jueves, 17 de mayo de 2012

Mariposas Negras - Tres



Mariposas Negras

 Tres


– Mi Teniente, hemos terminado.
Diego recogió apresuradamente el montón de fotografías y las metió de nuevo en la carpeta.
– Le tengo dicho que llame antes de entrar, Sargento.
– Perdone, mi Teniente. Cuando usted diga le informo sobre lo que hemos sacado en claro. Hemos tenido que aplicarnos a fondo –dijo sonriente. Diego observó su uniforme ensangrentado.
– Cierre la puerta y empiece con su informe.
– Con lo que hemos conseguido sacarle a todos estos paletos ya sabemos qué pasó y tenemos seguro quién lo hizo. La historia es así: el Capitán Aldana entró en la taberna que está al lado del Ayuntamiento cuando ya iban a cerrar y pidió de beber. Había pocos parroquianos porque la mayoría estaban acojonados con nuestra presencia y no salió casi nadie de casa. Cuando le estaban sirviendo apareció un chaval a darle un recado al tabernero y vio al Capitán en la barra. Se miraron y casi todo el mundo coincide en que se reconocieron mutuamente aunque vieron que Aldana dudaba. El chico se puso muy nervioso y entró en la trastienda. El Capitán terminó su bebida tranquilamente y se fue. Unos cinco minutos después salió el chaval dando traspiés, con la mirada ida y farfullando cosas que nadie entendía. Uno de los que estaban más cerca creyó entender algo así como “el tendido siete” y a continuación el chico salió de la taberna a todo correr. Nadie pudo pararlo para ver qué le pasaba pero pudieron observar que tomaba el mismo camino que el Capitán.
– ¿Dónde está el chico?
– Lo tenemos ahí fuera, mi Teniente. No estaba entre la gente de la plaza así que tuvimos que ir a buscarlo a su casa. Cuando nos vio se puso como loco e intentó atacarnos con una especie de palo muy largo con una bola de madera en la punta. Se la quitamos y resultó que estaba manchada de sangre. Tuve que frenar a los nuestros para que no le mataran allí mismo. Estaban muy nerviosos y tenían ganas de revancha, mi Teniente. Nos costó lo nuestro hacernos con él, parece muy fuerte.
– Que nadie lo toque un pelo hasta que yo lo diga. Es mío, ¿entendido?
– A la orden, nadie lo tocará.
– Todo a su debido tiempo. Hágale entrar.
Cánovas abrió la puerta y soltó una orden. Al momento aparecieron tres soldados arrastrando a un chaval muy flaco y cubierto de suciedad que no debía tener más de diecisiete años.
– ¿Este medio hombre es el que les ha costado reducir, sargento? Está bien. Escucha muchacho, te lo voy a poner fácil. ¿Mataste anoche al Capitán Aldana?
El chico levantó la vista. La boca entreabierta dejaba escapar un hilillo de saliva y los ojos giraban extraviados.
– Está totalmente ido, sargento. ¿Le han golpeado? Así no podremos sacarle nada.
– No, mi Teniente, los muchachos querían darle duro pero me aseguré que nadie le tocara, se lo juro.
– Habrá algún médico en esta mierda de pueblo. Vaya a buscarlo.
Media hora después entró en la estancia un hombre pequeño y regordete vestido con un traje remendado, una corbata astrosa y unas gafitas redondas que le daban un cierto aire intelectual. Miró nervioso alrededor mientras estrujaba un sombrero sucio entre las manos.
– ¿Es usted el médico? Necesitamos que este chaval sea capaz de hablar. Mire a ver qué le pasa, déle algo, lo que sea, pero que hable.
El chico yacía tirado en el suelo, de cualquier manera, con las manos atadas a la espalda y aquella expresión de locura en los ojos. El hombre se agachó y le examinó detenidamente. Tras unos minutos dictaminó.
– No sacarán nada de él. No sé qué le han hecho pero está claro que está más allá de este mundo.
– Está bien, doctor. No le necesitaremos más. Puede irse.
El hombre se incorporó y se dirigió hacia la puerta. Cuando ya tenía la mano sobre el picaporte se giró como si se hubiera acordado de algo.
– Por cierto, Teniente, el cadáver que me han llevado tiene algo curioso que debería saber y es que…
– ¿Cómo? –la voz de Diego restalló como un látigo en la penumbra de la habitación– Sargento, ¿han llevado el cuerpo del Capitán a casa de un rojo? ¿Se ha vuelto loco? ¿Es que quiere que sea profanado ó algo peor? ¿No se da cuenta que este poblacho está lleno de rojos traicioneros?
– Perdone, mi Teniente, no lo íbamos a dejar tirado en la calle. La casa del médico parecía lo más correcto y…
– Oiga, perdone, que en este pueblo todos somos del Movimiento… –replicó el pequeño doctor.
– Ruegue a Dios, Sargento, que no le hayan hecho nada al cuerpo de mi amigo ó, por Dios se lo juro, que le haré un consejo de guerra y le fusilaré sin pensármelo dos veces. No me lo puedo creer, tanta ineptitud tendrá su castigo, se lo aseguro.
La nuez de Cánovas subió y bajó varias veces a lo largo del cuello mientras sudaba profusamente.
– Que salga todo el mundo de aquí inmediatamente. Menos el doctor, quiero hablar con él. Sargento, cuando haya acabado entre de nuevo para recibir sus órdenes.
– A la orden, mi Teniente. Vamos… todos fuera… deprisa… moveos.
Cuando se quedaron solos Diego miró a los ojos del Doctor.
– Dígame doctor, ¿qué es lo que encontró en el cuerpo del Capitán Aldana? ¿Y de paso, cómo es que le dio por examinarlo? –parecía más calmado después de que salieran los soldados de la habitación.
– Pues verá, cuando me lo trajeron pensé que podría ser de ayuda si le hacía un pequeño examen. Ya sabe que con nuestra formación en anatomía vemos cosas que a los demás se les escapan. El caso es que el cadáver tenía muchos golpes, como usted ya vería, sin embargo algo que me extrañó es que hubieran podido causarle la muerte ya que, aunque la cara estaba magullada e incluso la nariz rota, no había traumas en el cráneo ni en ningún otro sitio que hubieran podido ser la causa directa. Así pues, le examiné el resto del cuerpo y encontré algo muy curioso: un pequeño punzamiento en el lado izquierdo del pecho. No sabría decirle la profundidad que tendría pero por lo pequeño que era no debía de ser muy hondo. Tampoco sé cuál sería la causa del mismo pero me pareció curioso. Tampoco me dio tiempo a más.
– Muy bien doctor. No parece que tenga mucha importancia. Pensé que me iba a contar algo que nos ayudara a buscar al asesino de mi amigo. Puede irse –su voz sonaba desconsolada.
Diego se quedó solo de nuevo. Las mariposas de alas negras volvieron pero él no hizo nada por espantarlas. Sólo dejó que se posaran en su mente y libaran de su desesperanza. Pasado un rato el Sargento Cánovas llamó a la puerta y pidió permiso para entrar.
– ¿Da usted su permiso, mi Teniente?
– Adelante, Cánovas.
– Le pido que nos perdone, mi Teniente, no pensamos que esta gente… no sabíamos que eran rojos, todo lo contrario, teníamos entendido que aquí apoyaban el Movimiento… de verdad.
– De acuerdo, Sargento, no siga. Estas son sus órdenes: está bastante claro que ese muchacho mató al Capitán Aldana. No conocemos la razón pero a estos rojos asesinos no les hace falta ninguna. Como ya sabe tenemos órdenes de fusilar diez de ellos por cada víctima del Glorioso Movimiento Nacional. Los otros nueve que sean de las fuerzas vivas: el alcalde, el maestro, el médico, y el resto lo dejo a su elección. Se trata de dar escarmiento para que no nos encontremos resistencia en el camino que queda hasta Madrid.
– A la orden mi Teniente –El Sargento Cánovas giró sobre sus talones y salió cerrando la puerta.
Diego sacó la botella de coñac de un cajón y vació un tercio de un solo trago. Treinta minutos después el alcohol no consiguió acallar el estruendo de los fusiles ni tampoco el alarido de las viudas. «Eloísa, mi amor…». Su mano descendió a la cartuchera y sacó la Luger. La giró lentamente, con el cañón mirando directamente a sus ojos y luego se la introdujo en la boca. «Acero alemán, realmente es de un gusto exquisito…». El dedo gordo empezó a tensarse sobre el gatillo de forma imparable.


... un día antes...


La noche era oscura y las calles estaban frías y solitarias en aquel pueblo de mala muerte. El Teniente Diego de Castro salió a pasear esperando que la luna llena fuera capaz de arrastrar el terrible dolor de cabeza que le atenazaba. Sabía que no había peligro en aquel pueblo ocupado ya que los informes decían claramente que pertenecía al Bando Nacional. Cuando llevaba un rato perdido en sus cavilaciones pudo oír los pasos de alguien que corría en la oscuridad. Instintivamente desenfundó su pistola y se pegó a la pared. Una figura cruzó las sombras como una exhalación.

2 comentarios:

  1. La intriga crece. Me llama la atención cómo el teniente aparenta férrea fortaleza cuando está frente a sus subordinados, en contraste con la fragilidad que emana de sí cuando se halla solo (cuando se coloca la pistola en la boca).

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  2. Una época en la que los hombres debían parecer hombres, más aún si se trataba de militares. El final se acerca.

    Gracias por leerme.

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