondidos, sin atreverme a dejarlas salir al mundo exterior. Las he ido coleccionando en los momentos más inesperados: en el atasco, en la consulta, andando por la calle. Me han asaltado y se han adueñado de un rinconcito de mi mente, quedándose a vivir sin permiso, madurando unas veces, pudriéndose otras.

En ese diminuto espacio se molestan unas a otras, se empujan intentando hacerse con mi atención. Surgen, asoman y las más tímidas se esconden, mientras que las más osadas me gritan que las escriba.

Son de los más variado: soldados perdidos en su propio infierno, guerreros que buscan su parte humana, un ciclista que me pasa rozando y que imagino como un caballero a galope tendido, tres viejas paseantes que parecen brujas con un niño cocinándose en el horno de su decrépita casa, un vagabundo lleno de llagas al que doy un euro y me dice “Gracias, amigo” y pienso que me ha bendecido. Y tantas otras.

Y me pongo aquí, delante de esta pantalla, e intento dejarles salir y entonces se escabullen detrás del icono del Facebook, de los vídeos de Youtube, de los foros de escritores, de los portales de ventas por internet. Me esfuerzo y las busco en este bosque de zarzas que no me deja avanzar. Cuando consigo desenganchar las espinas de mi ropa, me centro y ordeno mi colección de historias.

Al soldado le doy un lexatín para que lo lleve como pueda, por el momento, a las viejas las dejo esperando, impacientes, no se les vaya a quemar el niño, al ciclista le dejo congelado en el aire, con cara de velocidad. 
Los examino a todos, titubeo, dudo, pero me acabo decidiendo por el vagabundo. Le miro a los ojos, me concentro, mis dedos se posan sobre las teclas…

- Papá, el minecraft no funciona bien. Va muy lento.
- Ahora no, ya lo miraré.
- Pero es que necesitoooooooooooo que vaya bien, que mis amigos me están ganando porque mi muñequito se queda congeladoooooooooo y me matan todo el ratooooooooooo.
- Hija, no es importante, solo es un juego.
- QUEEEEEEE?????? Papaaaaaaa, que me están matando al muñequitooooo.
- Cagontoloquesemenea, ya voy, joder.

Las viejas se miran y sonríen, el ciclista suspira impaciente, aguantando el tipo, el soldado ni me ha oído, metido como está en su mundo triste y el sintecho me guiña un ojo, comprensivo. “Vete, seguiré aquí cuando vuelvas”. Y yo voy.

Investigo y analizo la grave situación de la red informática de mi casa. Pruebo los cables, apago y enciendo el router, busco virus destructores, piratas informáticos, ladrones de wifi, apago y enciendo el router, coloco los cables, antivirus de nuevo, apago y enciendo el ordenador, me seco el sudor de la frente, apago y enciendo el router…

- Papaaaaaaa, que se pasa el tiempo y se acaba la partidaaaaaa.

Suspiro como para que lo oiga el vecino de dos pisos más abajo y oigo crujir mis rotulas, aquí, de rodillas, colocando la tapa del ordenador que acabo de abrir. Cuando empiezo a perder la razón y empiezo a ver duendes verdes mordisqueando cables, oigo la voz de mi hijo adolescente.

- A ver si van a ser un par de capítulos de “Manga” que me estoy bajando.

El muy mamón lleva observándome desde hace quince minutos, apoyado indolente en el marco de la puerta y de repente le ha venido a la memoria, o simplemente ha esperado a ver el brillo de mi sudor, quién sabe. 

Sé que el concepto de “un par” puede significar cualquier cosa en su vocabulario, así que me dirijo su ordenador y descubro que está bajándose tres temporadas de una serie japonesa de nombre impronunciable, a catorce capítulos por temporada, lo cual hace como… un huevo de capítulos.

- Mira qué bien, además lo has puesto para que cope el ancho de banda enterito.
- Es que si no tarda mucho, papá. Esto pasa porque no contratas la fibra óptica, claro.

¿Dónde está San Herodes cuando se le necesita?

Limito sus descargas, al mismo tiempo que intento memorizar el puto nombre de la serie para buscarla después, a ver qué coño es lo que está viendo, no vaya a comérsele esa mente adolescente. Por su parte, mi hija vuelve, sin un mísero “Gracias, papi”, a machacar a sus amiguitos digitales hasta la muerte. Y yo vuelvo a sentarme, cansino, delante del portátil.

El soldado se ha dormido, puede que por el lexatín, puede que por aburrimiento, las viejas han aprovechado para irse de tiendas y se han acabado perdiendo en el Ikea, a ver quién tiene huevos de encontrarlas, el ciclista se descongeló a sí mismo y ha seguido su camino, y el sintecho está cabreado por haberle dejado tirado y ni siquiera me mira.

Mis historias, mis pequeños monstruos deformes, vuelven a meterse en el desván, a esperar mejores tiempos y yo digo “mierda” y abro el Facebook (y mi blog) y copio y pego una historia de “mierda” que acabo de escribir.

3 comentarios:

  1. Hola, hoy recién he tenido el gusto de leerte tras tu amable visita en mi blog. Pero que he quedado encantada hombre, esa manera de enlazar lo cotiano del presente con las aspiraciones del futuro inmediato, una maravilla.

    Seguro que en un pestañeo, el soldado estará apuntándote a la cara, las mujeres esperando a que pases por ellas, el ciclista ya habrá llegado a su meta y bueno, el sintecho estará en el frente de tu casa, esperando los huevos con jamón, el pan tostado y el vino que le debes por dejarle plantado.

    Un cálido abrazo, con tu permiso me quedo.

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  2. Hola Mily, gracias por pasarte y comentar.

    Siempre he pensado que lo cotidiano es la base de las aventuras que nos gusta escribir. Lo transformamos.

    Un abrazo, quédate todo lo que quieras.

    (Te he borrado el otro comentario porque estaba duplicado)

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    1. Un placer quedarme amigo José, disculpa por los mensajes duplicados será cosa del móvil.

      Besos y abrazos, excelente fin de semana.

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