jueves, 24 de mayo de 2012

El túnel

Siempre he creído que no es bueno vivir en el pasado. Los recuerdos y las vivencias son nuestra historia, visiones del camino que hemos recorrido. Están ahí y, aunque no debemos vivir de ellos, tampoco podemos perderlos de vista. Son nuestra experiencia, lo que nos permitirá no volver a cometer los mismos errores. Por ello cada cierto tiempo, uno o dos años, releo lo que escribí una mañana de primavera de hace ya algún tiempo. Y es que hay cosas que no se pueden olvidar.


Fue esto.

Once de Marzo. Nunca olvidaré cómo empezó ese día para mí.

Como cada mañana cogí el metro en la estación Puerta del Sur de la Línea 10 para ir a trabajar. Iba  abarrotado, como siempre. La gente leía el periódico, el libro, hablaba con su vecino de asiento ó simplemente estaba enfrascado en sus propios pensamientos. Para quien no lo conozca diré que el tramo desde Puerta del Sur hasta Casa de Campo discurre bajo tierra, sin embargo desde esta estación hasta Príncipe Pío, pasando por Batán y Lago, hay un tramo que circula al aire libre. Fue precisamente cuando el metro salió del túnel, en este trozo de vía, cuando se produjo un hecho que a todos los que íbamos en el vagón nos obligó a mirarnos unos a otros y sonreír. De repente todos los móviles, cada uno a su manera, emitieron los típicos sonidos de recepción de mensajes. En un vagón en el que van cien personas la cacofonía de musiquitas y pitiditos fue graciosa. El que sonó en mi teléfono me anunciaba varias llamadas perdidas. Debió ser el caso de la mayoría, ya que pude ver cómo rápidamente marcaban para hablar con alguien. Yo, por mi parte, pude comprobar que se trataba de mi mujer y me pregunté qué querría aquellas horas. Marqué el número de mi casa y apenas dos segundos después contestó. Lo que me contó con voz nerviosa me dejó anonadado, horrorizado, asustado, incrédulo, la verdad es que no sé qué adjetivo usar. Colgué y miré a mi alrededor. Las caras de casi todos lo viajeros eran espejos de la mía, las sonrisas se habían borrado. Caras de terror, desencajadas, ojos húmedos. Aquello no podía haber pasado. No en este país. No a nosotros. Inmediatamente me invadió la angustia de saber qué les podría haber ocurrido a mis seres queridos y empecé a hacer llamadas desesperado. Hasta que el tren entró de nuevo en el túnel y se perdió la cobertura. Maldije el maldito trasto y rogué para que el metro se diera prisa en llevarme a mi destino y poder llamar a todo el mundo. Y recé, yo que soy ateo, para que la desgracia no hubiera tocado a mi familia. Y no lo hizo. El resto del día es sabido por todos cómo transcurrió.

Han pasado dos semanas, hemos visto mil imágenes en la televisión y oído cientos de conversaciones al respecto. Yo sigo yendo al trabajo en el mismo tren y haciendo el mismo trayecto. Solo que ahora, cada vez que mi vagón sale del túnel se me acelera el pulso, miro a mi alrededor nervioso y ruego para volver a entrar en el túnel antes de que pueda sonar un móvil.



28 de Marzo de 2004


2 comentarios:

  1. Mi amigo, ese fue mi primer pensamiento cuando estuve en Madrid, en las jornadas del año pasado, con el foro. Te lo juro. Me invadió una tristeza enorme al recordar el 11 M. Llegué en el AVE y me bajé en Atocha, y no pude dejar de solidarizarme con vosotros y recordar ese día horrible donde todos (hasta yo que soy agnóstica perdida)todos rezamos por vosotros.
    Un abrazo Jose, me ha entristecido tu entrada, pero es preciosa. Me alegraré de poder abrazarte algún día.

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  2. Angela, aquello fue tremendo. Tuve un compañero hace un par de años que viajaba en la línea fatídica a esa hora todos los días. Se salvó porque se durmió y perdió el tren. Así es el destino.

    Yo mismo estuve viajando a Alcalá de Henares durante un tiempo, años después del atentado.

    Nos dejó marcados a todos.

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