domingo, 25 de noviembre de 2012

Antonio


El sol de media tarde brillaba en lo alto de un cielo asombrosamente azul. Me paré en medio del camino y miré en dirección a los cerros cercanos. Estaban salpicados aquí y allá por pequeños huertos de frutales, delimitados siempre por paredes de piedra de poca altura. Aunque era una escena que había visto miles de veces, nunca podía dejar de pararme a disfrutarla. Como otras veces, me acerqué a la piedra que había al borde del camino y me senté en ella, para que mis pensamientos fluyeran libres, recordando lo que fue mi vida en otro tiempo y lo que me había llevado a aquel camino y a aquella piedra.

     Hace seis años mi vida había entrado en caída libre. Como esos viejos aeroplanos de las películas en blanco y negro, había entrado en un picado en barrena y daba vueltas y vueltas sobre sí misma, mientras el piloto se agarraba a los mandos sin saber qué es lo que estaba pasando, solo viendo como el cielo y la tierra giraban en torno suyo, sin saber cuál estaba arriba y cuál abajo, camino de estrellarse contra el suelo y explotar. Aunque las causas parecían claras, no sabría decir qué me llevo a aquella situación. Podría indagar en mi subconsciente hasta encontrarlo, pero prefiero no hacerlo. No tengo valor. Puede que porque en el fondo sepa, como todo ser humano, que no debo hacer temblar mis raíces o el árbol podría venirse abajo.

     La crisis empezó casi sin darme cuenta. Un día estaba trabajando en un sitio que me gustaba, haciendo algo que me gustaba, con gente que me gustaba. Al día siguiente algo llamado ERE acababa con diez mil puestos de trabajo y una compañía que se suponía fuerte tiraba abajo una de las columnas que sostenía mi vida y la de muchos. Empezaba entonces un periplo interminable buscando trabajo.

     Otro día, casi de repente, me daba cuenta que la persona con la que estaba era una extraña. Un comentario que no suena bien abre paso a una pequeña discusión, que a su vez llama a los gritos y a las palabras malsonantes, que a su vez acaban en silencio. Un silencio sin fin. Tiempo después alguien muy querido caía en el callejón sin salida de la depresión sin que yo pudiera hacer nada por él. Mis palabras de aliento y consuelo no llegaban a nada, mis intentos por sacarlo de aquel pozo no tenían ningún efecto. Fue como intentar rescatar a alguien que se ahoga cuando no tienes fuerzas para mantenerte tú mismo a flote. El resultado fue que me hundí con él.

     Todo junto hizo que me bloqueara totalmente y perdí el rumbo. Dejé de buscar trabajo, dejé de discutir, dejé de ver a esa persona. Estaba totalmente apático. No quería hacer nada, tan sólo dejarme ir, dejarme llevar por el viento. Lo único que permanecía imperturbable en medio del caos, lo único que me hacía fijar la vista era mi hijo; hasta que el fantasma de la separación empezó a volar sobre nuestras cabezas, amenazándonos a todos. Eso fue el punto culminante.

     Entonces la persona que mejor me conoce, mi madre, tomó los mandos de aquel avión: «Hijo, debes pararte y pensar, y tratar de controlarte. Olvida el dinero, yo me encargaré. Mira… la casa del abuelo en el pueblo está vacía desde hace mucho. Vete solo y olvida todo durante un tiempo. Ya tendrás tiempo de encontrar trabajo. Vamos… no me discutas.»

     Sin saber muy bien cómo, me vi un día del mes de Abril en la puerta de aquella casita blanca, forcejeando para abrir un cerrojo que llevaba al menos quince años sin abrirse. Cuando conseguí entornar la puerta un soplo de aíre viciado me acarició la cara y puede ver que mi madre no había exagerado nada en cuanto al nivel de abandono que me encontraría. Polvo, suciedad y bichos muertos por todos lados. El trabajo que supondría acondicionar aquello, limpiando y arreglando muebles, me haría sudar durante cinco semanas como nunca en mi vida.

     Me establecí en una rutina que no me exigía más decisiones o preocupaciones que elegir la pared, suelo, mueble, ventana, tejado ó canaleta que iba a arreglar a continuación. Me levantaba cuando amanecía, sin que sonara ningún despertador y sin proponérmelo, y me acostaba cuando tenía sueño. No veía la televisión ni tenía contacto de ningún tipo con el exterior aparte de las llamadas telefónicas cada dos o tres días a mi hijo y a mi madre. Tan solo trabajaba y no pensaba, esperando que mi otro yo se tranquilizara y empezara a tomar decisiones.

     Cuando empezó a acercarse el final de la reforma busqué algo que me siguiera ejercitando. Seguía ocupado por las mañanas, intentando alargar todo lo posible el trabajo y por las tardes empecé a dar largos paseos por el monte, escogiendo las rutas más escarpadas y los caminos más largos. Las torceduras de tobillo y las heridas producidas por las zarzas se convirtieron en una constante. Cojeaba y sangraba sin prestarle mucha atención. Luego dejé de notar dolor. Sólo me concentraba en seguir andando y exigirle a mis piernas más y más.

     Cuánto tiempo podría haber continuado así no lo sabré nunca. La corriente me arrastraba con fuerza, me sacudía de un lado a otro y yo apenas hacía nada por salvarme. Entonces encontré una piedra llamada Antonio y me agarré a ella. Eso supuso el cambio.
   
    Una tarde me decidí a subir por una calleja que ascendía monte arriba. Estaba flanqueada por dos paredes de piedra de algo más de un metro de alto, el tipo de construcción corriente en aquella zona. Estaban hechas con losas planas de las llamadas de pizarra, encajadas entre si sin ningún tipo de adobe ó cemento.
     
   Subía la cuesta dejando que el sol me quemara la piel de la cara y los brazos mientras la camiseta, totalmente empapada de sudor, se me pegaba al cuerpo. Al llegar a una pequeña elevación me encontré con otro camino que desembocaba en el mío. Miré en aquella dirección y vi un hombre de edad avanzada que se afanaba colocando piedras en una parte de la pared que se había derruido. Continué avanzando cuesta arriba y no había andado diez pasos cuando, sin saber por qué, me dí la vuelta, bajé y cogí aquel camino.

     Cuando llegué a la altura del hombre se incorporó con esfuerzo. Era más bajo que yo y de complexión delgada. Vestía unos pantalones de pana y una camisa blanca. Una gorra, también de pana, de las típicas que había visto a casi todos los hombres mayores del pueblo, le daba sombra a los ojos.

     – Buenos días.
     – Buenos días nos dé Dios. ¿Dando un paseo por estos campos?
     – Iba subiendo por la cuesta y he visto que está reparando la pared. ¿Le echo una mano?

     El viejo me miró de arriba abajo.

     – Nunca viene mal una ayuda. Pero ya ha sudado usted lo suyo hoy.

     Observé con cierta envidia que a pesar de estar levantando piedras a pleno sol apenas unas gotas de sudor mojaban su frente.

     – Es igual – me agaché y cogí una las piedras grandes para ponerla sobre la pared.
     – Espere, yo le digo cuál tiene que coger y dónde ponerla… esa de ahí… aquí.

     Levanté la que me indicaba y la coloqué. El se aproximó y con unos cuantos golpes de maza la encajó.

     – ¿No se caerán de nuevo? – pregunté.
     – Estas paredes llevan aquí desde antes que naciera yo. Si las ponemos bien aguantarán otros cien años.

     Levanté una segunda piedra y la coloqué siguiendo sus instrucciones. De nuevo unos ajustes con la maza y encajó a la perfección. Sin más conversación fuimos reconstruyendo la pared pacientemente, él como arquitecto, yo como mano de obra barata. De vez en cuando se paraba y observaba todo el conjunto.

     – Un momento – decía y daba varios golpes de maza en distintos puntos de la pared. Las piedras crujían y protestaban, como viejos gruñones, pero al final se asentaban.

     Por fin puse la última piedra y suspiré. Me dí cuenta que el esfuerzo había sido tremendo y mi espalda me lo recordó con punzadas de dolor. Antonio me miraba con fijeza.

     – Parece que tuviera usted más prisa por arreglar la pared que yo.

     Volví la vista hacia su huerto, sin contestarle.

     – ¿Puede darme un poco de agua?
     – Venga, le daré agua y comerá algo.
     – Con el agua me bastará, no se moleste.

     Se volvió y echó a andar siguiendo la pared hasta una puerta que había en la misma, le seguí y entré en su huerto. Estaba formado por árboles frutales y varios trozos de tierra arados en los que crecían plantas que entonces no supe distinguir. La sombra de los frutales y el frescor que emanaba de la tierra regada hacía bajar unos grados la temperatura, con lo que el alivio del calor fue inmediato. Se dirigió a un pozo de forma cuadrada que apenas levantaba un metro del suelo, dejó caer un cubo atado a una cuerda y, una vez lleno, lo levantó hasta ponerlo en el mismo borde. Sacó dos tazas metálicas de algún sitio, las llenó hasta arriba y me ofreció una.

     – Gracias – y de un trago la vacié. Sabía a gloria. Volví a llenarla del cubo y bebí más despacio.

     Antonio me miraba atentamente. En aquella sombra agradable sus ojos ya no estaban entrecerrados por la luz del sol y pude notar la intensidad de su mirada. Años después mucha gente del pueblo me comentaría cómo muchas peleas se habían parado sólo con que Antonio se metiera por medio y fijara sus ojos, de color claro, en los de los contendientes al mismo tiempo que les hablaba. Transmitían dureza y decisión, aunque también algo bueno, comprensible, algo que te hacía confiar en él de forma inmediata.
Se sentó con parsimonia en el tocón de un árbol y me hizo señas para que arrimara un viejo taburete de madera. Se volvió y buscó en un zurrón de cuero una bolsa de plástico. La abrió y sacó un trozo de queso de olor penetrante y media barra de pan. Una navaja apareció como por ensalmo en su mano y cortó una gruesa loncha. Me la alargó junto con un trozo de pan.

     – Tome usted.
     – No, gracias, de verdad – sin mucha convicción.
     – Venga, que el trabajo da hambre.

     Tomé el queso y el pan de sus manos grandes y callosas. Me fijé que contrastaban enormemente con el resto de su cuerpo delgado. Comimos en silencio durante un rato.

     – Está muy bonito su huerto. Lo tiene muy bien organizado.
     – Llevo ya unos años jubilado y esto no es más que entretenimiento. Lo que son las cosas... antes se tenía el huerto para poder comer y ahora para pasar el tiempo.

     Hablamos durante largo rato sobre nimiedades y por fin me levanté.

     – Bueno, me voy ya que oscurecerá dentro de poco. Gracias por el queso. Estaba muy bueno.
     – Gracias por la ayuda. Uno ya no está para estos esfuerzos. La pared esperaba de hace mucho que la arreglara y mis hijos todavía tardarán en poder venir.
     – ¿Viven en el pueblo?
     – Solo mi hija, la mayor. Los chicos trabajan en la capital. Uno es contable y el otro tiene una ferretería pero vienen en verano de vacaciones y me ayudan aquí arriba. Mi yerno bastante tiene con lo suyo.
     – De acuerdo. Nos vemos otro día.
     – Vaya usted con Dios.

     Salí y emprendí el camino de vuelta a medida que el sol iba ocultándose.
     La tarde siguiente y sin saber muy bien por qué me encontré de nuevo andando por aquel camino que llevaba al huerto de Antonio. Para mi sorpresa la pared arreglada seguía en pié. Me paré y golpeé con el pié pero las piedras no se movieron ni un milímetro.

     – ¿Quiere usted tirarla y volver a levantarla?

     La voz provenía de una de las hileras de plantas.

     – Parece mentira que esto se mantenga en pié sin cemento ni nada – contesté.
     – Sólo es saber poner las piedras. ¿Hoy también busca trabajo?
     – Pasaba por aquí pero si necesita alguna cosa tengo mucho tiempo libre.
     – Eso no es bueno para un hombre. Entre... – me dijo mientras me hacía una señal con la mano.

     Aquella tarde quité las malas hierbas que crecían por todos lados y cavé unos veinte metros cuadrados de tierra con un azadón. Al terminar se repitió la escena del día anterior: nos sentamos, sacó el pan y el queso y comimos en silencio.

     – En realidad he vuelto por el queso. Es cojonudo.
     – Ya veo que le gusta. El queso de cabra bien hecho gusta a cualq… – se interrumpió en mitad de la frase.

     Levanté la vista y me dí cuenta que miraba fijamente a un urraca posada sobre el espantapájaros. Sin apartar los ojos y con movimientos lentos y calculados metió la mano en el zurrón y sacó un tirachinas, que obviamente había hecho él mismo. Cogió una piedra del suelo y la calzó en el tirador. Estiró la goma hasta parecer que iba a romperse y sin previo aviso el proyectil salió disparado con una fuerza que me sorprendió.

     La piedra golpeó a la urraca en plena cabeza y el pájaro cayó muerto, probablemente sin que supiera qué le había pasado. Como si no hubiera pasado nada, siguió comiendo el pan y el queso.

     – Le decía que el queso de cabra bueno es …
     – Le ha acertado en plena cabeza de lejos – exclamé con los ojos abiertos como platos.
     – Ya bueno… es un tiro fácil.
     – ¿Fácil? Estamos a doce ó catorce metros por lo menos. Y eso es un tirachinas. Y la cabeza del pájaro es muy pequeña. Y…
     – No es para tanto.
     – Joder. Eso es puntería. No me diga que no.

     Levantó la cabeza y fijó la mirada en un punto lejano. Permaneció por unos segundos pensando, rememorando algo. Luego pronunció unas palabras que supusieron un punto de inflexión en mi vida.

     – Podría contarle algo que pasó hace mucho tiempo.

     Entonces empezó a hablar. Las palabras fluyeron y me vi transportado a un mundo que había existido hacía mucho. Un mundo de supervivencia, de pobreza, de campo, de caza, de pesca y sobre todo y por encima de todo, de mucho trabajo (El Cazador). No puedo decir que fuera un gran narrador, pero me mantuvo absorto durante largo rato. Quizá es que abrió una puerta dentro de mí, que yo no sabía que existía y que captaba todos los sonidos, los colores y sabores a través de sus palabras. Cuando terminó me dí cuenta que apenas había probado mi comida.

     – Vaya, es increíble – las palabras salieron de mi boca pero en realidad era un pensamiento en voz alta.
     – Esas cosas pasaban entonces – no había acritud en el tono de su voz.

     Terminamos de comer y me despedí de él. No dijimos nada pero ambos sabíamos que volveríamos a vernos al día siguiente.

     Por alguna razón desconocida aquella noche tardé mucho tiempo en coger el sueño. No dejaba de ver en mi mente una y otra vez todo lo que me había contado. Las escenas se reproducían delante de mis ojos como si hubiera estado presente allí mismo, en aquel pueblo, cincuenta años antes.

     A la mañana siguiente me levanté más tarde de lo habitual por primera vez en mucho tiempo y después del desayuno ataqué el marco de una ventana que tenía que desclavar. Durante toda la mañana mi mente estuvo volando, aunque ahora no era de forma caótica. Los problemas habían quedado aparcados de momento. A media tarde me encaminé de nuevo al huerto de Antonio.

     Nada más verme me puso un hacha pequeña en las manos y me dirigió a uno de los frutales que tenía apoyada una escalera. Me explicó cómo buscar las ramas muertas y cortarlas, advirtiéndome que tuviera cuidado y respetara las que estaban sanas. Me equivoqué unas cuantas veces al principio, pero acabé por quitar todo el ramaje muerto de aquel árbol y otros dos más. Junté todas las ramas caídas y las puse en un rincón dónde ya había otras.

     – Servirán de leña este invierno – me dijo.

     Llegó el momento del descanso y la comida y nos sentamos igual que los dos días anteriores. Él, sobre el tocón del árbol, yo, sentado en el viejo taburete de madera.

     – Aquello que me contó ayer me dejó alucinado.
     – Las historias de hace años. Es lo que nos queda a los viejos. A nadie le gusta oírlas ya.
     – Yo no lo creo. Estuve pensando esta mañana en ello.
     – No hay mucho que pensar a estas alturas. Lo pasado, pasado está. Nicht zurück zu sehen.
     – ¿Eso es alemán? – pregunté extrañado.
     – Lo es... es lo que nos decían cuando llegábamos a Alemania.
     – ¿Alemania?

     Suspiró, dejó a un lado el zurrón y apoyó los codos en las rodillas. Permaneció en silencio unos momentos como si estuviera ordenando ideas y luego empezó a hablar. El relato empezó y poco a poco se fue dibujando antes mis ojos. Pude ver miserias, lágrimas, miedos, valentía y un largo sufrimiento (Cosa de Hombres). Decenas de preguntas acudían a mi mente, pero no las dejé escapar para que no rompieran el hechizo de aquel momento. Cuando terminó fue como si se apagara la pantalla con un fundido en negro y después se leyera “FIN”. Aquella noche me pasó lo mismo que la anterior; mi mente bullía de actividad y el sueño se negaba a acudir.

     Al día siguiente volví con Antonio y, poco a poco, se estableció una rutina. Yo acudía por la tarde, trabajaba, comíamos y después surgía una historia. Por la noche revivía cada palabra hasta que me vencía el sueño de madrugada. Pasaron los días y una idea empezó a materializarse en mi cabeza.

     Siguiendo un impulso, una mañana saqué del armario una mochila que había arrinconado el día de mi llegada. Dentro iba el portátil que había estado a punto de dejar en casa. Lo enchufé y después de encenderlo abrí el procesador de textos. Observé la página en blanco pensativo y de repente mis dedos empezaron a recorrer el teclado. Nunca antes había escrito otra cosa que correos de empresa o breves notas informativas, pero las líneas empezaron a surgir. A medida que golpeaba las teclas empecé a notar un alivio en algún sitio dentro de mi pecho. Un río de angustia empezó a fluir y fue descargándose a través de mis dedos, resbaló por encima del teclado y fue a parar al suelo. Luego se escurrió sobre las baldosas y empezó a desaparecer poco a poco.

     Cuando terminé me dolía la cabeza terriblemente, pero había descubierto la puerta que me liberaba, la que dejaba salir la amargura y el desaliento. Observé las páginas escritas. No sabía si estaban bien redactadas, si el estilo era malo ó si conseguían transmitir todo lo que había en mi cabeza, pero de algo estaba seguro: el caos que había empezado a desaparecer en el huerto de Antonio aceleraba su partida.

     Por la tarde se lo conté a Antonio y le pedí permiso para poder escribir todo aquello que me contaba. «Sólo son historias de viejo. Haga lo que quiera con ellas» me respondió y siguió plantando tomateras en aquella tierra negra.

     Poco a poco mi mente empezó a funcionar de forma normal y la cordura empezó a asentarse de nuevo. Antonio utilizaba sus historias tal y como había usado la maza para asentar las piedras en la pared derruida: golpe a golpe fue encajando las piezas de mi alma, hasta que me sentí entero de nuevo. Escribirlas, por otra parte, suponía abrir el grifo y soltar toda la presión acumulada que había en las cañerías de mi alma.

     Un día cogí el teléfono y llamé a mi mujer. Hablamos largo y tendido. Al día siguiente volví a llamarla y hablamos otra vez. Tres semanas después volvía a mi casa y cuando había pasado un mes estaba trabajando de nuevo. Desde entonces volvimos al pueblo muchas veces, prácticamente cada vez que tenía unos días libres, y en cada ocasión volvía a subir a aquel huerto. Antonio me recibía como si me hubiera visto el día anterior y todo volvía a repetirse.

     Volví a la realidad, al día de hoy y miré hacia el monte desde la piedra donde estaba sentado. Me levanté, crucé la carretera y emprendí el camino ascendente. Cuando llegué me apoyé encima de la pared de piedra y observé cómo Antonio se atareaba, recolectando tomates y poniéndolos en una cesta.

     – Dice mi mujer que tengo que llevarle unos cuantos – voceé.
     – Pues como no entre y los recoja usted mismo…

     Sonreí y traspasé el pórtico de piedra. Cogí otra cesta, me agaché entre las tomateras y empecé a trabajar. Hora y media después nos sentamos a la sombra, cada uno en su sitio acostumbrado, rajamos varios de los tomates y les añadimos sal. Nos los comimos en silencio, disfrutando de los sonidos del campo, hasta que Antonio me señaló con un ademán de cabeza.

     – ¿Cómo va todo?
     – Bien, ahí andamos, peleando.
     – ¿La mujer y los niños?
     – Todos bien.

     Asintió con la cabeza, cerró la navaja y la guardó en el zurrón.
     Repasé mentalmente lo que iba a decirle a continuación.

     – ¿Recuerda que le dije que presentaría una de sus historias a un concurso?
     – ¿Ya lo ha hecho?
     – Sí.
     – ¿Y qué, como fue?
     – Ganamos.

     Levantó la vista y me miró un poco sorprendido.

     – ¿Ah sí?
     – Sí.
     – ¿Y qué es lo que ganamos?

     Me esperaba la pregunta con ansia, sobre todo para poder ver su reacción.

     – En realidad nada. Sólo que lo pueda leer más gente. Lo van a publicar. No cobramos nada.

     Miró el suelo pensativo.

     – Así debe ser. Es bueno que se sepan estas cosas. Si no, acabarán olvidándose. Sólo son…
     – … historias de viejo – dije acabando su frase.
     – Eso son.

     Era el tipo de respuesta que me esperaba y que me hizo sentir enormemente orgulloso de que aquel viejo fuera mi amigo. Nunca le había visto emocionarse, pero pude distinguir un centelleo en sus ojos. ¿Una lágrima?. Quizá solo fue imaginación mía. Carraspeó y se levantó con ligereza para un hombre de su edad. Llenó un par de tazas metálicas con agua del pozo y me alargó una de ellas. Bebió lentamente y levantando la taza vacía señaló un punto del pueblo cercano.

     – ¿Ve usted la tapia del cementerio?

     Me volví y miré.

     – La veo.
     – ¿Ve aquella parte que tiene un color diferente?
     Entrecerré los ojos.
     – Sí, aquella del final.

     Bajó la voz haciéndola más grave.

     – Es así porque la cubrieron de yeso hace años… para tapar los disparos.
     Volví a mirarle sorprendido.
     – ¿Disparos?

     Asintió con convicción y empezó a hablar con aquella manera pausada, lenta, como si el tiempo no nos persiguiera para darnos alcance. Apoyé los codos en las rodillas y me dispuse a escuchar como cientos de veces antes.

2 comentarios:

  1. Esta historia me sonaba mucho y efectivamente ya la había leído en el foro(yo era una recién llegada), aunque veo que la has retocado un poco. Las historias de Antonio te valieron para sacar de dentro todo lo que de otra manera quizás se hubiese quedado ahí enquistado.No todos los viejos tienen historias interesantes, y seguramente cuando las cuentan lo hacen de una manera muy sencilla, pero siempre merece la pena escucharles.Bueno, veo que hay otras dos historias dentro de esta, el cazador y cosa de hombres, me parece una forma muy original de interesar al lector.
    Un abrazo ¿que fue de Antonio?

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  2. Antonio se transformó en Cárabo. Un abrazo, Angela.

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