martes, 15 de mayo de 2012

Mariposas Negras - Dos


Mariposas Negras

 Dos


            Una hora después un centenar de almas asustadas llenaba la pequeña plaza rural. Diego esperaba a un lado, medio oculto por los soldados, fumando un cigarrillo detrás de otro. De repente tiró la colilla al suelo y la aplastó con la bota mientras voceaba.
            – Cánovas, ¿tenemos ya a todo el mundo?
            – Sí, mi Teniente.
            El silencio se extendió como una manta por el gentío. El olor del miedo era tan palpable que casi se podía tocar.
            – Alguien ha matado a uno de los nuestros –dijo en voz alta– quiero al culpable y lo quiero ahora. No voy a decirlo muchas veces ni estoy dispuesto a esperar. Todos sabéis que hemos avanzado por  España entera, limpiándola de rojos. Y todos sabéis, por lo que habréis oído en la radio, que nos hemos portado bien con aquellos que se han rendido y han depuesto las armas. Me advirtieron que este pueblo era en su totalidad del Bando Nacional. Ahora veo que nada más llegar nos encontramos problemas que no hemos hallado en ningún otro sitio por el que hemos pasado. Creo que esto es un nido de rojos, un nido de víboras.
            Las últimas palabras provocaron un rumor de desesperanza que se extendió por toda la plaza. Diego siempre había sabido manejar este tipo de situaciones así que dejó pasar un par de minutos sin decir nada.
            – ¿Nadie va a decirnos voluntariamente quién ha sido?... Sargento Cánovas, quiero a la familia que viva más cercana al lugar de los hechos aquí delante ya mismo.
            Dos soldados se metieron entre el gentío apartando gente hasta que dieron con un grupo de cuatro personas; un matrimonio joven, una vieja y una niña. Los fueron empujando hasta situarlos delante de Diego. Empezó a mirarlos lentamente, pasando la vista de uno a otro, en total silencio, hasta que alzó la voz repentinamente.
– Decidme qué pasó anoche delante de vuestra puerta.
– No sabemos nada, señor –contestó el hombre de forma nerviosa.
– Y una mierda no sabéis. ¿Matan una persona a golpes delante de tu puerta y no oyes nada? ¿Me estás llamando tonto? ¿Crees que todo el Glorioso Ejército Nacional es tonto? ¡Responde!
– Le juro, señor, que no oímos nada ni sabemos nada. Quizá le pegaron en otro sitio y vino a morirse ahí. Yo no lo sé, se lo juro por mis hijos –el hombre gimoteaba penosamente.
– No me lo puedo creer. ¿Pero tú crees que a mi me tiembla la mano, cabrón? Sargento, traiga a la vieja y a la niña.
Ante los gritos desesperados de los padres varios soldados los sujetaron fuertemente mientras otro grupo arrastraba a la pequeña y a su abuela delante de Diego.
La Luger apareció en su mano y con un movimiento rápido cogió a la niña y la apoyó el cañón en la sien. La vieja intentó abalanzarse contra él pero la mano de la pistola salió disparada hacia su cara e impactó con un crujido de cartílagos. La mujer cayó al suelo entre gritos de dolor y un rumor iracundo sacudió a la multitud.
– Parece que vamos a tener que dar un escarmiento –dijo mientras apoyaba de nuevo la pistola en la cabeza de la niña.
Los gritos incomprensibles de la madre se transformaron entonces en palabras sollozantes.
– Por favor, señor… no le haga nada a mi niña, por favor… señor, se lo ruego. Por Dios yo le diré lo que sabemos que es poco. Por Dios, señor, suelte a mi hija…
– Habla.
– Le juro por Dios que no vimos a nadie… sólo escuchamos ruidos como de gente peleando y pensamos que serían borrachos… no sabemos quién serían, señor, se lo juro. Sabiendo que estaban Ustedes aquí ayer, benditos sean, ¿cómo íbamos a salir de casa? Nosotros somos de El Bando Nacional… ¿cómo íbamos a saber nosotros?...
– Mentira… –la detonación sonó en toda la placita como un trueno. La niña cayó al suelo sangrando por la mejilla. En el último momento Diego había girado la pistola y la bala había hecho un surco a lo largo de la fina piel de la cara. La pequeña se retorcía de dolor sujetándose la herida– Decidme quién fue ó la próxima bala le saldrá por la nuca.
La mujer se tiró de rodillas a los pies de Diego.
– Por favor se lo ruego, señor, que no sabemos nada… ¡Ay, mi niña por Dios!... Se lo ruego, señor, que le estoy diciendo la verdad…
– Sargento, tráigame la familia de la puerta de al lado –bramó pateando a la niña que estaba en el suelo.
De nuevo los soldados se internaron entre la gente y trajeron a rastras otro grupo de cinco personas. El interrogatorio volvió a repetirse. Los mismos gritos y amenazas. La Luger apuntó de nuevo a un chico de apenas quince años aunque esta vez el disparo le atravesó un brazo. A continuación dieron una paliza al padre. Una tras otra todas las familias que vivían cerca de dónde había aparecido el cadáver fueron interrogadas entre gritos, golpes y disparos. Llegó un momento en el que Diego pareció cansarse de aquello.
– Cánovas, siga Usted con esto. Le espero en mi mesa con toda la información que haya podido conseguir. No mate a nadie pero no quiero vacilaciones, ¿entendido?
– A la orden, mi Teniente.
Diego se alejó camino de la casa confiscada que le servía de vivienda y despacho. Caminaba cansinamente, como si todo el peso de la guerra estuviera sobre sus hombros. Al llegar abrió la puerta y se dirigió de forma automática hacia donde estaba su petate, lo abrió y sacó una botella de coñac. El líquido bajó ardiendo a su estómago pero le calmó de forma inmediata. Sin soltarla se sentó detrás de la mesa y abrió una carpeta de cuero que tenía delante. Dentro había un sobre con varias fotografías en blanco y negro. Buscó entre ellas hasta encontrar la que buscaba: dos jóvenes vestidos de uniforme de paseo posaban sonrientes para la cámara. Uno de ellos pasaba su brazo por los hombros del otro. Giró la foto para ver la fecha y se dio cuenta que Carlos y él eran demasiado jóvenes entonces, demasiado ingenuos. Se habían hecho la foto por un impulso de Carlos, como siempre, que había visto al viejo fotógrafo en el paseo marítimo. Ante la resistencia de Diego le agarró de los hombros, le arrastró delante del objetivo y le obligó a estarse quieto mientras el abuelo ajustaba la máquina. Habían pasado tantas cosas desde entonces.
Extendió el resto de fotografías por la mesa y se perdió en recuerdos y cosas pasadas. Siguió bebiendo durante toda la mañana pero por alguna razón desconocida no fue capaz de emborracharse. Era como si se hubiera revestido por dentro de una coraza impenetrable que ni lo sentimientos ni el alcohol conseguían romper.
           El Sargento Cánovas irrumpió por la puerta cortando sus pensamientos por la mitad.

3 comentarios:

  1. Diego hizo gala de una temible crueldad, pero hasta ser cruel agota y por eso se refugió en un instante de soledad. Habría que ver hasta qué punto su comportamiento es propio de una irascibilidad innata o de la circunstancia producida por la pérdida de un ser querido.
    Saludos.

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  2. Desgraciadamente, Diego casi parece un angelito, si lo comparamos con sus contemporáneos reales. Todas las guerras son crueles, pero aquella lo fue especialmente. Aunque supongo que para cada uno de nosotros, nuestras propias guerras son las peores.

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  3. Bien se dice que las guerras civiles son especialmente más sangrientas que las guerras entre países diferentes.

    Saludos.

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