domingo, 20 de mayo de 2012

Mariposas Negras - Cuatro




Mariposas Negras

 Cuatro

            Diego avanzó hasta la esquina y se asomó con cuidado. No se veía nada, ni rastro. Empezó a recorrer las calles en busca de aquella sombra. Pasaron los minutos hasta que de repente unas voces que no podía entender se elevaron a unas calles de distancia. Una de ellas le sonaba conocida, aunque no hubiera podido asegurar a quién pertenecía. Se acercó hasta que pudo distinguir lo que decían.
            Un muchacho estaba en pié ante algo que parecía un hombre tirado en el suelo. El joven sostenía en la mano un palo largo y delgado terminado en una gran bola de madera y lo cernía amenazadoramente. La figura del suelo casi no se movía.
            – No sigas chaval, por favor… – una voz ronca y deformada.
            – Hijoputa, hijoputa, hijoputa… tú estabas allí, te vi… tú eras uno de ellos. Te voy a matar, te voy a matar, te voy a matar – sollozaba.
            – No sabes nada. No te conozco… suelta eso.
            El chico se inclinó sobre la forma, le levantó la cabeza y se acercó a su oído.
            – Yo estaba allí, nos obligasteis, asesino cabrón, a ver aquello. Mi padre y mi abuelo, cabronazo.
            – No sé de qué hablas, hijo, pero estás a tiempo. Suelta el palo, coño…
            – ¿Te acuerdas del tendido siete hijo de puta, asesino?
            Una lucecilla se encendió en la mente del hombre postrado sobre el suelo mojado. En Agosto de aquel año la ocupación de los Nacionales había llegado a Badajoz. Las órdenes eran claras: había que fusilar y fusilar hasta que los cañones reventaran. El General en Jefe tuvo una de tantas ideas brillantes. Utilizarían la plaza de toros para dar una lección que haría temblar al Bando Republicano. Capturaron a todos los padres e hijos que pudieron sin distinguir las ideologías, daba igual de qué parte estuvieran, los llevaron a la plaza y sentaron a los niños en el tendido. Los había de todas las edades, desde críos pequeños hasta jóvenes imberbes. Después bajaron a sus padres a la arena y procedieron a fusilarlos a la vista de sus hijos.
            – ¿Ya te acuerdas, verdad? Yo estaba allí sentado. Los matasteis y me obligasteis a verlo. ¿Te duelen las piernas, verdad, te duele todo? Ahora toca morir.
            El joven se incorporó y levantó la maza dispuesto a descargarla. La sostuvo sobre su cabeza, dudando, y luego soltó un gemido largo y profundo y estalló en lágrimas. La maza se deslizó de sus manos y quedó colgando de una correa que llevaba en la muñeca. Se agarró el pelo y tiró como si quisiera arrancárselo. Los ojos giraban como los de un caballo desbocado mientras un rastro de espuma asomaba por la comisura de los labios.
            – No puedo… no puedo… no puedo… la sangre… ¡Padre!... ¡Padre!... –y de repente echó a correr y se perdió en la oscuridad.
            Diego se dio cuenta entonces que había estado conteniendo la respiración sin apenas moverse. Guardó la pistola en la cartuchera y, acercándose al hombre, se agachó a su lado, le giró la cabeza y miró a los ojos a su amigo Carlos. El chico le había dado una paliza de muerte, golpeándolo con la gran bola de madera en las articulaciones hasta que se habían hinchado de forma grotesca. Luego le había dado la vuelta al palo y le había pegado en la cara con la parte más estrecha.
            – Oh, cielo santo, Diego, gracias que eres tú. Ha sido un niñato que me ha pillado desprevenido. Me duele todo. Llama a alguien. Id a por él. Ayúdame, amigo.
            Diego se sentó en el suelo tranquilamente, apoyó la cabeza de Carlos sobre su regazo y, ante la sorpresa de éste, empezó a acunarlo suavemente, como si fuera un niño pequeño.
            – Diego, ¿qué haces, amigo? Se va a escapar ese maricón. Me duele todo, por Dios, no me muevas... ¡Aaaaaaaaah¡
            Sin decir palabra continuó acunándolo, cada vez más de prisa. Gruesas lágrimas empezaron a correr por su cara.
            – No es tu noche, Carlos. Te da una paliza un crío y ahora esto. Carlos, Carlos, Carlos… ¿qué nos has hecho, Carlos? –sollozaba mientras veía volar aquellas mariposas de alas negras delante de sus ojos.
            – ¿Qué te pasa, amigo? ¿Qué dices? ¿Te has vuelto loco? Por favor, no puedo ni moverme ¿Por qué lloras?
            Entre lágrimas, Diego sacó una fotografía del bolsillo de su guerrera. Era una mujer joven y guapa, posando de forma decorosa junto a un jarrón con flores.
            – Mira a Eloísa. Qué guapa era, ¿verdad?
            – Diego, no es momento. Vamos, ayúdame, por Dios, este dolor es insoportable.
            – ¿Te acuerdas de Eloísa, eh? –las lágrimas arreciaron– lo guapa que era, lo cariñosa…  y qué orgullosa estaba de mi carrera. La echo tanto de menos. Aquel accidente…
            – Solo fue un accidente. Nadie tuvo la culpa, Diego. Lo sabes, se resbaló y se calló de aquella ventana, nadie tuvo la culpa.
            – Oh sí, Carlos, alguien la tuvo. Te lo puedo asegurar –lloraba ya de forma incontrolada– Fui yo, ¿sabes? La empujé…
            Carlos se quedó callado por un momento.
            – ¿Qué dices? Estás delirando…
            – ¿Sabes lo qué pasó, Carlos, querido? No debiste hacernos aquello… Hace dos meses, ¿recuerdas el permiso que solicitamos juntos, pero que solo te concedieron a tí? Pues al final sí que me lo dieron. Cogí el tren del día siguiente para ir a casa. Quería darle una sorpresa a Eloísa y no la avisé. Y me presenté en casa con el ramo de flores más grande que pude encontrar–las lágrimas resbalaban por su cara y caían sobre las heridas de Carlos– Estabais allí mismo, en el saloncito de té, ella se había subido el vestido hasta la cabeza y estaba agachada de bruces sobre la mesa ¿Te acuerdas ahora, Carlos? Ya veo que sí que te acuerdas. Tú estabas detrás de ella y empujabas con fuerza. No olvidaré nunca lo que decías: «¿Te gusta por aquí, eh? Esto no te lo hace tu marido, ¿eh?, no le dejas, ¿verdad?, solo a mí ¿eh?». Y empujabas con más fuerza, Carlos. Y ella gruñía y suspiraba de placer. Si no hubiera sido mi mujer seguro que me habría empalmado. Era muy excitante… Carlos, Carlos, por favor… mi mujer… como los perros… la tenías allí mismo, empujando…
            – Diego, por favor, tranquilo… no sé lo que verías… tranquilízate, por favor. Dios, Dios, Dios…
            – Tuve que matarla, ¿sabes? Seguro que tú habrías hecho lo mismo. Ningún caballero español lo hubiera consentido ¿lo comprendes, verdad?
            Carlos empezó a llorar también.
            – No… No... por favor. Oh, Diego, por favor. No… No… No…
            – Escúchame Carlos, escúchame… ¿Sabes qué es la muerte dulce? –Diego se sorbió los mocos y dejó de llorar –Lo aprendí en Alemania, en uno de aquellos viajes con el Caudillo. Me lo regaló el mismo oficial que me dio mi querida Luger.
            Diego sacó de algún lugar de su guerrera un punzón muy largo. En realidad solo se trataba de un pequeño mango de madera del que salía una varilla de acero muy fina.
            – ¿Qué vas a hacer? ¿Qué es eso?
            – A esto le llaman la muerte dulce, aunque nunca he entendido por qué. Debe doler de cojones. Pero tú tranquilo Carlos, de verdad.
            – No… estate quieto… No…
            – La quería mucho, Carlos, la quería con toda mi alma. Pasadlo bien en el infierno, no tardaré en ir con vosotros –y diciendo esto hundió la varilla por completo en el lado izquierdo del pecho.
            Carlos soltó un suspiro y apenas se movió. Ni un grito, ni un rumor siquiera salió de su boca. La aguja atravesó limpiamente su corazón dejando apenas una pequeña herida en piel. La extrajo con cuidado y volvió a guardarla. Luego se inclinó y le dio un largo beso en la frente.
            – Ya pasó amigo, ya pasó.
            Con gran cuidado dejó la cabeza sobre el suelo frío, se levantó y se sacudió el uniforme. Miró el cuerpo tirado y por alguna razón desconocida le dio la vuelta con el pié y le dejó boca abajo. Se dio cuenta que ya no sentía nada. Echó a andar hasta llegar a aquella casa que le servía de hogar provisional y entró. Se sentó a la mesa y cogió la botella de coñac. Echó un largo trago y la dejo a un lado. Luego sacó su pistola y la dejó encima de la mesa. A pesar de lo duro que había sido el día se dio cuenta que no sentía sueño ni cansancio. La noche prometía ser muy larga. Pensó en todo lo que tendría que hacer al día siguiente y trazó sus planes pacientemente, analizando cada paso. Después, como cada noche, acudieron las mariposas negras y empezaron a revolotear delante de sus ojos. 

3 comentarios:

  1. Me gustó el giro del final de la historia. La traición de la mujer de Diego no solamente genera consecuencias funestas para ella misma y para Carlos, sino también para este pequeño pueblo ocupado, pues Diego termina vengándose indirectamente con los pobladores. Ahora se comprende la razón que llevaba a Diego a introducirse la pistola en la boca. ¿Tirará finalmente del gatillo? Parece que sí.

    Saludos.

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  2. Gracias Martín. Lo que más me costó en este relato fue hilar el tempo, de manera que las tres historias que lo componen tuvieran su momento y su lugar.

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  3. Ya imagino. Yo creo que ha quedado muy bien.

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