lunes, 13 de febrero de 2017

Efectos secundarios



—Eh, psssst, Antonia, ¿estás despierta? —susurro mientras golpeo la puerta con mis nudillos artríticos.

—Que sí, cojona, que ya salgo.

Muevo los pies nerviosa y miro arriba y abajo del pasillo. En cualquier momento podría aparecer un vigilante o uno de nuestros convecinos prostáticos a hacer el pis de las dos de la mañana. La puerta se abre y sale mi compañera de correrías en camisón.

—¿Has tocado ya a la puerta de Mercedes? –me dice.
—No, vamos.

Nos agarramos del brazo y avanzamos a nuestro pasito de ochenteras, que no es que naciéramos precisamente con la movida madrileña, si no que tenemos años como para alicatar dos cuartos de baño.

—Escucha, Carmen, no golpees la puerta que despertarás a media
residencia. Seguro que la tiene abierta, empuja y ya está.

Y allí que voy yo y la abro. Resulta que Mercedes ya está levantada y esperándonos. Se está bajando el camisón y atusándose el pelo. Mira hacia su cama y nosotros seguimos la dirección de sus ojos. Entre un revoltijo de sábanas una tripa velluda sube y baja al ritmo de un soneto de ronquidos. Nosotros nos miramos ojipláticas mientras ella sale rápidamente y cierra la puerta.

—Mercedes, no me digas que te los has zumbado –le digo.
—Hija, qué ordinaria eres. Hemos hecho el amor.
—Anda ya –le suelta una Antonia mosqueada—, si tiene algo más de setenta el tío. No me digas que se le ha levantado, que no me lo creo.

Mercedes le sonríe con autosuficiencia.

—Sería el primero que no se le pone dura conmigo, cariño. Que una sabe hacer cosas. Bueno, qué, vamos a lo que vamos, ¿no?

Nos agarramos las tres y avanzamos por el pasillo oscuro. Nuestro objetivo está justo al pasar el mostrador de los vigilantes. Nos asomamos con cuidado. Nadie a la vista, así que iniciamos nuestro trote cochinero y llegamos hasta la puerta 212, la que nos interesa. Está medio entornada. Antonia, la más valiente, se asoma por el hueco.

—Joder, sí que es él.

La aparto a un lado y miro al interior del dormitorio. Está tumbado boca arriba, con esa barbita que me ponía tanto cuando presentaba el concurso de la tele. Ahora es blanca, pero entonces era negra y yo la imaginaba rozándome por…

—Carmen, coño, quita de la puerta que te quedas como abobá.

Mercedes me aparta y toma mi sitio.

—Ya sabéis que soy yo la que dará el veredicto de si es él o no —nos dice petulante.

Empuja la puerta con cuidado y entra. La seguimos de cerca, en fila y dando pasitos silenciosos.

Rodeamos su cama y Mercedes nos mira, decidida. Coge el borde de la sábana y lo alza. El hombre está desnudo. Las tres nos quedamos mirando aquel miembro tumefacto. Está grande, pero caído hacia un lado, como si el peso lo hubiera tumbado.

—El él, sin duda —sentencia.
—¿Te lo puedes creer, Antonia? Vamos a jugar al parchís todas las tardes con el presentador más guapo de la tele de todos los tiempos.

Miro a Mercedes, pero tiene el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? ¿No es él? Has dicho que era él.
—No, es él, solo que…
—Solo que, ¿qué?
—Que yo creo que se ha quedao muñeco.

Antonia y yo retrocedemos un paso, asustadas.

—Ese pene no puede estar de esa manera y no dar al menos un saltito, moverse algo, no sé si me entendéis.

Nos miramos las tres y la decisión es unánime. Salimos de la habitación todo lo deprisa que podemos y regresamos a nuestras camas.

Yo me duermo desilusionada. Qué tardes hubiera pasado con aquel hombre jugando al parchís, con esa mirada suya que me hacía vibrar de joven.

Mercedes vuelve a acostarse al lado de la tripa velluda, recordando a aquel miembro que tan buenas tardes le dio y que, por un momento, ha tenido la ilusión de volver a usar.

Antonia se tapa hasta los ojos y recuerda cuando vio entrar aquella tarde al famoso presentador. Ya habían hablado de él las tres y habían hecho el plan para la primera noche que durmiera en la residencia. Mercedes no estaba segura de que fuera él, pero si viera dentro de sus pantalones podría decir algo al respecto, siempre y cuando se aproximara al tamaño en el que ella solía manejarlo, claro. Entonces se le ocurrió la idea a Antonia: machacar dos pastillitas azules y dejarlas caer en la cena de aquel hombre. Así podrían estar seguras.

Tuvo la idea, además, de guardar el prospecto del medicamento y hace un momento se ha parado a leerlo. Pues sí, allí lo pone bien claro: “posibles efectos secundarios no deseados”.

Antonia se relaja con un pensamiento antes de dormirse: “bueno, que se joda la Merce”.

jueves, 26 de enero de 2017

Palabras



Dice mi gurú que me creo todo lo que me dicen.

Me lo soltó con una sonrisilla de las suyas, de esas de “ayyyy, este muchachoooo” y por un momento pensé que me estaba vacilando. Me chocó un poco, pero luego, cuando me lo explicó, lo entendí. 

Me dijo: “las palabras son fruto de nuestro estado de ánimo, de un momento, de un pensar más o menos pasajero. Ten cuidado con interpretarlas al pié de la letra. A veces quieren decir lo contrario, a veces quieren decir lo que dicen, a veces no quieren decir nada, así que no te fíes, no te dejes llevar por ellas. Si quieres fiarte de algo, fíate de los hechos. Puede que contradigan a las palabras, o puede que las confirmen, pero son los que mandan, son los que te harán feliz o desgraciado”. 

Y me hace pensar cuánto me gustan las palabras: escribirlas, leerlas y oírlas (las bonitas y las feas, todas). Cuánto me han hecho disfrutar o sufrir a veces, en su belleza o en su acritud.

Me hace pensar cuántas veces me he puesto a interpretarlas, buscando el significado oculto, como si pudieran tener la llave de mi felicidad. ¿Cuántas veces me habré equivocado? ¿Cuántas habré acertado? Intento recordar si después los hechos las confirmaron o desmintieron, pero es imposible recordarlos en su mayoría.

Pero la lección queda, que al final es lo que importa.

Así es mi gurú. Vas a pedir consejo porque crees que piensas demasiado y te pone a discurrir aún más. Eso sí, te deja cosas como esta para que las pongas por ahí y haya más gente que se coma el coco contigo.

domingo, 22 de enero de 2017

Una historia solo para tí

El médico fue quien me sugirió lo del senderismo. Me lo dijo bien claro: “No te veo edad ni maneras para salir a correr. Y tus rodillas se harían puré con esos impactos. Mejor sal a la montaña. No te hablo de que te vayas a andar al parque, como los abueletes, que eso es demasiado flojo para ti. Lo que tienes que hacer es trekking”. “¿Lo qué?”, le contesté poniendo mi cara de “¡Coño, una pipa amarga!”. “Senderismo, Juan, senderismo. Naturaleza, esfuerzo, kilómetros, sudar. Madre mía, lo que te cuesta probar algo nuevo. Si eres escritor deberías estar deseando meterte en situaciones nuevas y todo eso, ¿no?”. “Ya, ya” le contesté cambiando a mi cara de “tú flipas si crees que voy a ponerme a sudar para nada”.

Pero un amago de infarto a los cincuenta y cinco años no es una broma, es un aviso. Un “deja de tratar a tu cuerpo como si fueras un adolescente o te dejo en la cuneta”. Y, para variar, le hice caso. Adiós cervecitas con tapas un día sí y otro también. Adiós media docena de copas el sábado por la noche. Adiós a mis cigarritos, que aunque no eran muchos, eran imprescindibles a la hora de la sobremesa, después de una reunión tensa o post-revolcón. Este último fue el más fácil de desterrar. Sí, exacto, por eso que estás pensando. Mis pequeños vicios no saludables se despidieron de mí con cara de pena y entraron por la puerta palabrejas como Quinoa, té verde, avena, frutas, verduras y, claro, Trekking, mejor dicho senderismo, que me cuestan los anglicismos.

Busqué información, grupos para salir a la montaña, me compré ropa adecuada y me preparé mentalmente para hacer algo que rechazaba cada poro de mi piel. Un urbanita auténtico como yo es aquel que piensa en el campo como ese espacio a recorrer en coche entre ciudad y ciudad lo antes posible. 

Mi psicólogo me dijo que buscara los puntos positivos para reforzar la decisión, y ahí acertó el mamón. ¿Qué clase de gentuza inadaptada se apunta a andar por el campo sin más razón que ir de un punto a otro y dejarse las piernas y los pulmones por el camino?¿Qué tipos y tipas me encontraría en un ambiente así? ¿Me servirían como personajes para mis historias? Me di cuenta que yo iba a ser uno de esos panolis andarines. Si me encontraba otros como yo, podría ser un filón.

Y así fue como me encontré un sábado a las ocho de la mañana con otros catorce pringados (¿hay otra forma de llamar a alguien que se pega un madrugón el sábado para ir a ¡¡¡ANDAR!!!?), cargados con mochila, agua, gorra y crema solar untada hasta en lo blanco de los dientes. Yo los miraba y me decía “a estas horas estaba yo la semana pasada recogiéndome y preparado para dormir el sábado entero la toña pillada con mucho esmero durante toda la noche, pero no, ahora estoy reformado y cuidando mi corazoncito”. 

El guía empezó a hablar y yo empecé a aburrirme. Consejos y consejos. No os separéis. Si alguien quiere hacer pis que lo diga y paramos. No os acerquéis a las vacas que aunque parecen mansas os pueden dar un susto. Este se cree que les voy a dar unos pases o algo así. Bostecé y miré por el rabillo del ojo a ver si alguien más consideraba aquello el peñazo que era, pero no, estaban atentos como niños buenos. Mis botas especiales de campo recién compradas se giraban solas para salir corriendo de allí, así que hice un esfuerzo y convoqué la imagen de mi psicólogo diciéndome “personajes, personajes, personajes”. El escritor curioso se impuso al cincuentón vago y me froté la cara para alejar el sueño. Modo investigador en ON. Estudiemos a mis compañeros.

Un vistazo rápido y me quedo con cuatro especímenes: el del gorro de camuflaje, pantalones hasta los tobillos y camisa de manga larga, la jovencita nerviosa con rastas que pasa de un pie a otro impaciente por arrancar, la guiri blanca como la leche que debe tener mi edad, más o menos, y a la que imagino colorada como un cangrejo de paella al finalizar el día, y el gordo enorme apoyado sobre los bastones y sudando como si lleváramos ya la mitad del camino. El resto no son interesantes, aunque la gente aparentemente más sencilla es la que más te sorprende, lo tengo comprobado.

Una vez seleccionados, mi estado mental es otro. Es ese punto en el que desaparece mi yo canalla, ese que me saca todas las noches de viernes y sábado y me hace anestesiar el alma con alcohol. Ese punto en el que soy escritor; mi vocación, mi ser auténtico. Me pongo eufórico por dentro porque cada día me cuesta más alcanzar ese lugar de mi mente. Será la edad, será la desgana, a saber.

El guía clava el bastón en el suelo y arranca con un ademán del brazo, como si fuera Moisés y nos condujera a la tierra prometida. Empezamos a andar y me pongo al lado del gordo, a ver qué me cuenta, a ver qué historia se le puede sacar. Dos chistes malos y cuatro vivencias después, le descarto por aburrido. Además, resopla y suda al mismo tiempo, y ya me ha refrescado la cara un par de veces con saliva. Cambio el objetivo: vamos a por el del gorro de camuflaje.
Resulta ser un experimentado montañero (qué coño está haciendo aquí, entonces) y me relata una tras otra sus correrías por allende las sierras y los montes. Aburrido, aburrido, aburrido. No tiene salsa en el fondo, nada interesante, y todo lo que cuenta suena falso, aunque no me importa. Si las historias fueran buenas, me daría igual su veracidad.

No desesperemos. Alguien en este grupo debe tener algo que contar. Necesito encontrarlo para no desmotivarme y mandar el trekk… el senderismo a la mierda.

La chica de las rastas, vamos allá. Primero la tengo que alcanzar, claro, porque anda como si tuviera pica─pica en las bragas. Lleva una velocidad de crucero tal que en breve superará al guía y la perderemos de vista. Allá que voy y me pongo a su lado. Una presentación rápida, búsqueda de gustos comunes, un par de risas y resulta que ha viajado lo suyo. Esto promete, pero a los diez minutos tengo que desistir. ¿Cómo puede mover las piernas a esa velocidad y hablar al mismo tiempo? Mejor lo dejo o será peor el remedio que la enfermedad. Es que palmo, lo estoy viendo. O tiene más nervios que un filete del Carrefour o se ha metido algo para tener esa energía.

Queda la guiri. Si esta no da juego, paso de esta mierda de andar por el campo. Me apuntaré a un gimnasio. Afortunadamente solo tengo que disminuir la velocidad haciendo como que estoy sin fuelle, que por cierto es la puta realidad. Me sitúo al lado de la inglesa y me sonríe nada más mirarla. Tiene los mofletes colorados y una chispa de algo bueno en los ojos, un brillo de esos que te da confianza. Su “Vaya ritmo que lleva la chica, ¿eh?” me suena a país del este. “¿Rusa?”, le digo, y ella imita mi cara de “pipas amargas”. Me río sin malicia y corrijo: “Ucraniana entonces, ¿a que sí?”. Estalla en carcajadas alegres, de esas que suenan a festejo, de las que te obligan a reír aunque no quieras. Me fijo en un detalle que se me había pasado hasta ese momento: lleva unos guantes muy finos de color carne, un poco tapados por una camiseta de manga larga. Sigue mi mirada y sus ojos se entristecen un poco, lo cual me dice que es un tema que no hay que tocar, al menos de momento.

Y por fin doy con una historia. Huída de su tierra, perseguida por un marido violento, madre protectora que le cuesta dejar volar a su único hijo, trabajadora incansable, cultura clásica. Me entusiasmo con todo lo que voy oyendo. No me preocupa memorizar detalles. Sé que luego seré capaz de reconstruir la conversación. Me pasa cuando doy con un buen relato. Todo se queda ahí grabado para ser usado después. 

El tema de los guantes planea por encima de mi cabeza como un jilguero molesto. De vez en cuando se me van los ojos sin poder evitarlo, pero me resisto a decir nada. Siento una punzada pequeñita en el pecho. Creo que me he emocionado demasiado y he apretado el paso. Es la primera vez, así que aflojo el ritmo, no sea que el amago se convierta en otra cosa. Ella se queda atrás conmigo.

─Puf, ¿nos sentamos un poco? –le pregunto quitándome el sudor de la cara.
─Pero el guía ha dicho que no nos quedemos atrás.
─Va, Irina, que esto es un camino. Si nos echan de menos ya volverán a por nosotros. Mira, necesito parar un poco, pero tú sigue si quieres.

Me mira y duda, pero se detiene. Se sienta en el suelo enfrente de mí, sin más ceremonia.

─Yo aquí contándote mi vida de emigrante y tú no dices nada de la tuya. ¿A qué te dedicas?
─Soy escritor –como si eso lo explicara todo.
─Ya te veo, ya, y por eso te has venido a hablar conmigo, ¿eh? Lo de los guantes, ¿a que sí? Misterio, misterio.

La miro directamente a las manos y asiento con una sonrisa culpable.

─Ah, ¡cuántas veces, cuántas, me han preguntado! Pero yo no puedo contar, no, sin más ni más, no a cualquier desconocido. Estas cosas son muy personales, ¿sabes, Juan?
─Claro, claro. Oye que a mí me da igual, pero tienes que admitir que es curioso. Con este calor y tú con las manos cubiertas. No me digas que no sudas.
─No es cómodo, ya te lo digo yo, señor escritor.
─Bueno, oye, señora ucraniana, vamos a levantarnos y seguimos a los demás.
─Ah, viejo truco, ¿eh? ¿Funciona con las chicas? No me intereso, no me intereso, a ver si así pico la curiosidad. ¿Funciona, eh? ¿Llevas chicas a la cama con eso? –Vuelve a estallar en carcajadas y me obliga a reír a mí también. Me dejo caer de nuevo.
─Quieto ahí, mejor así, señor escritor Juan. Te contaré, pero nada saldrá de aquí. No puedes llevarlo a una de tus historias, ni tampoco nombrarme. Nadie puede saber de esto. Es una historia solo para ti, porque eso es lo que has venido buscando hoy, ¿no, señor Juan escritor? Bueno, escucha con las orejas abiertas esto que pasó.

Ha conseguido dejarme serio e intrigado. Su aspecto de bonachona me ha engañado. Me ha estado observando todo el rato o, más bien, me ha calado desde el minuto uno. Miro un momento a mi alrededor. Estamos a la sombra de un árbol, a la vera de un camino. Nuestros compañeros han desaparecido tras la curva y solo se escuchan pájaros y un suave rumor de aire entre las ramas. Sé cuando estoy en un momento mágico. He vivido pocos, pero son inconfundibles, y está claro que aquella mujer que tengo delante es un ser especial.

─Pasó en América, un sitio al que fui a parar huyendo del monstruo. Sí, Juan, era un ser maligno, de esos que no deberían haber nacido nunca porque solo traen la desgracia a quien está junto a ellos. No te voy a contar la peripecia de una mujer y su hijo escapando de un pueblecito perdido y atravesando dos continentes y un océano. Eso quizá otro día, cuando necesites otra historia. Esta empezará para ti en una fábrica oscura, dentro de una pequeña ciudad olvidada, en medio de uno de los grandes estados del interior de América. Un sitio tan lejano y recóndito que llegué a pensar que mi hijo y yo estaríamos fuera de su alcance.

»Y empezará un día cualquiera, en medio de la semana, de madrugada. Yo paseaba entre los grandes depósitos y las máquinas, vigilando las luces, las pantallas y las agujas indicadoras. No me exigía un gran esfuerzo, pero sí muchas horas de no dormir. Ese trabajo y otro que tenía por las mañanas nos daban de comer. Las horas de sueño eran casi un lujo que no podía darme. Andaba con mi carpeta, apuntando datos, cuando oí el caminar lento de alguien. Se me puso la piel de gallina, de verdad, Juan. No me preguntes por qué, pero lo supe, supe que era él. No lo vi, ni lo olí, ni sentí su aliento cerca, ni nada de nada, solo eso, el caminar, que podría haber sido de cualquiera, pero que yo supe que era el suyo, el del monstruo. Nos había encontrado, quién sabe de qué manera. Eché a correr y él lo hizo también. Me persiguió subiendo y bajando escaleras metálicas. Cuando miraba hacia atrás podía ver sus ojos azules de loco y su boca salvaje sonriendo. Supe que si me alcanzaba, no me dejaría viva. No sé cuánto tiempo huí por los pasillos de aquella fábrica. No sentía cansancio ni agotamiento. Si no me hubiera acorralado al borde de uno de los grandes tanques, creo que hubiera seguido corriendo hasta que me explotara el corazón.

»Me fue empujando poco a poco y sentí otra vez todo el terror y la congoja de antaño, pero esta vez fue como nunca antes. Es como si lo poco humano que había quedado en él hubiera desaparecido, como si ya solo existiera el monstruo. Bajé los brazos y me rendí por un momento. Pensé “que no me duela, que acabe pronto”, pero oí una voz, Juan. Fue una voz ronca que me hablaba por encima del hombro. Dijo “luego irá a por tu hijo”. No sé qué paso entonces, no sé explicarlo. Levanté los hombros, saqué los dientes, hinché el pecho, aspiré furia en estado puro, y me lancé a por él. Sí, aquí donde me ves, este retaquito que soy, a por un hombre de casi cien quilos. Quizá fuera aquella voz ronca que me habló, quizá se me metió dentro y me infló el corazón, o quizá es que él no se lo esperaba. Le golpeé con fuerza en el estómago con las dos manos y se dobló sin aire. Con su pelo a la altura de mis manos lo agarré como quien coge una bolsa de basura y lo lancé al tanque. No sé qué líquido había allí. Cayó y se hundió, y pensé que no saldría nunca más, pero sí lo hizo. Apareció su cabeza y sus manos se agarraron del borde. La voz me lo dijo: “no debe salir de ahí”. Y me tumbé en el borde y empujé sus hombros con todas mis fuerzas hacia abajo. Mis manos se hundieron con él en aquel líquido transparente. No sentí nada por lo que deduje que no tendría ningún efecto sobre mí. Solo quería que se ahogase en aquel veneno. ¿Imaginas con qué fuerza le empujé para que no se moviera de allí? Me estás viendo. Soy pequeña y poca cosa. ¿De dónde salió aquella fuerza? Yo no lo sé, Juan, pero nada en el mundo hubiera podido hacer que mis brazos dejaran de empujarle bajo aquel líquido apestoso. Lo sostuve allí hasta que dejó de moverse. Sus ojos me miraban desde abajo, furiosos, hasta que se quedaron quietos, sus manos se crisparon y luego se hundió, y lo perdí de vista. Saqué los brazos y me los sequé en la ropa.

» ¿Crees que me puse a llorar, Juan? ¿Crees que me agarré de los pelos y tiré histérica, que perdí los nervios y me puse a chillar por lo que había hecho? Me inundó una paz como no había conocido en años. No estaba eufórica ni triste, solo en paz. Miré a mi alrededor y supe que sería mi última noche en aquel trabajo, en aquel pueblo y, seguramente, en aquel estado. Acabé el turno y dejé una nota para mi jefe pidiéndole la cuenta. Cuando iba camino de mi casa empecé a notar un calor en los brazos, allí donde me había tocado el líquido. Al principio fue una molestia, pero luego empezó a escocer cada vez más. Me había lavado en la fábrica con mucha agua y creo que aquello fue lo que me salvó de perder las manos. Continué lavándome en casa y luego me eché cremas, pero la piel se arrugó, se encurtió y al final parecía la de un lagarto, aunque nunca me dolió. Durante lo que fue la última huida que haríamos mi hijo y yo, visité a un médico y me dijo que nunca había visto nada igual. Cuando me preguntó por el sitio y el líquido que me había hecho aquello, le dije que estaba borracha durante el accidente y no podía recordar nada. Permanecí atenta a las noticias, pero no leí nada acerca de un cuerpo encontrado en la fábrica, por lo que deduje que aquel líquido se había comido al monstruo. Luego abandonamos aquel país y acabamos en este tuyo. Eso fue hace años. Recuperé mi vida y la de mi hijo. Y nunca, Juan, nunca… volví a escuchar aquella voz, la que me dio la fuerza de tres hombres y la valentía de una leona.

Irina calló de repente y yo me encontré que había estado conteniendo la respiración hasta ese momento. Suspiré sin dejar de mirarla con los ojos como platos. Entonces se echó a reír de aquella manera a la que ya me había acostumbrado, con grandes carcajadas alegres. Aquello rompió el momento y me devolvió a la realidad. Ella reía cada vez con más ganas y yo le acompañaba hasta que empezó a dolerme el estómago. Estuvimos así bastante rato hasta que no pudimos más de puro agotamiento.

─Eres gran escuchador de historias, Juan señor escritor, pero muy crédulo. 

Me di cuenta entonces que durante la historia no me había parecido notar aquel acento del este, ni tampoco que sus palabras sonaran descolocadas, tal como ahora volvían a parecerme. Mi propio poder de sugestión me había jugado una mala pasada, sin duda.

Nos levantamos entre risas todavía y emprendimos el camino tras nuestros compañeros perdidos. Encontré que era una conversadora muy divertida. Me entretuvo con infinidad de historias sobre su trabajo en los Estados Unidos hasta que llegamos al mirador que se suponía era uno de los puntos de encuentro de aquella ruta. Nuestros compañeros no estaban. Nos preocupamos los dos y empezamos a mirar a lo lejos, a ver si los distinguíamos en algún camino lejano de los que se veían, ella por un lado del mirador y yo por el otro.

Entonces me pareció distinguirlos a lo lejos y agucé la vista. Di un paso hacia delante como si así pudiera ver mejor, luego otro y al tercero me encontré pisando el aire. Di un grito y me encontré con que mi cuerpo se inclinaba hacia el vacío sin que yo pudiera hacer nada. Entonces algo atrapó mi muñeca izquierda y se cerró alrededor con una fuerza espantosa. Mi caída se frenó en seco y me encontré mirando hacia un suelo de piedra que estaba cincuenta metros más abajo, mientras colgaba de mi brazo izquierdo. Miré hacia arriba y allí estaba Irina, agarrada al borde del mirador con una mano mientras me sostenía con la otra. No entendía nada. Yo no caía y ella no se venía arrastrada tras de mí. Me di cuenta entonces del terrible dolor que tenía en el brazo y en la muñeca, y grité desesperado.

Aquella mujercita me miraba con ojos extraños, como si se estuviera pensando algo. Su expresión cambió varias veces, como si pasaran por su mente opiniones contradictorias. Luego se suavizó un poco y tiró de mí hacia arriba. Se contrajeron sus brazos regordetes y tiró de mis setenta kilos hasta que pude apoyarme en un saliente y agarrarme con la mano derecha al reborde. Cuando por fin me vi a salvo, vomité de puro terror.

Me quedé sentado donde estaba entre sudores fríos y por fin levanté la vista. Ella me miró seria y me vino a la mente el tacto que había sentido hacía solo un momento en mi muñeca. Aquello con lo que me había atrapado en el aire no podía ser una mano, era más como una garra, áspera y fuerte. Supe entonces que mi vida había dependido más de la decisión de una mujercita rechoncha que del mirador traicionero. Ella había decidido y yo seguía allí, pero sin duda a cambio de algo. No hizo falta decirlo con palabras: mi silencio.

─Bueno, señor Juan escritor, ahora yo me iré y tú le dirás a los otros que me encontraba mal y volví sola a mi coche, y me fui. ¿Así será, no?

Asentí sin más, sabiendo que aquello era un acuerdo. Ella se volvió por donde habíamos venido y desapareció. Hora y media después me encontraban al lado de mi vómito. Explicaciones que no sonaron convincentes y partimos para casa entre la preocupación general por mi estado.

Dormí mal, en parte por el dolor del brazo, en parte por haber estado a punto de morir, en parte por todas las partes. Pasó la semana y me fui tranquilizando algo. El trabajo contribuyó a dejar de pensar. Se me quitaron las ganas de copas y juerga. También las de repetir con el trekking. El domingo decidí acudir a uno de nuestros encuentros de escritores, a ver si desconectaba de forma total.

La tarde transcurrió de forma amena, como siempre lo había sido en aquel Club Ciervoblanco. Cuando llegó la hora de construir historias improvisadas pedí silencio a todos mis compañeros y me puse serio.

─Escuchad, tengo que contaros una historia que no puede salir de aquí.

En algún sitio de aquella misma ciudad, una voz ronca susurró unas palabras al oído de una pequeña mujer rechoncha. Sus ojos claros cambiaron. La traición no era perdonable.

lunes, 28 de noviembre de 2016

El imperio de los sentidos.


*Taller del 27 de Noviembre de 2.016. Foto usada como disparador creativo


─Te lo voy a explicar otra vez, chinita… perdona ¿cómo te llamabas? Joder, mira, te voy a llamar Juani, ¿vale?

─…

─Ya, ya, que tu padre te llamó así en honor a un antepasado, pero yo te llamo Juani como a tu compañera la llamo Vane. Venga, que nos quedamos sin luz para la toma. Mira, Juani, tú y Vane vais paseando por el bosque cuando el gran toro macho os dice…

─…

─¿Qué todos los toros son machos? Te presentaba yo a un travelo que tengo de vecino que parece la Norma Duval de joven y ya ves, luego le cuelga un manubrio como el paraguas ese que llevas en la mano, hija. No te disperses, escucha: tú y Vane estáis a vuestras cosas y el gran toro os dice: “¿Dónde vais hijas del deseo?” y a vosotras se os abre el quimono de la impresión… ¿qué eso es de los japoneses? Mira, china de los hu… vale, vale… calmémonos. No, Felipe, no me agarres del brazo ¿eh? Mecagontó.

─…

─No, Vane, el toro es de cartón. Bueno, sigamos, por diosssss… Sí, gracias, Felipe, sécame el sudor que ya… ¿Dónde estaba? Se os abre el quimono y se os ve el hámster… ¿Qué eso no lo pone en el contrato, Juani? A ver, Felipe, cuando te dije que buscaras dos tontuelas para rodar “Hasta el rabo todo es toro”, versión porno de “Pearl Harbour”, ¿por qué se te ocurrió traer a las dos chinas del Todoacien de tu barrio?

─…

─No, idiota, lo de engañar como a un chino es un decir. Pero, ¿tú crees que colocarnos la coca-cola de Hacendado a tres euros es de ser tontos? No me jodas, y encima ahora se han pirado. A ver qué hacemos... anda ya, Felipe, ¿tú y yo? Lo que me faltaba. Deja de poner esos ojos, ladrón.

martes, 15 de noviembre de 2016

Hijos del Dios blanco



*Versionando cuentos infantiles*

El viejo yonqui temblaba tirado en el callejón. Suspirando, cerró los ojos y rogó al Dios Blanco que le trajera algo que llevarse a la vena. Cuando los abrió, la respuesta venía andando por el callejón, entre espasmos. Al llegar a su altura, se dejó caer a su lado.

-Eres joven para cabalgar este jamelgo, chaval.
-¿Qué sabrás tú, puto borracho? –respondió el recién llegado.
-Sí –dijo el anciano-. Tú rezas al mismo Dios, solo que yo llevo más tiempo con él, tanto que conozco muchas de sus historias. Te contaré una: hace no mucho tiempo existió un parque habitado por un drogadicto, uno de esos que viven su mierda interior sin manchar a los demás. Un día, los comerciantes del barrio decidieron que era malo para el negocio y, en una noche oscura, le acorralaron. Dicen que los gritos se oyeron desde lejos, dicen que ellos sonreían mientras le golpeaban, dicen que murió, pero cuando se alejaban alguien dijo haber oído un grito jurando venganza. Nadie hizo caso. Meses después la hija del pescadero, aficionada al humo que marea, fue abordada por un joven que le ofreció probar algo nuevo. Ella le siguió, alegre, hasta un callejón como este mismo y nunca más se la volvió a ver. Luego fue el hijo del carnicero, la pequeña del sastre, el primogénito del mecánico, y así, uno detrás de otro hasta la docena. Jamás encontraron los cuerpos. Alguien recordó al drogadicto que habían dado por muerto y todos lloraron desconsolados. Los negocios cerraron y nadie volvió a pasear por aquel parque, pero de él, nunca más se supo.

El anciano calló, terminada la historia, y se miraron. Su mano voló al bolsillo buscando la navaja, pero el joven reaccionó más rápido y le clavó un trozo de vidrio en el pecho, parando así un corazón adicto.

-A ver dónde guardas la heroína, cabrón.

Registró los bolsillos, pero solo encontró basura, así que le dejó y caminó hacia la salida del callejón, tan conocido para él. Se acarició las viejas cicatrices y sonrió divertido. Tanto daban doce víctimas como doce más una.

lunes, 31 de octubre de 2016

Motivación

Ejercicio de improvisación
Disparador creativo: la foto que se adjunta
Tiempo de ejecución: 10 minutos



─A ver, nena, has hecho esto tantas veces que te tiene que salir solo. Venga, mira a cámara. ¡¡Quiero una expresión de horror!! Ya lo sabes, el anunciante va a sacar este disfraz de Frankenstein antes de dos semanas y quiere niños acojonados como imagen, niños sufriendo, ya sabes. ¡¡Vamos, niña, coño, cara de asustada!!
─…
─No, joder, esa cara es la del anuncio del antihemorroidal… esa tampoco, que es la de cuando hicimos el anuncio del vinagre.
─…
─Pero, joder, ¿dónde está tu profesionalidad?... No me pongas morros, ¿eh?
─…
─Vale, tú te lo has buscado. Felipe, tráeme el martillo… Sí, coño, no me pongas tú también pegas, ¿vale? Tráelo y punto.
─…
─Claro, claro, tranquila si esto va a ser un momento. Mira, aquí tenemos el martillo… y aquí tu móvil… ¡¡Siiiiiii, esa es la cara que yo buscaba!!!…

domingo, 17 de julio de 2016

El vacío conocido


Homenaje a Cervantes y Shakespeare, dos personajes tan distintos como distinta era la cultura a la que pertenecieron. Una interpretación más de cómo se habrían conocido en otra época.


El vacío conocido

El Lexus color chocolate fue a pararse a dos puertas del número trece de la calle Melancolía. Seis menos y hubiera podido salir cantando a Sabina. Bonito nombre para un trozo de asfalto perdido entre fábricas. La voz del GPS insistía en seguir hasta la siguiente rotonda, advirtiendo de que no era buena idea pasear por allí a aquellas horas de la noche, sin embargo, tecnología punta, fabricación de lujo, pero si no hay petróleo, se para. «Me encanta el color chocolate. Que sea chocolate, por favor» había dicho Lola. Y allí que fue Álvaro y lo pidió de ese color marrón que a él, en realidad, le parecía color mierda. Pero es lo que tienen las amantes, que cuando te piden las cosas con la boca llena es imposible negarles nada.

Pensó en llamar al seguro y que le trajeran una lata de gasóleo. Miró alrededor. Silencio absoluto, farolas que eran islas de luz, un cielo totalmente negro y en el número trece un cartel de neón: Paraíso.

Suspiró. Había sido un día de mierda, después de una semana de mierda, después de una vida de mierda. Miró el portátil que descansaba en el asiento de al lado. Si tan solo pudiera… «Bah, no puede ser». Lo cogió debajo del brazo y salió del coche. Un whisky con limón en El Paraíso y luego llamaría al seguro. Necesitaba esa copa. Apoyó la mano en la madera y empujó. Salió a recibirle un olor que prefirió no identificar y una música chabacana.

Entró pensando que pasaría como en las películas del oeste. Todo el mundo se giraría, el piano pararía de tocar y el diría «solo quiero un whisky». Pero no, qué desilusión. Había hombres maduros y chicas con vestidos minúsculos. No mirar, no tocar, solo beber y terminar el día de mierda.

Instintivamente, se sentó al lado de otro bebedor solitario. El hombre estaba inclinado hacia delante. El pelo largo le cubría casi toda la cara. Solo sobresalía la nariz grande y ganchuda, como si fuera la aleta de un tiburón asomando en el océano. Álvaro dejó el portátil a mano y llamó al camarero. Cuando tuvo la bebida descansando sobre un posavasos, la cogió y le dio un trago largo. El primero siempre era el mejor. El que activaba las papilas, quemaba la garganta y hacía bailar a las neuronas. No era de beber mucho. Lola siempre le decía que era un aguafiestas porque no pasaba de dos copas. Luego pedía refrescos, codo apoyado en barra, mientras la veía bailar. No era su ritmo. Él prefería observar, mirar, fantasear sobre unos y otras. Imaginar qué hacían allí, a aquellas horas, dando saltos, con varias sustancias recorriendo sus venas, haciéndoles creer que el universo estaba en las pupilas dilatadas de la chica de la falda corta.
El melenudo se giró apenas y le miró.

─Un tipo valiente. A estas horas, por estos lares y con un portátil en la mano. ¿Vas buscando que te rajen?

Álvaro le observó. El pelo se había abierto, como si fuera el telón de un teatro, dejando ver unos ojos rodeados de arrugas y un rictus serio y alargado. Cada grieta de aquella cara parecía contar una historia negra.

─Tampoco guardo nada valioso en él. Se lo daría sin resistencia.
─No me digas, tío, un pusilánime en la calle Melancolía. ─dijo, soltando una carcajada ronca, como de fumador viejo.
─Es solo un trasto y parece que no me vale de gran cosa.
Los ojos detrás del telón se abrieron.
─He tardado un minuto de más en calarte. Los escritores frustrados tienen esa querencia. Acaban apareciendo por los puticlubs más tarde o más temprano. Es como si les atrajera el olor a cerveza rancia y los coños en venta. He visto a más de uno quedarse ahí mismo, donde estás tú, observando las manchas de la pared y esperando que les cuente las historias que su  talento no es capaz de parir. Va, no pongas esa cara de agrio. Empújate a la garganta eso que has pedido, que yo invito.

Álvaro se bebió de un trago el tubo y lo dejó sobre la barra. El camarero lo sustituyó por otro igual en un instante.

─Venga, chaval, cuéntame de qué van tus letras.
Dudó un instante. Sería fácil decirle que era el portátil del trabajo, que había unos informes de cuentas que le tenían loco, que las hojas de cálculo no funcionaban como debían. Suspiró, abrió el ordenador y lo encendió.
─Ahí tienes.

El hombre abrió los textos y empezó a leer. No supo cuánto tiempo pasó, ni las copas que el barman fue sustituyendo. El alcohol parecía inocuo. Ningún efecto, ningún entumecimiento del cerebro, solo el que ya existía dentro, en algún sitio indeterminado de su pecho. El hombre cerró el portátil, apoyó los codos en el mismo sitio donde ya los tenía antes y habló.

─Dedícate a otra cosa, lo que sea que hagas para vivir. Esto no es lo tuyo.
Álvaro le miró consternado.
─Que sí, chaval, te lo digo yo. Vamos a ver. Tienes historias ahí, buenas historias, pero… ─la aleta de tiburón se frunció como si oliera a pescado muerto.
─ ¿Pero…?
─Pero son bazofia que no te crees ni tú. Venga… solo veo tragedias ideales. Sí, ideales, no me mires con esa cara. Tus personajes son bellos e inteligentes, y hasta cuando las pasan putas hacen poses de teatro griego ─el hombre le miró directamente a los ojos─. Te voy a decir cómo eres: has venido hasta aquí montado en un cochazo, tu mujer es de esas de color tostado irreal y piel estirada, tu amante es bonita como una modelo y puta en la cama como no lo es tu esposa, tus nenes te piden para pagarse la maría mientras hacen como que estudian. Los lunes te levantas y te vas a tu oficina, donde miras el culo a tu secretaria mientras sueñas con follártela sobre la mesa. Vuelves el viernes a casa, después de haber repetido el lunes cuatro veces más, cenas y te subes a tu buhardilla a escribir como un puto bohemio, creyéndote que toda esa basura será algún día un bestseller que te dará libertad para abandonarlo todo y fugarte con la secretaria del culo bonito. Y así será el sábado noche, después de la cena con los amigos, y el domingo tarde. Y luego, el lunes, vuelta a empezar. Vida preciosa, sueños vacíos. ¿A que he acertado en casi todo, colega? Pues claro, coño.

El hombre golpeó con el vaso sobre la barra, solicitando al camarero. Luego se giró y volvió a hablar.

─ ¿Eso que veo son pucheros, nenita? Te voy a contar una historia de gente real, mamón. Nací en una bolsa de basura en un puto callejón, como si fuera un niño Jesús aparecido, y digo nací porque antes de eso no había nada. Los gatos lamían mi cordón umbilical como si me cuidaran, o como si estuvieran pensando en la cena, cuando me encontraron dos reyes de nieve que andaban por allí, paseando su síndrome de abstinencia. Se lo pensaron un poco, pero qué coño, un crío siempre se puede vender bien, así que cargaron conmigo. Luego resulté útil de otras maneras. Nadie detiene a un crío harapiento con los bolsillos llenos de coca o le niega una limosna. Después, un día, murieron porque era lo que tenían que hacer, responsables ellos hasta el final. Desde entonces circundo la Tierra, visito países y busco afrentas que resolver, siempre sin salir de estas cuatro calles, siempre a tiro de piedra del vaso de whisky. Eso, amigo, es algo para contar.

El hombre fijó la vista en la línea de botellas detrás de la barra, ignorándole. Álvaro parpadeó como si despertara, recogió el portátil y, bajando los ojos, se dirigió a la puerta. Luego se giró hacia una farola y estrelló el ordenador contra ella. El sonido fue como un disparo en mitad de la noche. Echó a correr por la calle, atravesando la oscuridad, entrando y saliendo de las islas de luz, hasta que llegó al borde la autopista, casi vacía a aquellas horas. Se miró las manos temblorosas, inútiles dedos que no tecleaban historias reales. Se echó a llorar. Lloró por su vida. Lloró por las historias que no era capaz de contar. Lloró por el vacío que sentía.

Luego tomó una decisión. Sacó el móvil y llamó a un taxi. El Lexus tendría que esperar en la calle Melancolía. Seguro que el espíritu de Sabina cuidaría de él. Cuando llegó a casa y abrió la puerta, el olor hogareño tan conocido salió a recibirlo. Los dedos dejaron de temblarle y la congoja se pasó. Se relajó. 
Se dirigió a la buhardilla, encendió el ordenador de sobremesa y se puso un whisky al lado del teclado. El móvil avisó de un mensaje entrante. Era Lola. Sonrió tranquilo. Era viernes noche. Tocaba escribir sobre jóvenes amantes y vidas rosas. Estaba de vuelta en su vacío, tan conocido, tan seguro.