jueves, 18 de mayo de 2017

La sonrisa del perdedor


MILA

Un pensamiento baja volando y se posa suave sobre la mente de Mila: «esta noche voy a hacer el amor, bueno, qué coño, voy a follar». Apenas las palabras acaban de cerrar las alas y acomodarse, cuando ya se ha puesto colorada. «Por Dios, Mila, pero qué estás diciendo» y automáticamente cierra las piernas y las cruza, todo en un solo movimiento recatado e inconsciente. 

Hace rato que no escucha al resto de contertulios. Sentados en círculo, con una mesa pequeña en el centro, la docena de asistentes de ese día debate desde hace horas sobre «La conjura de los necios». A ella le pareció una chorrada de libro cuando vio la convocatoria, pero quedarse en casa machacándose el ego había dejado de ser una opción desde hacía un tiempo. Es lo que estuvo haciendo durante un año y medio, desde aquel lejano día en el que Ramón se había ido con la putita. Siempre le sale esa palabra cuando piensa en ella, putita, así en diminutivo, aunque en realidad putona sería más adecuado, más que nada por la edad. Y es que, si al menos se hubiera ido con una jovencita, pero no, se fue con una cincuentona, otra versión de ella misma. 

Imaginarle entre las piernas de una chica hubiera sido ideal para poder llamarle cabrón degenerado, pero no, el muy jodido se había ido con una como ella, un madura, aunque «más adecuada», dijo, «más independiente», sentenció. Treinta años de hogar perfecto, de hijos perfectos, de vida perfecta, todo para acabar dándose cuenta que la imperfecta era ella, al menos eso había estado creyendo durante mucho tiempo. 

“…Ignatius representa a la inmadurez de una sociedad decadente que…”

La frase se ha colado en sus pensamientos. La ha soltado Juan, “ojos de serpiente”, apodo que le puso mentalmente el primer día que le conoció. Normalmente viene acompañado de su mujer, pero hoy está solo. Pilar, su esposa, no le cae bien, aunque hasta hoy no ha sabido por qué. Fue esta mañana, nada más levantarse y recordar que tenía tertulia con el club, cuando se dio cuenta. Pilar no es una persona desagradable ni estúpida, solo es que se parece demasiado a ella. La ve ahí, al lado de Juan cada domingo de tertulia, tan atenta a lo que dice él, tan pava, que la odia. Tal y como se odia a si misma desde que Ramón se fue con la putona. «¿Por qué aguanté tanto al lado de ese hombre?», se reprocha. Siempre hubo una sospecha, unos ojos que huían ante las preguntas, unas palabras vacilantes; en resumen, una rata muerta bajo el porche, pero era mejor dejarlo pasar, más cómodo. Y ahora, ella misma se ve reflejada en Pilar. A su marido se le huele desde lejos. Nada más entrar, hace un rato, ha repasado a todas las presentes de arriba abajo. Se le nota que las ha probado de todos los colores. «Pobre Pilar, pobre y estúpida Mila».

“… y esa madre, ¡qué personaje! Siempre perdonando a su hijo. Alcohólica y abandonada…”

La tertulia sigue y Mila recuerda lo ocurrido hace unas horas. Ha sido esta mañana, durante el desayuno, cuando ha levantado por tercera vez el vaso de leche. Se ha quedado mirándolo, tan verde, tan duradero. Uno de los que compró hace treinta años. Una maravilla de vidrio que le aseguraron duraría para siempre. Estaba un poco descolorido ya y lleno de marcas a base del uso, pero ahí seguía. Un vaso que se ha caído mil veces, que se ha golpeado en tantas y tantas ocasiones, y, sin embargo, desgastado, pero entero. Entonces ha venido el ataque de rabia. Lo ha agarrado y lo ha lanzado con todas sus fuerzas contra la pared. La leche ha dibujado un arco informe en el aire y ha caído por todos lados. Y el vaso, tan duradero, tan eterno, se ha hecho añicos contra los baldosines blancos.

Entonces, Mila ha gritado de rabia, de pena, de incomprensión. Ha golpeado la mesa y pateado la pared de forma salvaje hasta cansarse, eso sí, sin soltar una lágrima. Ya no le quedan. Dieciocho meses llorando es mucho llorar. En ese momento es cuando ha decidido pasar página y empezar otro camino. Y han aparecido las ideas locas, esos demonios pequeños y divertidos que se cuelan sin ser llamados. Esos que aparecen en la juventud a miles y que van siendo espantados o atendidos a medida que maduramos. «Viaja lejos», «prueba las drogas», «baila hasta que no pueda más», «sal al balcón desnuda y grita hasta quedar ronca», «tírate a un chaval» … Sí, eso… tirarse a un hombre más joven, a ver qué se siente. “Tirárselo”, ahí es nada, “follárselo”, sí, queda mejor “follárselo”.

“…el personaje negro es todo un símbolo, toda una protesta en sí mismo. Las gafas oscuras con las que tapa sus ojos aluden a…”

Sí, los ojos. Dicen tanto, son tan evidentes... Los de Juan no son los únicos que han acariciado hoy sus curvas de mujer. Mario también lo ha hecho, aunque de esa forma tímida que tiene el chaval. Admitámoslo, no es más que un crío para ella. Solo es un poco mayor que sus propios hijos, pero se le ve fuerte, buenos riñones, seguro que empuja con toda el alma. Los labios de Mila se curvan y deja escapar una risita.

“…Es gracioso el negro, sin duda... ¿Es el que más te ha hecho reír, Mila?... cuéntanos.”

No se ha dado cuenta, pero su risita en realidad ha sido toda una carcajada. Ahora todos la miran. Se pone colorada hasta la raíz del cabello. La imagen del negro se fusiona en su mente con la de un Mario blanco y desnudo empujando con una verga negra, todo riñones. Todas las miradas están fijas en ella. Y entonces pasa... Al principio solo es un temblor en sus hombros, luego una mano que se lleva a la boca, sus ojos se arrugan un poquito y… estalla en carcajadas. Mario mitad negro, mitad blanco bombeando como si le fuera la vida en ello. Se agarra la tripa en un movimiento que es todo suyo, todo ella, y se retuerce con lágrimas de auténtica juerga rodando por sus mejillas. Todos se miran confundidos. El libro es gracioso, pero…

Mila, colorada, medio sudando, se calma, mira a Juan y luego a Mario, y vuelve a estallar en carcajadas incontrolables. La mecha está encendida y empieza a arder. Primero son sonrisas incrédulas, luego risas, al final todos la acompañan en una orgía de dientes blancos y ojos llorosos de puro regocijo. Cuando se van calmando alguien dice «…el negro…» y de nuevo estalla la hilaridad en cascada. Al final todos se calman. Mila siente un poco de humedad en las bragas y se mueve incómoda. Sonríe para sí misma. No sabe si ha sido culpa de las carcajadas o del deseo, ese nuevo compañero.

“… y por hoy creo que hemos dicho todo lo que se puede opinar sobre el gordo Ignatius y su tragicómica vida. Nos vemos en la siguiente tertulia, amigos…”

Hay un arrastrar de sillas y un volar de abrigos encajándose en sus dueños. Juan se le acerca, tal y como ella espera. Le ha lanzado un par de miradas en momentos clave, justo cuando se hablaba de algo sexual o picante, y el muy idiota ha picado. Se para un momento. Una alarma suena en algún punto de su cerebro. «Mila, ¿qué estás haciendo?, no te reconozco». Se da cuenta que es la voz de su ex marido. Siempre fue un mojigato con ella, el muy cabrón, siempre con ese falso recato, siempre apartando la vista cuando salía desnuda de la ducha o cuando se ponía el sujetador, y todo para acabar yéndose con otra más “adecuada”. «¿Por qué te oigo todavía, Ramón?», «¿es que vas a seguir jodiéndome incluso dentro de la cabeza? Que te den…» y aparta la molesta imagen de su mente. Juan llega donde está ella, sonrisa de hombre pagado de sí mismo, ojos de serpiente. Ella sonríe a su vez.



JUAN

Juan observa el cuadro de la pared. «¿Cuántos habré visto como este? ¿En cuántas habitaciones de cuántos hoteles habré visto oleos de veleros surcando el mar? Ni siquiera son cuadros de verdad, son solo reproducciones enmarcadas, imágenes falsas, carne de impresora. Salen de la máquina, todas iguales, les colocas un marco y ya tienes decoración para mil habitaciones, diez mil, cien mil. Colgados de una pared, observarán y juzgarán a todos los que se acuesten en las mil, diez mil, cien mil camas que las ocupan. Si esos cuadros tuvieran alma, si pudieran pensar, se asquearían cada noche y cada puto día». 

El ruido de la cisterna del cuarto de baño le trae a la realidad. La madurita ha caído sin mucho esfuerzo. Se la veía dispuesta nada más empezar la tertulia. Un par de caídas de ojos, tres o cuatro sonrisas y ya estaba en el bote. Es curioso, hoy precisamente. Ha sido un día malo, extraño, pero cuando la ha visto reírse de esa manera ha pensado que dentro de aquella cincuentona inocente tenía que haber algo salvaje, algo que le hiciera olvidar por un momento. Le encantan de ese tipo. Parecen virgencitas, pero están resabiadas como gallinas viejas, y eso le pone mucho. Le ha extrañado no tener una erección allí mismo.

Puede que haya sido culpa de lo ocurrido en las últimas horas. Hasta medio día todo iba como siempre, nada fuera de lo normal. El vacile con la camarera del bar a la hora del desayuno, el repaso visual a una secretaria en el ascensor, el roce “accidental” con la chica de las fotocopias. Futuras presas todas. Algunas se han escapado a lo largo de su vida, claro, pero normalmente es porque resultaban ser bolleras; bueno, seguramente lo eran. 

A eso de la una ha pasado algo que le ha desestabilizado. Ha vuelto a casa a comer y ha aprovechado para ir al cuarto de baño. Estaba sentado en el trono, con los calzoncillos bajados y concentrado en el esfuerzo cuando ha visto un destello de plata debajo del armario del lavabo. Se ha estirado todo lo posible y con la punta de los dedos lo ha sacado. Un cuadrado de plástico con una palabra impresa en ambos lados: “DUREX”. Los ojos se le han abierto de sorpresa, las piernas le han flojeado y el estreñimiento ha dejado de ser un problema.

Al salir se ha guardado el hallazgo en el bolsillo. Le es extraño. No el objeto en sí mismo (los tiene iguales a montones en un escondrijo del coche), si no el sitio donde lo ha encontrado, en su propio baño. Hace una década que se hizo la vasectomía, hace mucho que no los usa dentro de su propio dormitorio.

La comida ha transcurrido en silencio. Pilar, distraída, ensimismada, con esa expresión de quien está mirando más allá de las paredes, apenas se ha llevado algo a la boca. Él, sintiendo un peso extraño sobre la pierna, donde descansa el trozo de plástico incautado, ha estado revolviendo la sopa como quien busca respuestas en el fondo del plato. Cuando se ha levantado para irse, ella no había cambiado la expresión. El «hasta la noche, me voy a la ofi» ha quedado sin su correspondiente «no trabajes mucho» de todos los días.

En su despacho, Juan se ha sentado en la silla y ha estado un rato mirando el pequeño bulto cuadrado de su pernera. No se ha decidido a tirarlo, no sabe por qué. A las seis de la tarde su amigo le ha soltado «¿Haces horas extra o es que tienes plan, maricón?». Entonces ha despertado de su ensoñación, ha cogido el abrigo y se ha dirigido al Bar donde siempre se detiene a calentar antes de salir. El regusto del Dyc con Coca-cola le ha traído de nuevo a la realidad. Le ha despejado, ha alejado los pensamientos confusos y le ha puesto en modo “Juan”, ese estado en el que es capaz de follarse a cualquier tía. Luego ha salido solo en dirección a la tertulia, un cazadero inexplorado.

La puerta del baño se abre y aparece Mila. Le extraña verla vestida aún. Se miran a los ojos y avanzan uno hacia el otro. Cuando están pegados, ella levanta los brazos, indecisa, y le rodea el cuello. Él la toma por la cintura. El modo “Juan” está en On. «Voy a por ti, nena. Vas a fliparlo a tu edad». Se besan. Ella ni se acuerda siquiera. ¿Qué se hacía? ¿Cómo se mueve la lengua? ¿Se mete dentro de la boca? ¿Se acarician los labios?

Juan baja las manos y le agarra el culo. Ella da un respingo, todo nervios. El galán sonríe con la suficiencia que da la práctica. Mila se anima. «Actúa, Mila, muévete, no seas sosa», se dice, y baja la mano hacia el paquete. Espera encontrar algo duro, algo que la excite y le humedezca las bragas por segunda vez aquel día, pero allí solo hay un bulto que le cabe en la palma. «¿Por qué no se le pone dura?». Los viejos hábitos asoman su fea cara y le hacen sentirse culpable. «No le gusto. Soy yo, es por mí». Le tiembla el labio, le sudan las manos, se humedecen los ojos de Mila. Y entonces una imagen acude al rescate: el vaso verde de esta mañana. Lo ve volar como a cámara lenta y estrellarse, hacerse añicos. La culpabilidad huye asustada ante el estruendo de los cristales. Mila ya no es Mila.

Juan la mira confundido y se mira la entrepierna. Y luego mira el pequeño bulto de su pernera, allí donde está DUREX. Y la mira de nuevo a ella, y vuelve a mirarse, y así entra en un círculo vicioso del que no puede salir. No entiende nada. Ya debería estar follando, ella debería estar gimiendo ya. ¿Qué está pasando?

Mila retrocede. Ya no vacila, ya no tiembla.

–¿Y para esto tanto? –le suelta. Recoge el bolso y el abrigo, y sale dando un portazo.

La mujer que baja en el ascensor no ha hecho el amor, qué coño, ni siquiera ha follado, pero sonríe a su imagen del espejo. Atraviesa el hall del hotel con paso seguro, golpes de tacón sobre mármol que resuenan. Se pone el abrigo en un solo movimiento y sale a la calle.



MARIO

Mario la ve salir por la puerta del hotel y se extraña del poco tiempo que ha pasado. Al terminar la tertulia se fijó en ellos. Trataron de disimular, pero se veía a las claras que querían irse juntos. Le jodió mucho. Tenía planeado hablar con ella, invitarla a tomar algo y ver si las miraditas que se habían intercambiado le llevaban a algún sitio. Es un poco mayor para él, pero tiene algo especial, aunque en el fondo es lo mismo que piensa de todas. Todas esas mujeres están hechas de una sustancia que no es capaz de identificar. Son más dulces, más calmadas, más comprensivas y, sobre todo, no parece que vayan a reírse de él.

Ahora no sabe qué hacer, aunque tampoco sabe por qué les ha seguido. ¿Curiosidad? ¿Morbo? ¿Quizá un intento de flagelarse? La inseguridad acude a apretarle la garganta. Es una vieja conocida desde tiempos inmemoriales. No recuerda ni un minuto de su vida sin su compañía. A veces callada, a veces ruidosa, pero siempre presente. Traga saliva y su nuez se mueve arriba y abajo. 

«No han podido hacer nada, no les ha dado tiempo, es imposible». Desde que la vio por primera vez, apenas ha cruzado dos palabras con Mila, pero siente el sabor de los celos en la misma boca. «Eres gilipollas», se dice, y se da la vuelta para irse. Entonces sale Juan con paso cansino, como si fuera un viejo. Los hombros hundidos, la mirada perdida. Levanta un brazo para pedir un taxi y le ve al otro lado de la calle. Por un momento se siente confundido. «Qué hace este panoli aquí. Putas casualidades». Luego reacciona y le saluda con el mismo brazo levantado con el que pedía el taxi. Mario le responde y se da la vuelta rápido, esperando que la distancia disimule su cara de culpabilidad.

La historia de su vida: las mujeres guapas se van con otros. Recorre tres calles y se para. Le da una patada a una farola y esta le devuelve un dedo magullado. «Mierda, mierda, mierda». Suspira decepcionado pensando en lo que hará a continuación y echa a andar. No es lo que quiere, pero es lo que le queda. Media hora después se para delante de un edificio que conoce de otras veces, un sitio donde viene a desfogarse. Entra con la cabeza agachada, esperando que no le reconozcan. Llama al ascensor y suplica que no llegue nadie en ese momento que quiera subir con él y con su vergüenza. Cuando llega a la planta tercera, se dirige a la puerta del fondo. Hace ademán de tocar el timbre, pero se lo piensa mejor y golpea la puerta flojito, que se oiga poco, lo justo. Al otro lado un arrastrar de zapatillas caseras, una mirilla que se abre y unos cerrojos que se descorren. Y allí está Pilar, contenta de verle por segunda vez aquel día. Y allí entra el inocente Mario, con lo que él ha llamado siempre la sonrisa del perdedor.

lunes, 13 de febrero de 2017

Efectos secundarios



—Eh, psssst, Antonia, ¿estás despierta? —susurro mientras golpeo la puerta con mis nudillos artríticos.

—Que sí, cojona, que ya salgo.

Muevo los pies nerviosa y miro arriba y abajo del pasillo. En cualquier momento podría aparecer un vigilante o uno de nuestros convecinos prostáticos a hacer el pis de las dos de la mañana. La puerta se abre y sale mi compañera de correrías en camisón.

—¿Has tocado ya a la puerta de Mercedes? –me dice.
—No, vamos.

Nos agarramos del brazo y avanzamos a nuestro pasito de ochenteras, que no es que naciéramos precisamente con la movida madrileña, si no que tenemos años como para alicatar dos cuartos de baño.

—Escucha, Carmen, no golpees la puerta que despertarás a media
residencia. Seguro que la tiene abierta, empuja y ya está.

Y allí que voy yo y la abro. Resulta que Mercedes ya está levantada y esperándonos. Se está bajando el camisón y atusándose el pelo. Mira hacia su cama y nosotros seguimos la dirección de sus ojos. Entre un revoltijo de sábanas una tripa velluda sube y baja al ritmo de un soneto de ronquidos. Nosotros nos miramos ojipláticas mientras ella sale rápidamente y cierra la puerta.

—Mercedes, no me digas que te los has zumbado –le digo.
—Hija, qué ordinaria eres. Hemos hecho el amor.
—Anda ya –le suelta una Antonia mosqueada—, si tiene algo más de setenta el tío. No me digas que se le ha levantado, que no me lo creo.

Mercedes le sonríe con autosuficiencia.

—Sería el primero que no se le pone dura conmigo, cariño. Que una sabe hacer cosas. Bueno, qué, vamos a lo que vamos, ¿no?

Nos agarramos las tres y avanzamos por el pasillo oscuro. Nuestro objetivo está justo al pasar el mostrador de los vigilantes. Nos asomamos con cuidado. Nadie a la vista, así que iniciamos nuestro trote cochinero y llegamos hasta la puerta 212, la que nos interesa. Está medio entornada. Antonia, la más valiente, se asoma por el hueco.

—Joder, sí que es él.

La aparto a un lado y miro al interior del dormitorio. Está tumbado boca arriba, con esa barbita que me ponía tanto cuando presentaba el concurso de la tele. Ahora es blanca, pero entonces era negra y yo la imaginaba rozándome por…

—Carmen, coño, quita de la puerta que te quedas como abobá.

Mercedes me aparta y toma mi sitio.

—Ya sabéis que soy yo la que dará el veredicto de si es él o no —nos dice petulante.

Empuja la puerta con cuidado y entra. La seguimos de cerca, en fila y dando pasitos silenciosos.

Rodeamos su cama y Mercedes nos mira, decidida. Coge el borde de la sábana y lo alza. El hombre está desnudo. Las tres nos quedamos mirando aquel miembro tumefacto. Está grande, pero caído hacia un lado, como si el peso lo hubiera tumbado.

—El él, sin duda —sentencia.
—¿Te lo puedes creer, Antonia? Vamos a jugar al parchís todas las tardes con el presentador más guapo de la tele de todos los tiempos.

Miro a Mercedes, pero tiene el ceño fruncido.

—¿Qué pasa? ¿No es él? Has dicho que era él.
—No, es él, solo que…
—Solo que, ¿qué?
—Que yo creo que se ha quedao muñeco.

Antonia y yo retrocedemos un paso, asustadas.

—Ese pene no puede estar de esa manera y no dar al menos un saltito, moverse algo, no sé si me entendéis.

Nos miramos las tres y la decisión es unánime. Salimos de la habitación todo lo deprisa que podemos y regresamos a nuestras camas.

Yo me duermo desilusionada. Qué tardes hubiera pasado con aquel hombre jugando al parchís, con esa mirada suya que me hacía vibrar de joven.

Mercedes vuelve a acostarse al lado de la tripa velluda, recordando a aquel miembro que tan buenas tardes le dio y que, por un momento, ha tenido la ilusión de volver a usar.

Antonia se tapa hasta los ojos y recuerda cuando vio entrar aquella tarde al famoso presentador. Ya habían hablado de él las tres y habían hecho el plan para la primera noche que durmiera en la residencia. Mercedes no estaba segura de que fuera él, pero si viera dentro de sus pantalones podría decir algo al respecto, siempre y cuando se aproximara al tamaño en el que ella solía manejarlo, claro. Entonces se le ocurrió la idea a Antonia: machacar dos pastillitas azules y dejarlas caer en la cena de aquel hombre. Así podrían estar seguras.

Tuvo la idea, además, de guardar el prospecto del medicamento y hace un momento se ha parado a leerlo. Pues sí, allí lo pone bien claro: “posibles efectos secundarios no deseados”.

Antonia se relaja con un pensamiento antes de dormirse: “bueno, que se joda la Merce”.

jueves, 26 de enero de 2017

Palabras



Dice mi gurú que me creo todo lo que me dicen.

Me lo soltó con una sonrisilla de las suyas, de esas de “ayyyy, este muchachoooo” y por un momento pensé que me estaba vacilando. Me chocó un poco, pero luego, cuando me lo explicó, lo entendí. 

Me dijo: “las palabras son fruto de nuestro estado de ánimo, de un momento, de un pensar más o menos pasajero. Ten cuidado con interpretarlas al pié de la letra. A veces quieren decir lo contrario, a veces quieren decir lo que dicen, a veces no quieren decir nada, así que no te fíes, no te dejes llevar por ellas. Si quieres fiarte de algo, fíate de los hechos. Puede que contradigan a las palabras, o puede que las confirmen, pero son los que mandan, son los que te harán feliz o desgraciado”. 

Y me hace pensar cuánto me gustan las palabras: escribirlas, leerlas y oírlas (las bonitas y las feas, todas). Cuánto me han hecho disfrutar o sufrir a veces, en su belleza o en su acritud.

Me hace pensar cuántas veces me he puesto a interpretarlas, buscando el significado oculto, como si pudieran tener la llave de mi felicidad. ¿Cuántas veces me habré equivocado? ¿Cuántas habré acertado? Intento recordar si después los hechos las confirmaron o desmintieron, pero es imposible recordarlos en su mayoría.

Pero la lección queda, que al final es lo que importa.

Así es mi gurú. Vas a pedir consejo porque crees que piensas demasiado y te pone a discurrir aún más. Eso sí, te deja cosas como esta para que las pongas por ahí y haya más gente que se coma el coco contigo.

domingo, 22 de enero de 2017

Una historia solo para tí

El médico fue quien me sugirió lo del senderismo. Me lo dijo bien claro: “No te veo edad ni maneras para salir a correr. Y tus rodillas se harían puré con esos impactos. Mejor sal a la montaña. No te hablo de que te vayas a andar al parque, como los abueletes, que eso es demasiado flojo para ti. Lo que tienes que hacer es trekking”. “¿Lo qué?”, le contesté poniendo mi cara de “¡Coño, una pipa amarga!”. “Senderismo, Juan, senderismo. Naturaleza, esfuerzo, kilómetros, sudar. Madre mía, lo que te cuesta probar algo nuevo. Si eres escritor deberías estar deseando meterte en situaciones nuevas y todo eso, ¿no?”. “Ya, ya” le contesté cambiando a mi cara de “tú flipas si crees que voy a ponerme a sudar para nada”.

Pero un amago de infarto a los cincuenta y cinco años no es una broma, es un aviso. Un “deja de tratar a tu cuerpo como si fueras un adolescente o te dejo en la cuneta”. Y, para variar, le hice caso. Adiós cervecitas con tapas un día sí y otro también. Adiós media docena de copas el sábado por la noche. Adiós a mis cigarritos, que aunque no eran muchos, eran imprescindibles a la hora de la sobremesa, después de una reunión tensa o post-revolcón. Este último fue el más fácil de desterrar. Sí, exacto, por eso que estás pensando. Mis pequeños vicios no saludables se despidieron de mí con cara de pena y entraron por la puerta palabrejas como Quinoa, té verde, avena, frutas, verduras y, claro, Trekking, mejor dicho senderismo, que me cuestan los anglicismos.

Busqué información, grupos para salir a la montaña, me compré ropa adecuada y me preparé mentalmente para hacer algo que rechazaba cada poro de mi piel. Un urbanita auténtico como yo es aquel que piensa en el campo como ese espacio a recorrer en coche entre ciudad y ciudad lo antes posible. 

Mi psicólogo me dijo que buscara los puntos positivos para reforzar la decisión, y ahí acertó el mamón. ¿Qué clase de gentuza inadaptada se apunta a andar por el campo sin más razón que ir de un punto a otro y dejarse las piernas y los pulmones por el camino?¿Qué tipos y tipas me encontraría en un ambiente así? ¿Me servirían como personajes para mis historias? Me di cuenta que yo iba a ser uno de esos panolis andarines. Si me encontraba otros como yo, podría ser un filón.

Y así fue como me encontré un sábado a las ocho de la mañana con otros catorce pringados (¿hay otra forma de llamar a alguien que se pega un madrugón el sábado para ir a ¡¡¡ANDAR!!!?), cargados con mochila, agua, gorra y crema solar untada hasta en lo blanco de los dientes. Yo los miraba y me decía “a estas horas estaba yo la semana pasada recogiéndome y preparado para dormir el sábado entero la toña pillada con mucho esmero durante toda la noche, pero no, ahora estoy reformado y cuidando mi corazoncito”. 

El guía empezó a hablar y yo empecé a aburrirme. Consejos y consejos. No os separéis. Si alguien quiere hacer pis que lo diga y paramos. No os acerquéis a las vacas que aunque parecen mansas os pueden dar un susto. Este se cree que les voy a dar unos pases o algo así. Bostecé y miré por el rabillo del ojo a ver si alguien más consideraba aquello el peñazo que era, pero no, estaban atentos como niños buenos. Mis botas especiales de campo recién compradas se giraban solas para salir corriendo de allí, así que hice un esfuerzo y convoqué la imagen de mi psicólogo diciéndome “personajes, personajes, personajes”. El escritor curioso se impuso al cincuentón vago y me froté la cara para alejar el sueño. Modo investigador en ON. Estudiemos a mis compañeros.

Un vistazo rápido y me quedo con cuatro especímenes: el del gorro de camuflaje, pantalones hasta los tobillos y camisa de manga larga, la jovencita nerviosa con rastas que pasa de un pie a otro impaciente por arrancar, la guiri blanca como la leche que debe tener mi edad, más o menos, y a la que imagino colorada como un cangrejo de paella al finalizar el día, y el gordo enorme apoyado sobre los bastones y sudando como si lleváramos ya la mitad del camino. El resto no son interesantes, aunque la gente aparentemente más sencilla es la que más te sorprende, lo tengo comprobado.

Una vez seleccionados, mi estado mental es otro. Es ese punto en el que desaparece mi yo canalla, ese que me saca todas las noches de viernes y sábado y me hace anestesiar el alma con alcohol. Ese punto en el que soy escritor; mi vocación, mi ser auténtico. Me pongo eufórico por dentro porque cada día me cuesta más alcanzar ese lugar de mi mente. Será la edad, será la desgana, a saber.

El guía clava el bastón en el suelo y arranca con un ademán del brazo, como si fuera Moisés y nos condujera a la tierra prometida. Empezamos a andar y me pongo al lado del gordo, a ver qué me cuenta, a ver qué historia se le puede sacar. Dos chistes malos y cuatro vivencias después, le descarto por aburrido. Además, resopla y suda al mismo tiempo, y ya me ha refrescado la cara un par de veces con saliva. Cambio el objetivo: vamos a por el del gorro de camuflaje.
Resulta ser un experimentado montañero (qué coño está haciendo aquí, entonces) y me relata una tras otra sus correrías por allende las sierras y los montes. Aburrido, aburrido, aburrido. No tiene salsa en el fondo, nada interesante, y todo lo que cuenta suena falso, aunque no me importa. Si las historias fueran buenas, me daría igual su veracidad.

No desesperemos. Alguien en este grupo debe tener algo que contar. Necesito encontrarlo para no desmotivarme y mandar el trekk… el senderismo a la mierda.

La chica de las rastas, vamos allá. Primero la tengo que alcanzar, claro, porque anda como si tuviera pica─pica en las bragas. Lleva una velocidad de crucero tal que en breve superará al guía y la perderemos de vista. Allá que voy y me pongo a su lado. Una presentación rápida, búsqueda de gustos comunes, un par de risas y resulta que ha viajado lo suyo. Esto promete, pero a los diez minutos tengo que desistir. ¿Cómo puede mover las piernas a esa velocidad y hablar al mismo tiempo? Mejor lo dejo o será peor el remedio que la enfermedad. Es que palmo, lo estoy viendo. O tiene más nervios que un filete del Carrefour o se ha metido algo para tener esa energía.

Queda la guiri. Si esta no da juego, paso de esta mierda de andar por el campo. Me apuntaré a un gimnasio. Afortunadamente solo tengo que disminuir la velocidad haciendo como que estoy sin fuelle, que por cierto es la puta realidad. Me sitúo al lado de la inglesa y me sonríe nada más mirarla. Tiene los mofletes colorados y una chispa de algo bueno en los ojos, un brillo de esos que te da confianza. Su “Vaya ritmo que lleva la chica, ¿eh?” me suena a país del este. “¿Rusa?”, le digo, y ella imita mi cara de “pipas amargas”. Me río sin malicia y corrijo: “Ucraniana entonces, ¿a que sí?”. Estalla en carcajadas alegres, de esas que suenan a festejo, de las que te obligan a reír aunque no quieras. Me fijo en un detalle que se me había pasado hasta ese momento: lleva unos guantes muy finos de color carne, un poco tapados por una camiseta de manga larga. Sigue mi mirada y sus ojos se entristecen un poco, lo cual me dice que es un tema que no hay que tocar, al menos de momento.

Y por fin doy con una historia. Huída de su tierra, perseguida por un marido violento, madre protectora que le cuesta dejar volar a su único hijo, trabajadora incansable, cultura clásica. Me entusiasmo con todo lo que voy oyendo. No me preocupa memorizar detalles. Sé que luego seré capaz de reconstruir la conversación. Me pasa cuando doy con un buen relato. Todo se queda ahí grabado para ser usado después. 

El tema de los guantes planea por encima de mi cabeza como un jilguero molesto. De vez en cuando se me van los ojos sin poder evitarlo, pero me resisto a decir nada. Siento una punzada pequeñita en el pecho. Creo que me he emocionado demasiado y he apretado el paso. Es la primera vez, así que aflojo el ritmo, no sea que el amago se convierta en otra cosa. Ella se queda atrás conmigo.

─Puf, ¿nos sentamos un poco? –le pregunto quitándome el sudor de la cara.
─Pero el guía ha dicho que no nos quedemos atrás.
─Va, Irina, que esto es un camino. Si nos echan de menos ya volverán a por nosotros. Mira, necesito parar un poco, pero tú sigue si quieres.

Me mira y duda, pero se detiene. Se sienta en el suelo enfrente de mí, sin más ceremonia.

─Yo aquí contándote mi vida de emigrante y tú no dices nada de la tuya. ¿A qué te dedicas?
─Soy escritor –como si eso lo explicara todo.
─Ya te veo, ya, y por eso te has venido a hablar conmigo, ¿eh? Lo de los guantes, ¿a que sí? Misterio, misterio.

La miro directamente a las manos y asiento con una sonrisa culpable.

─Ah, ¡cuántas veces, cuántas, me han preguntado! Pero yo no puedo contar, no, sin más ni más, no a cualquier desconocido. Estas cosas son muy personales, ¿sabes, Juan?
─Claro, claro. Oye que a mí me da igual, pero tienes que admitir que es curioso. Con este calor y tú con las manos cubiertas. No me digas que no sudas.
─No es cómodo, ya te lo digo yo, señor escritor.
─Bueno, oye, señora ucraniana, vamos a levantarnos y seguimos a los demás.
─Ah, viejo truco, ¿eh? ¿Funciona con las chicas? No me intereso, no me intereso, a ver si así pico la curiosidad. ¿Funciona, eh? ¿Llevas chicas a la cama con eso? –Vuelve a estallar en carcajadas y me obliga a reír a mí también. Me dejo caer de nuevo.
─Quieto ahí, mejor así, señor escritor Juan. Te contaré, pero nada saldrá de aquí. No puedes llevarlo a una de tus historias, ni tampoco nombrarme. Nadie puede saber de esto. Es una historia solo para ti, porque eso es lo que has venido buscando hoy, ¿no, señor Juan escritor? Bueno, escucha con las orejas abiertas esto que pasó.

Ha conseguido dejarme serio e intrigado. Su aspecto de bonachona me ha engañado. Me ha estado observando todo el rato o, más bien, me ha calado desde el minuto uno. Miro un momento a mi alrededor. Estamos a la sombra de un árbol, a la vera de un camino. Nuestros compañeros han desaparecido tras la curva y solo se escuchan pájaros y un suave rumor de aire entre las ramas. Sé cuando estoy en un momento mágico. He vivido pocos, pero son inconfundibles, y está claro que aquella mujer que tengo delante es un ser especial.

─Pasó en América, un sitio al que fui a parar huyendo del monstruo. Sí, Juan, era un ser maligno, de esos que no deberían haber nacido nunca porque solo traen la desgracia a quien está junto a ellos. No te voy a contar la peripecia de una mujer y su hijo escapando de un pueblecito perdido y atravesando dos continentes y un océano. Eso quizá otro día, cuando necesites otra historia. Esta empezará para ti en una fábrica oscura, dentro de una pequeña ciudad olvidada, en medio de uno de los grandes estados del interior de América. Un sitio tan lejano y recóndito que llegué a pensar que mi hijo y yo estaríamos fuera de su alcance.

»Y empezará un día cualquiera, en medio de la semana, de madrugada. Yo paseaba entre los grandes depósitos y las máquinas, vigilando las luces, las pantallas y las agujas indicadoras. No me exigía un gran esfuerzo, pero sí muchas horas de no dormir. Ese trabajo y otro que tenía por las mañanas nos daban de comer. Las horas de sueño eran casi un lujo que no podía darme. Andaba con mi carpeta, apuntando datos, cuando oí el caminar lento de alguien. Se me puso la piel de gallina, de verdad, Juan. No me preguntes por qué, pero lo supe, supe que era él. No lo vi, ni lo olí, ni sentí su aliento cerca, ni nada de nada, solo eso, el caminar, que podría haber sido de cualquiera, pero que yo supe que era el suyo, el del monstruo. Nos había encontrado, quién sabe de qué manera. Eché a correr y él lo hizo también. Me persiguió subiendo y bajando escaleras metálicas. Cuando miraba hacia atrás podía ver sus ojos azules de loco y su boca salvaje sonriendo. Supe que si me alcanzaba, no me dejaría viva. No sé cuánto tiempo huí por los pasillos de aquella fábrica. No sentía cansancio ni agotamiento. Si no me hubiera acorralado al borde de uno de los grandes tanques, creo que hubiera seguido corriendo hasta que me explotara el corazón.

»Me fue empujando poco a poco y sentí otra vez todo el terror y la congoja de antaño, pero esta vez fue como nunca antes. Es como si lo poco humano que había quedado en él hubiera desaparecido, como si ya solo existiera el monstruo. Bajé los brazos y me rendí por un momento. Pensé “que no me duela, que acabe pronto”, pero oí una voz, Juan. Fue una voz ronca que me hablaba por encima del hombro. Dijo “luego irá a por tu hijo”. No sé qué paso entonces, no sé explicarlo. Levanté los hombros, saqué los dientes, hinché el pecho, aspiré furia en estado puro, y me lancé a por él. Sí, aquí donde me ves, este retaquito que soy, a por un hombre de casi cien quilos. Quizá fuera aquella voz ronca que me habló, quizá se me metió dentro y me infló el corazón, o quizá es que él no se lo esperaba. Le golpeé con fuerza en el estómago con las dos manos y se dobló sin aire. Con su pelo a la altura de mis manos lo agarré como quien coge una bolsa de basura y lo lancé al tanque. No sé qué líquido había allí. Cayó y se hundió, y pensé que no saldría nunca más, pero sí lo hizo. Apareció su cabeza y sus manos se agarraron del borde. La voz me lo dijo: “no debe salir de ahí”. Y me tumbé en el borde y empujé sus hombros con todas mis fuerzas hacia abajo. Mis manos se hundieron con él en aquel líquido transparente. No sentí nada por lo que deduje que no tendría ningún efecto sobre mí. Solo quería que se ahogase en aquel veneno. ¿Imaginas con qué fuerza le empujé para que no se moviera de allí? Me estás viendo. Soy pequeña y poca cosa. ¿De dónde salió aquella fuerza? Yo no lo sé, Juan, pero nada en el mundo hubiera podido hacer que mis brazos dejaran de empujarle bajo aquel líquido apestoso. Lo sostuve allí hasta que dejó de moverse. Sus ojos me miraban desde abajo, furiosos, hasta que se quedaron quietos, sus manos se crisparon y luego se hundió, y lo perdí de vista. Saqué los brazos y me los sequé en la ropa.

» ¿Crees que me puse a llorar, Juan? ¿Crees que me agarré de los pelos y tiré histérica, que perdí los nervios y me puse a chillar por lo que había hecho? Me inundó una paz como no había conocido en años. No estaba eufórica ni triste, solo en paz. Miré a mi alrededor y supe que sería mi última noche en aquel trabajo, en aquel pueblo y, seguramente, en aquel estado. Acabé el turno y dejé una nota para mi jefe pidiéndole la cuenta. Cuando iba camino de mi casa empecé a notar un calor en los brazos, allí donde me había tocado el líquido. Al principio fue una molestia, pero luego empezó a escocer cada vez más. Me había lavado en la fábrica con mucha agua y creo que aquello fue lo que me salvó de perder las manos. Continué lavándome en casa y luego me eché cremas, pero la piel se arrugó, se encurtió y al final parecía la de un lagarto, aunque nunca me dolió. Durante lo que fue la última huida que haríamos mi hijo y yo, visité a un médico y me dijo que nunca había visto nada igual. Cuando me preguntó por el sitio y el líquido que me había hecho aquello, le dije que estaba borracha durante el accidente y no podía recordar nada. Permanecí atenta a las noticias, pero no leí nada acerca de un cuerpo encontrado en la fábrica, por lo que deduje que aquel líquido se había comido al monstruo. Luego abandonamos aquel país y acabamos en este tuyo. Eso fue hace años. Recuperé mi vida y la de mi hijo. Y nunca, Juan, nunca… volví a escuchar aquella voz, la que me dio la fuerza de tres hombres y la valentía de una leona.

Irina calló de repente y yo me encontré que había estado conteniendo la respiración hasta ese momento. Suspiré sin dejar de mirarla con los ojos como platos. Entonces se echó a reír de aquella manera a la que ya me había acostumbrado, con grandes carcajadas alegres. Aquello rompió el momento y me devolvió a la realidad. Ella reía cada vez con más ganas y yo le acompañaba hasta que empezó a dolerme el estómago. Estuvimos así bastante rato hasta que no pudimos más de puro agotamiento.

─Eres gran escuchador de historias, Juan señor escritor, pero muy crédulo. 

Me di cuenta entonces que durante la historia no me había parecido notar aquel acento del este, ni tampoco que sus palabras sonaran descolocadas, tal como ahora volvían a parecerme. Mi propio poder de sugestión me había jugado una mala pasada, sin duda.

Nos levantamos entre risas todavía y emprendimos el camino tras nuestros compañeros perdidos. Encontré que era una conversadora muy divertida. Me entretuvo con infinidad de historias sobre su trabajo en los Estados Unidos hasta que llegamos al mirador que se suponía era uno de los puntos de encuentro de aquella ruta. Nuestros compañeros no estaban. Nos preocupamos los dos y empezamos a mirar a lo lejos, a ver si los distinguíamos en algún camino lejano de los que se veían, ella por un lado del mirador y yo por el otro.

Entonces me pareció distinguirlos a lo lejos y agucé la vista. Di un paso hacia delante como si así pudiera ver mejor, luego otro y al tercero me encontré pisando el aire. Di un grito y me encontré con que mi cuerpo se inclinaba hacia el vacío sin que yo pudiera hacer nada. Entonces algo atrapó mi muñeca izquierda y se cerró alrededor con una fuerza espantosa. Mi caída se frenó en seco y me encontré mirando hacia un suelo de piedra que estaba cincuenta metros más abajo, mientras colgaba de mi brazo izquierdo. Miré hacia arriba y allí estaba Irina, agarrada al borde del mirador con una mano mientras me sostenía con la otra. No entendía nada. Yo no caía y ella no se venía arrastrada tras de mí. Me di cuenta entonces del terrible dolor que tenía en el brazo y en la muñeca, y grité desesperado.

Aquella mujercita me miraba con ojos extraños, como si se estuviera pensando algo. Su expresión cambió varias veces, como si pasaran por su mente opiniones contradictorias. Luego se suavizó un poco y tiró de mí hacia arriba. Se contrajeron sus brazos regordetes y tiró de mis setenta kilos hasta que pude apoyarme en un saliente y agarrarme con la mano derecha al reborde. Cuando por fin me vi a salvo, vomité de puro terror.

Me quedé sentado donde estaba entre sudores fríos y por fin levanté la vista. Ella me miró seria y me vino a la mente el tacto que había sentido hacía solo un momento en mi muñeca. Aquello con lo que me había atrapado en el aire no podía ser una mano, era más como una garra, áspera y fuerte. Supe entonces que mi vida había dependido más de la decisión de una mujercita rechoncha que del mirador traicionero. Ella había decidido y yo seguía allí, pero sin duda a cambio de algo. No hizo falta decirlo con palabras: mi silencio.

─Bueno, señor Juan escritor, ahora yo me iré y tú le dirás a los otros que me encontraba mal y volví sola a mi coche, y me fui. ¿Así será, no?

Asentí sin más, sabiendo que aquello era un acuerdo. Ella se volvió por donde habíamos venido y desapareció. Hora y media después me encontraban al lado de mi vómito. Explicaciones que no sonaron convincentes y partimos para casa entre la preocupación general por mi estado.

Dormí mal, en parte por el dolor del brazo, en parte por haber estado a punto de morir, en parte por todas las partes. Pasó la semana y me fui tranquilizando algo. El trabajo contribuyó a dejar de pensar. Se me quitaron las ganas de copas y juerga. También las de repetir con el trekking. El domingo decidí acudir a uno de nuestros encuentros de escritores, a ver si desconectaba de forma total.

La tarde transcurrió de forma amena, como siempre lo había sido en aquel Club Ciervoblanco. Cuando llegó la hora de construir historias improvisadas pedí silencio a todos mis compañeros y me puse serio.

─Escuchad, tengo que contaros una historia que no puede salir de aquí.

En algún sitio de aquella misma ciudad, una voz ronca susurró unas palabras al oído de una pequeña mujer rechoncha. Sus ojos claros cambiaron. La traición no era perdonable.

lunes, 28 de noviembre de 2016

El imperio de los sentidos.


*Taller del 27 de Noviembre de 2.016. Foto usada como disparador creativo


─Te lo voy a explicar otra vez, chinita… perdona ¿cómo te llamabas? Joder, mira, te voy a llamar Juani, ¿vale?

─…

─Ya, ya, que tu padre te llamó así en honor a un antepasado, pero yo te llamo Juani como a tu compañera la llamo Vane. Venga, que nos quedamos sin luz para la toma. Mira, Juani, tú y Vane vais paseando por el bosque cuando el gran toro macho os dice…

─…

─¿Qué todos los toros son machos? Te presentaba yo a un travelo que tengo de vecino que parece la Norma Duval de joven y ya ves, luego le cuelga un manubrio como el paraguas ese que llevas en la mano, hija. No te disperses, escucha: tú y Vane estáis a vuestras cosas y el gran toro os dice: “¿Dónde vais hijas del deseo?” y a vosotras se os abre el quimono de la impresión… ¿qué eso es de los japoneses? Mira, china de los hu… vale, vale… calmémonos. No, Felipe, no me agarres del brazo ¿eh? Mecagontó.

─…

─No, Vane, el toro es de cartón. Bueno, sigamos, por diosssss… Sí, gracias, Felipe, sécame el sudor que ya… ¿Dónde estaba? Se os abre el quimono y se os ve el hámster… ¿Qué eso no lo pone en el contrato, Juani? A ver, Felipe, cuando te dije que buscaras dos tontuelas para rodar “Hasta el rabo todo es toro”, versión porno de “Pearl Harbour”, ¿por qué se te ocurrió traer a las dos chinas del Todoacien de tu barrio?

─…

─No, idiota, lo de engañar como a un chino es un decir. Pero, ¿tú crees que colocarnos la coca-cola de Hacendado a tres euros es de ser tontos? No me jodas, y encima ahora se han pirado. A ver qué hacemos... anda ya, Felipe, ¿tú y yo? Lo que me faltaba. Deja de poner esos ojos, ladrón.

martes, 15 de noviembre de 2016

Hijos del Dios blanco



*Versionando cuentos infantiles*

El viejo yonqui temblaba tirado en el callejón. Suspirando, cerró los ojos y rogó al Dios Blanco que le trajera algo que llevarse a la vena. Cuando los abrió, la respuesta venía andando por el callejón, entre espasmos. Al llegar a su altura, se dejó caer a su lado.

-Eres joven para cabalgar este jamelgo, chaval.
-¿Qué sabrás tú, puto borracho? –respondió el recién llegado.
-Sí –dijo el anciano-. Tú rezas al mismo Dios, solo que yo llevo más tiempo con él, tanto que conozco muchas de sus historias. Te contaré una: hace no mucho tiempo existió un parque habitado por un drogadicto, uno de esos que viven su mierda interior sin manchar a los demás. Un día, los comerciantes del barrio decidieron que era malo para el negocio y, en una noche oscura, le acorralaron. Dicen que los gritos se oyeron desde lejos, dicen que ellos sonreían mientras le golpeaban, dicen que murió, pero cuando se alejaban alguien dijo haber oído un grito jurando venganza. Nadie hizo caso. Meses después la hija del pescadero, aficionada al humo que marea, fue abordada por un joven que le ofreció probar algo nuevo. Ella le siguió, alegre, hasta un callejón como este mismo y nunca más se la volvió a ver. Luego fue el hijo del carnicero, la pequeña del sastre, el primogénito del mecánico, y así, uno detrás de otro hasta la docena. Jamás encontraron los cuerpos. Alguien recordó al drogadicto que habían dado por muerto y todos lloraron desconsolados. Los negocios cerraron y nadie volvió a pasear por aquel parque, pero de él, nunca más se supo.

El anciano calló, terminada la historia, y se miraron. Su mano voló al bolsillo buscando la navaja, pero el joven reaccionó más rápido y le clavó un trozo de vidrio en el pecho, parando así un corazón adicto.

-A ver dónde guardas la heroína, cabrón.

Registró los bolsillos, pero solo encontró basura, así que le dejó y caminó hacia la salida del callejón, tan conocido para él. Se acarició las viejas cicatrices y sonrió divertido. Tanto daban doce víctimas como doce más una.

lunes, 31 de octubre de 2016

Motivación

Ejercicio de improvisación
Disparador creativo: la foto que se adjunta
Tiempo de ejecución: 10 minutos



─A ver, nena, has hecho esto tantas veces que te tiene que salir solo. Venga, mira a cámara. ¡¡Quiero una expresión de horror!! Ya lo sabes, el anunciante va a sacar este disfraz de Frankenstein antes de dos semanas y quiere niños acojonados como imagen, niños sufriendo, ya sabes. ¡¡Vamos, niña, coño, cara de asustada!!
─…
─No, joder, esa cara es la del anuncio del antihemorroidal… esa tampoco, que es la de cuando hicimos el anuncio del vinagre.
─…
─Pero, joder, ¿dónde está tu profesionalidad?... No me pongas morros, ¿eh?
─…
─Vale, tú te lo has buscado. Felipe, tráeme el martillo… Sí, coño, no me pongas tú también pegas, ¿vale? Tráelo y punto.
─…
─Claro, claro, tranquila si esto va a ser un momento. Mira, aquí tenemos el martillo… y aquí tu móvil… ¡¡Siiiiiii, esa es la cara que yo buscaba!!!…