sábado, 23 de febrero de 2013

La confesión


Ambos sabemos que no quiero estar aquí. Ella lo sabe, yo lo sé, el mundo lo sabe. Y sin embargo quién puede decir “no voy” cuando unos ojos color miel capaces de parar el tráfico te imploran que les lleves a ver el Fantástico y Divertidísimo Mercadillo Medieval. Quizá pudieras resistir si apartas la vista, pero entonces su boquita de fresa dice “por favor, por favor, por favor”, así, en voz bajita y con mohín femenino y claro, pasa lo que pasa, tu resistencia se resquebraja como pared de hielo glacial ante agujero de ozono.

Y es que odio las aglomeraciones desde que tengo uso de razón. No encuentro placer alguno en que el límite de mi visión sea de máximo cinco metros, ni de andar evitando colisiones o tragándome olores corporales ajenos. 


Pero aquí estoy, intentando que no se me escape la mano de Marta, que se desliza entre el gentío como una pantera untada de aceite. Con movimientos felinos elude todos aquellos cuerpos que nos rodean, virando bruscamente de dirección según le atraiga el puesto de jabones, el de antigüedades medievales recién salidas del chino o el de auténticos quesos de cabra hechos a mano del Carrefour. Y yo voy arrastrado en su estela, intentando que su delicada y blanca mano, que tanto me ha costado conseguir, no se deslice de la mía. Es difícil claro y por fin llega el momento en el que se cruza el gordito de turno que va mirándole el culo, todo sea dicho de paso, y tengo que soltarla o me lo trago, literalmente. Marta, en su ansía por tocar los bolsos de artesanía marroquí que vende un peruano, apenas se da cuenta y yo me quedo a este lado de la marea humana, como piedra en mitad de la corriente. Los transeúntes me miran molestos, rodeándome apenas, con pequeños empujoncitos y yo, que no estoy untado de aceite, como ella, me voy desplazando poco a poco y la voy perdiendo. Decido entonces que la esperaré más adelante, donde parece que hay un claro en la muchedumbre. Con un suspiro me aparto un poco, por fin, y respiro aliviado. 


Lo que hace uno por amor, pienso. Espero que lo tenga en cuenta el próximo domingo, cuando yo quiera ir al bar, a ver el partido. Sin embargo, algo me dice que para entonces habrá olvidado el Fantástico y Divertidísimo Mercadillo Medieval. En esos pensamientos ando cuando veo a un escudero con zapatillas Nike voceando.


- Acérquense y prueben. Auténticos arcos medievales de madera de tejo. Una flecha gratis, una flecha gratis y si acierta en el centro, dos flechas más. Acérquense y prueben, acérquense y prueben…


Le hago caso y me acerco, esperando pasar el rato hasta que aparezca Marta.


- Aquí tenemos un arquero. Pruebe señor… póngase aquí… los pies en esta posición… bien… allí tiene la diana de paja… no, no ponga esa cara… no está tan lejos… venga, tome el arco y la flecha.


El arco es muy largo y no pesa tanto, como podría parecer por su tamaño. La flecha parece hecha a mano, con punta metálica y auténticas plumas de ave en la parte posterior.


- Eso es… ponga la muesca de la flecha en la cuerda, señor… ahora levántelo y estire la cuerda… no deje de mirar la diana… no se gire… no queremos matar a nadie, eh? jejeje… bien, tiene que estirar el brazo con el arco y tensar con el otro brazo hasta que se toque la mejilla con la mano… bien, lo hace usted muy bien… la vista por encima de la flecha, con el ojo en la diana… correcto… suelte la flecha abriendo los dedos suavemente… déjela que vuele… no la obligue.


Sigo sus instrucciones al pie de la letra. Es más difícil de lo que me esperaba. Me cuesta tensarlo, pero vienen en mi ayuda las horas dedicadas al gimnasio. Noto como se abultan los músculos de mis hombros y lamento que no esté Marta para admirarlos.


Mis ojos se deslizan por el mástil de la flecha hasta la punta de metal y de ahí van al centro de la diana. Me concentro… y entonces… surge un estruendo a mi alrededor. Voces de pánico, fuego, confusión, madera quebrada que vuela por los aires, piedras de fuego que cruzan el aire y chocan contra muros de piedra, hedor de sangre y muerte. El aire es frío y el cielo está nublado y sin embargo sudo copiosamente. 


Miro a mi alrededor. Todo es piedra gris, fría y húmeda. Hombres vestidos de cuero y metal corren de un lado a otro portando espadas y arcos. Gritan en un idioma que no entiendo, con voces roncas, expulsando vaho por sus bocas. Una lluvia de flechas cae desde el cielo y alcanza a algunos. Se les clavan en la cara, en los hombros, en el cuello o en todas esas partes a la vez. Los que todavía tienen garganta caen aullando, quizá invocando a un Dios de la Guerra, quizá llamando a sus madres.


Las flechas pasan cerca de mí, estrellándose en los muros, rompiéndose contra ellos. No entiendo que no me haya alcanzado ninguna. Me miro el cuerpo buscando heridas. Estoy vestido igual que el resto. Mis ropas, que en algún momento debieron ser decentes, ahora son solo harapos grasientos. Mis manos están negras de suciedad y todavía portan el arco y la flecha. Los miro confundido, mil preguntas rondándome, cuando una voz se levanta por el encima del estruendo. Un  hombre vestido con partes de coraza abolladas me grita desesperado desde el torreón que está a veinte pasos. En una mano lleva una espada larga y brillante y en la otra un escudo. Intenta rechazar a los que suben por las escalas. Apenas asoman por encima del parapeto y les parte la cabeza en dos, como si fuera un melón. Ahora me está gritando a mí, pero soy incapaz de entenderle. Hace gestos y señala más allá de la muralla.


Me asomo prudentemente, mirando en la dirección que indica. Una marea humana se mueve en dirección a la fortaleza. Es un mar erizado de espadas, lanzas y escudos. En la vanguardia veo cuál es el objetivo que me señala el partidor de cabezas. Una figura totalmente cubierta de metal está en pie, encima de una gran roca. No lleva escudo, solo una espada, y con ella señala los muros de piedra, arengando a sus tropas para que ataquen sin compasión.


Mi compañero sigue gritándome en aquel extraño lenguaje y señalando la figura cubierta de metal. Otros le oyen y entienden lo que dice. Se levantan a todo lo largo del parapeto y apuntan sus flechas hacia el extraño. Todas se disparan a una en la misma dirección y cruzan el aire silbando, hasta estrellarse contra la coraza protectora del hombre. Debe estar hecha de un metal especial, porque a su alrededor hay muertos vestidos de armadura y atravesados por las mismas flechas que rebotan de su cuerpo. Él apenas les hace caso, como si solo fueran mosquitos molestos que intentan picarle. Se gira apenas y da una orden. En la retaguardia se levanta una fila de arqueros apuntando al cielo y sé lo que va a pasar a continuación. Me agacho tras el muro, pero sé que los dardos llegarán volando casi en vertical, por lo que me servirá de poca protección. Oigo como se destensan cientos de arcos y el silbido de la muerte que llega en forma de puntas metálicas voladoras. Extrañamente, rebotan a mi alrededor. Apenas me roza alguna, pero ninguna penetra en mi carne. Levanto la vista, pero parece que soy el único afortunado. Todos los que están encima del muro, incluido el que rechazaba a los escaladores, han caído. Estoy solo.


Desde la llanura, al pie de la fortaleza, se levanta un clamor de triunfo y algo, un sentimiento que no conocía anteriormente, surge desde el centro mi pecho. Es un ardor que me aprieta el corazón. Es ansia combativa. Es saberse vencido y, aún así, ansiar levantarse y pelear. Es un “no me des por muerto hasta que no deje de respirar”.


Me miro las manos. Todavía sostengo en ellas el arco y una única flecha. Frenético, busco alrededor mío más saetas, pero todas están rotas o profundamente enterradas en los cadáveres. Me digo a mi mismo que lo mismo será una que cien. Me subo al borde del parapeto y me pongo en posición. Tenso el arco, llevándome la pluma del dardo junto a la mejilla y alineo la flecha con la figura acorazada que agita sus brazos triunfalmente. Sé que no será más que disparar a lo impenetrable, golpear por golpear, sin una mínima esperanza de triunfo. Oigo cómo empiezan a golpear la gran puerta de hierro, intentando entrar. Me preparo a disparar mi última e inútil flecha. 


Y entonces, una frase que me dijo un viejo comandante hace mucho tiempo, acude a mi mente: “Al enemigo invencible le perderá su arrogancia”. Miro a lo largo de la flecha, apuntando a mi enemigo invencible y entonces lo hace, levanta sus brazos en señal de triunfo y ruge. Y mis dedos liberan la flecha suavemente. Inicia su vuelo a través del aire frío y húmedo, cruza la distancia que nos separa silbando y entra justo por el único hueco que la arrogancia ha dejado al descubierto: la parte inferior de la axila desprotegida. El hombre de hierro se lleva la mano al pecho y entonces sé que le he alcanzado el corazón.


Me bajo del parapeto. Sé que acabarán de entrar, pero estoy orgulloso de mí y suspiro, libre de mis temores. Una delicada mano femenina se posa sobre mi hombro. No me hace falta girarme para saber que es la bella dama de blanco a la que amo. Se acerca a mi oído y me dice suavemente:


- ¿Nos tomamos un helado?


- ¿Eh?


- Un helado, un helado. Me apetece un montón. ¿Has terminado ya de jugar con el arquito?


- Claro, claro.


No hay humedad ni frío en el aire y el sol calienta en lo alto. Los únicos enemigos que veo alrededor son los gorditos admiradores del culo de Marta.


- Señor ¿me devuelve el arco? Lo siento, pero no ha dado en el centro.


Miro hacia la flecha clavada en el borde mismo de la diana. Por poco no me salgo y la pongo en la pared que está detrás. Suelto el arco y cojo de nuevo a Marta de la mano.


- Oye ¿qué te pasaba hace un momento? Estabas como en otro mundo, como ido. Te he tenido que repetir lo del helado tres veces y al chaval ya le daba corte pedirte el arco más veces.


Suspiro. En algún momento tengo que decírselo. Bajo la mirada y me pongo frente a ella. Le cojo ambas manos.


- Está bien, escúchame Marta. Tengo que confesarte una cosa.


- ¿Qué vas a decirme? No me asustes. Te estás poniendo muy serio.


- Escucha, yo… tengo un problema ¿sabes? No estoy orgulloso de ello, tendré que vivir con ello siempre y la mujer que me ame tendrá que aceptarlo… yo… yo soy… yo soy escritor.


Marta tuerce la boca, aguantando una carcajada que lucha por salir de su estómago.


- Lo sé, José, es penoso, pero míralo de esta manera. Podría ser peor. Podrías ser político.

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