miércoles, 11 de diciembre de 2013

El hombre transparente

La primera vez que el meñique de Abel desapareció fue, exactamente, un lunes gris de Noviembre. Estaba viendo la tele, con los brazos apoyados en la butaca, cuando el dedo parpadeó, como si fuera la imagen de una televisión estropeada y, sin más, se esfumó. Se miró la mano con curiosidad y por alguna extraña razón no se sorprendió mucho. Sacudió los dedos un poco, como cuando te quitas unas gotas de humedad, y el dedo volvió a aparecer como si nunca se hubiera ido.

—¿Qué haces? —le dijo su mujer.
—¿Eh?... nada, nada.

La miró de reojo, pero Mariela no parecía haberse dado cuenta, así que decidió que aquello no había pasado.

Dos días después se repitió el hecho, pero en aquella vez fue la mitad de la mano la que desapareció. Le pilló sacudiendo una sabana cuando hacía la cama. Los dedos que la sujetaban se esfumaron de repente y él no pudo evitar que se le escurriera al suelo. Su mujer, con aquel poder especial que tenía para materializarse de la nada cada vez que cometía una torpeza, se asomó por la puerta.

—Ufff, no seas inútil, hijo, de verdad... que se ensucian las sábanas. No las dejes caer.

Abel miró el hueco donde habían estado sus falanges y la miró a ella con la boca medio abierta.

—Ay, ¿pero qué me miras? Espabila, que te vas a tirar todo el día. Para una cosa que te pido, por Dios.

Los ojos de Abel regresaron a su mano. Volvía a estar allí, completa.

—No lo entiendo.
—No, ni yo tampoco, con lo poquito que te pido, hijo, por Dios.

«Cada día estoy peor», pensó. «Deben ser los años». Decidió que si volvía a suceder, no le diría nada.

Los días pasaron y las desapariciones se hicieron más frecuentes. A ello se sumaba que la superficie transparente era cada vez más grande y tardaba más en volver a ser visible. Al principio se alarmó un poco, luego bastante y al final acabó por acostumbrarse. Cuando ocurría sabía que no tenía más que esperar un poco y todo volvía a la normalidad.

El problema empeoró el día en el que se esfumó un pié. Estaba asomado a la terraza, fumando su cigarro de después de la cena, cuando miró hacia abajo y vio un hueco entre la espinilla y el suelo. Se asustó mucho y retrocedió hacia el salón, pero como no veía donde pisaba, trastabilló y se cayó al suelo. Mariela apareció corriendo.

—Pero, ¿cómo te has caído? ¿qué has hecho?
—Nada, nada, que me he escurrido con lo mojado.
—Si no hay nada fregado, no seas tonto.

Abel se levantó, rezongando y sacudiéndose. No le hizo falta mirarse para saber que el pié volvía a estar en su sitio. «Bueno, bueno, cosas que pasan» se dijo. Recogió el pitillo caído y volvió a asomarse a la terraza. Mariela volvió a la cocina moviendo la cabeza y con una sonrisa divertida. «Verás cuando se lo cuente a mi hermana» pensó, imaginando las carcajadas de ambas.

Si no hubiera sido por el día de las fotos, como lo había bautizado Mariela, las cosas hubieran seguido igual durante mucho tiempo. En aquella ocasión ella se encontraba en la cocina, como de costumbre, cuando un sexto sentido le hizo asomarse al pasillo. Abel estaba delante de las fotografías familiares que decoraban la pared y miraba fijamente una de ellas. Iba a preguntarle qué estaba haciendo, cuando algo le hizo estremecerse. Abel levantó una mano y rozó la superficie de cristal. Lo hizo lentamente, acercando los ojos y achicándolos, como si fuera miope, como si no pudiera ver bien. Luego se giró hacia ella.

—¿Quién estaba en esta foto, Mariela? —Un puño frío le apretó el corazón.

—Tus hijos y tú, Abel, ¿qué estás diciendo?

Él acarició la fotografía, recorriendo las esquinas con los ojos, como si aquel gesto implorante pudiera hacer que aparecieran de nuevo las imágenes que era incapaz de ver.

—¿Hijos? Esto es un marco vacío.

Bajó la mirada y se fue arrastrando los pies, camino del salón.


Mariela retrocedió hasta sentarse en el taburete, temblando como si la sacudiera un viento frío. Cuando consiguió serenarse se levantó y salió al pasillo. Se puso delante de las fotos. Dos niños vestidos de comunión se situaban a cada lado de un joven Abel. Con sus caras pegadas a la de él y abrazándole el cuello, sonreían desde un día lejano en el tiempo.

La tarde transcurrió con ambos delante de la televisión. Abel, como si nada hubiera pasado; Mariela, mirándole de reojo, nerviosa. Cuando no pudo más, se levantó y se plantó delante de él.

—¿No veías bien, verdad? No distinguías lo que había en la foto del pasillo, ¿verdad?
—No sé que estás diciendo.
—Antes, cuando lo del pasillo. A lo mejor tienes que ir a la óptica. Es como si no vieras bien, ¿no?
—Veo perfectamente. Déjame tranquilo.
—Explícamelo.
—Que te explique qué. No sé de qué me estás hablando —rezongó.

Mariela iba a replicar, pero se frenó en seco. El ceño de Abel estaba fruncido en un ángulo que no conocía. Decidió dejarlo para luego. Mientras, recapacitaría un poco más sobre aquella sensación que la estrujaba el corazón y que no era capaz de identificar.

A la hora de la cena, y una vez sentados uno enfrente del otro, Mariela retomó el tema. Se repitieron las preguntas y con cada una de ellas Abel, con aquel ceño que ella nunca había visto, rehuyó contestar. Se concentró de forma obstinada en su comida, llevándose el tenedor del plato a la boca de forma mecánica, ignorando la cháchara.

De repente, sus ojos se quedaron fijos en la mano que sostenía el tenedor. Mariela se interrumpió en mitad de una frase al ver como caía con un golpe metálico sobre el plato. Abel levantó los dedos y los puso justo delante de sus ojos, los observó fijamente y empezó a desplazar la mirada por su muñeca, subiendo por el brazo hasta llegar al hombro.

—Voy al servicio —dijo, levantándose de forma brusca.

Se miró al espejo. Hasta ahora no le había pasado que desapareciera el brazo completo. Quizá debería pararse a pensarlo. Levantó el brazo invisible y lo agitó como había hecho otras veces con las manos. Mariela apareció detrás de él. Su reflejo en el cristal tenía los ojos llorosos y un poco hinchados y le temblaba la barbilla.

—No sé qué te pasa, Abel... deberíamos... deberías ir al médico. Me estás asustando un poco, cariño.

Abel suspiró.

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El joven doctor escuchaba atento, apretando los labios en un rictus preocupado.

—...y básicamente es eso, doctor. Me desaparecen partes del cuerpo, como si se volvieran transparentes. Y bueno, ahora... ahora... también desaparecen cosas, cosas que tengo delante de los ojos. O al menos, eso creo.
—Comprendo. Vamos a hacer una cosa. La enfermera le va a hacer un chequeo básico: la tensión, auscultarle, ya sabe, esas cosas. Para que nos aseguremos que no hay nada raro.

Cuando la enfermera se hubo llevado a Abel, el médico se cogió las manos, como si rezara y se sinceró con Mariela. Empezó a hablar con mesura, explicándole los síntomas, intentado que comprendiera lo que era aquella enfermedad. Ella se fue encogiendo en la silla poco a poco, aplastada por la realidad que había empezado a sospechar el día anterior.

El doctor le explicó por qué desaparecía el mundo de Abel, por qué primero desaparecían pequeñas cosas como un dedo meñique y después otras un poco más grandes, como una mano, un brazo, un pié, las fotos del pasillo. Le contó que iría a más, que ellos poco podrían hacer. Que él, como su mundo, se iría haciendo transparente, invisible, traslúcido a veces, hasta que un día prácticamente todo desaparecería. Mariela se cogió la cabeza y apoyó los codos en la mesa. Gruesas lágrimas mojaron los papeles del joven médico que se levantó y la rodeó con los brazos. Había pasado muchas veces por aquella situación y sabía a quién debía consolar. Siempre era así con los hombres transparentes.


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Ha pasado el tiempo. Muchos lunes grises de Noviembre han llegado y se han ido y hoy, una vez más, he ido a verle.

Estaba sentado en un banco, enfrente de la residencia, con los brazos cruzados sobre el pecho y una media sonrisa beatífica en los ojos. Me he acercado a él y me ha observado con esa mirada suya de ahora, tan distinta a la que tenía antes. Sus ojos han recorrido mi cara, buscando mis rasgos, buscando el reconocimiento, pero sé que solo ha visto un vacío encima de mis hombros.

—Hola, Abel.
—Hola... ummmm...
—Soy José...
—Si, claro, claro, José... qué buena tarde hace... José... siéntate conmigo.
—¿Cómo vas? ¿Qué tal la medicación nueva?
—Bueno, no sé decirte.
—¿Y Mariela? ¿Cómo está?
—Bien, bien, Mariela... si, está bien, ya sabes...

Hemos hablado de nimiedades. Hemos hablado de fútbol, de política, de mujeres, de todo aquello que le había interesado siempre en aquella otra vida, tan lejana. No me he hecho muchas ilusiones. Sé que todas aquellas imágenes que hemos evocado no son más que neblina en su mente.

Poco a poco la conversación ha ido languideciendo, como la tarde, hasta que por fin nos hemos relajado mirando las nubes.

—José, a veces, cuando hablo con mi mujer, me doy cuenta de cosas, ¿sabes?
—¿Ah, sí?
—Sí, cuando hablo con ella le miro a los ojos. Cuando veo que se ponen tristes o que miran hacia otro lado sé que en ese momento he dicho algo que no debía. Sé que he metido la pata, porque no conozco a quién tengo delante o porque no veo en mi mente las vacaciones que pasamos en la playa hace treinta años. Sus ojos se apagan y yo me siento triste y le digo que lo siento. Y a veces llora. Y yo me siento mal cuando pasa eso.

He agarrado su mano de hombre transparente y se la he apretado con fuerza. La rabia me ha sacudido por dentro y mis dientes han rechinado. Él me ha sonreído, como restándole importancia, y sus ojos me han dicho «no te enfades con el mundo». Luego he cerrado los míos.

He visto en mi mente un río, el río de su vida, con su corriente desatada, arrastrándole hacia el abismo, hacia la invisibilidad. En medio había una piedra grande que sobresalía del agua. Estaba firmemente aferrada al fondo y nada podía moverla. Abel se sujetaba a ella con las dos manos mientras el agua rugía a su alrededor. A ratos, la corriente era tan fuerte que parecía que iba a llevárselo, pero él se sujetaba con toda la fuerza de la que era capaz. Aquella piedra tenía el rostro de su mujer y él le gritaba «Mariela, no dejes que me lleve». Y la roca le respondía de la única manera que podía hacerlo: permaneciendo donde estaba.

Ateo de mí, he levantado los ojos al cielo y he suplicado. He pedido que el tiempo corriera más despacio, que reconociera a los que le queremos, que las fotos de sus hijos no fueran cuadros vacíos en la pared, que pudiera verse los dedos de la mano. Son peticiones inútiles, así que las he borrado todas y he susurrado una sola: «Déjale que siga agarrado a la piedra, no permitas que le arrastre la corriente, no consientas que sus manos se escurran. Mantén esa roca en su sitio y no remuevas sus cimientos, porque sin ella, desaparecerá para siempre»

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