martes, 9 de abril de 2013

Una vida


"Me sobran minutos y me faltan días"... La respuesta fue clara y concisa y el joven a quién iba dirigida puso la misma cara de no entender nada que tenía yo mismo. Después, el anciano se quedó callado y volvió a su mutismo, repantigándose en su silla de ruedas y acomodando sus noventa y siete años como si de una manta vieja se tratara.

La pregunta había sido: "¿Qué tal abuelo, cómo andamos?", dicho así de pasada, como si tal cosa. 

El viejo había mirado al joven como si hubiera soltado una obscenidad y, con cejas arqueadas y boca de reproche, se había erguido trabajosamente en la silla de ruedas y le había escupido aquellas siete palabras. El chaval, mucho más joven que yo, había sonreído con sorna y, meneando la cabeza, se había alejado por el pasillo.

Hace tiempo alguien me enseñó que la empatía es una de las bases de la felicidad. "Trata de entender a la gente", me dijo. Y eso hice con el viejo de la silla de ruedas.

Observándole atentamente, me puse a pensar en sus palabras. Apenas había llegado a una conclusión, cuando el anciano se irguió de nuevo en la silla y me miró directamente. "Eso es, hijo... esa es la respuesta... el día se me hace muy largo, aquí sentado, viendo pasar las horas, pero cuando me acuesto cada noche tacho un día más en el calendario... y sé que el final se acerca..."

Se echó hacia atrás de nuevo y no dijo más, volviendo a fijar la mirada en un punto indeterminado. No supe qué contestar así que me levanté y me fui, dedicándole un saludo de despedida con la mano.

Algunas semanas más tarde supe que había fallecido. Me picaba la curiosidad y tenía tiempo, así que me dediqué a investigar sobre él, preguntando aquí y allá. Los ancianos del lugar me ayudaron a rellenar aquellos noventa y siete años de vida.

Cuando llegó la guerra era uno de aquellos maestros idealistas que creían en la educación de los más pobres sin la influencia de la Iglesia. Aquello le supuso la inclusión en las temidas listas de "rojos" y la condena al fusilamiento, sin embargo se salvó, in extremis, no se sabe cómo. Posteriormente fue recluido en un campo de concentración, del que salió para cumplir trabajos forzados. Terminada la guerra y puesto misteriosamente en libertad, desapareció durante unos pocos años. Posteriormente reapareció en la vecina Francia como miembro del Partido Comunista. Durante la dictadura fue uno de aquellos que pasó varias veces la frontera para organizar a los que habían quedado a este lado, ideando pequeñas operaciones ó protegiendo a los más perseguidos. Cuando llegó la Democracia volvió al país y lo primero que hizo fue meterse de nuevo en la enseñanza, a pesar de su edad, para a continuación seguir con su lucha, esta vez en la política. El anonimato siempre fue su obsesión. Nunca fue conocido ni reconocido. No se sabía de familiares cercanos ni lejanos, aunque si de muchos amigos.

Una vida muy llena, pensé. Una gran colección de vivencias buenas y malas: logros, fracasos, penurias, alegrías, hambre, frío, muerte, humillación, cansancio, trabajo, sacrificio. Guerras ganadas y guerras perdidas, en resumen. 

Muchas cosas pasadas y sin embargo, al final del camino, aún cuando el cuerpo desgastado le obligaba a no moverse de la silla de ruedas y su mente a veces se perdía en la niebla de la edad, sentía que quería seguir, que necesitaba más tiempo, que le faltaban días.

Ojalá algún día, cuando llegue a ese punto, sienta lo mismo que aquel viejo: noventa y siete años no son suficientes. 

Ojalá, porque significará que he vivido.

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