lunes, 27 de noviembre de 2017

Ese puto momento


Ese puto momento en el que estás al borde del abismo, en el que dejas escapar una sola lágrima, una, solo una, pero que abre el dique, se rompe la compuerta y entonces sale todo el torrente de la tristeza. Y no puedes parar, y ni te acuerdas por qué empezaron a llover tus ojos, esa primera y jodida lágrima… por qué no pudiste frenarla a tiempo. Solo sabes que tienes la cara mojada, el pecho encharcado y un peso en algún sitio que no sabes identificar, un lugar entre el estómago y la garganta. Luego crees que te has detenido y una última lágrima se para ahí mismo, temblando, y se escapa y le siguen mil más, que parece que nunca terminarán.

Al final, acude un pequeño pensamiento, como una piedrecita en mitad de la corriente, que hace de barrera, que frena el torrente poco a poco, y te empiezas a calmar. Y ahí, entonces, recuerdas por qué fue la primera lágrima. Y ahí, entonces, sabes que ha llegado la última… por hoy.

viernes, 29 de septiembre de 2017

Platos rotos



Dice mi gurú que los platos rotos no se arreglan. Dice que lo haga, que tire uno contra la pared con fuerza suficiente como para pulverizarlo y luego intente pegar las piezas. “Aunque consiguieras juntar todos los trozos y pegarlos, nunca volvería a ser el mismo plato. Sería algo recompuesto y, por lo tanto, frágil. Ya nunca volvería a ser lo mismo que antes de romperse”. Deduzco entonces la enseñanza: No cometer acciones que tengan resultados irreversibles. Se lo digo y le cambia la cara. Se pone colorado, morado, rojo, azul y finalmente vuelve a su color natural, y yo admiro su autocontrol por la barbaridad que supongo habré dicho.

A ver, alma de cántaro, me dice”, porque mi gurú será gurú, pero ante todo es persona, humano y cercano, “no puedes andar por la vida sin pisar ninguna flor, ni romper un plato. No puedes andar los caminos sin salirte, a veces, para pisar el campo arado. No puedes, en resumen, vivir sin cambiar tu entorno, para bien unas veces, para mal otras. Solo te digo que debes ser consciente de que los platos rotos tienen un coste, que a veces pagarás tú, seas tú el culpable o no, que a veces pagarán otros.

Pero entonces…”, le digo, “¿es bueno o malo romperlos? Porque si no tienen arreglo… ¿no sería mejor dejarlos quietos, guardados y a salvo?”. Y nada más decirlo, yo mismo veo una imagen: platos almacenados, seguros, metidos en armarios cerrados, acumulando polvo, platos aburridos, sin vida, sin alma. Y me dan ganas de tirar abajo ese armario y que se rompan todos y se hagan migajas microscópicas. Y me veo a mí recogiendo esos trocitos minúsculos, barriéndolos y moliéndolos después, haciendo una masa con ellos. Y me veo dando forma a esa masa, añadiéndole agua y dándole vueltas en el torno, trabajándola hasta que se convierte en algo distinto, en un hermoso jarrón, en tazas de bellas formas, en platos nuevos. 

Y veo el coste: recoger los pedazos con paciencia y trabajo, a veces durante mucho tiempo, hacerlos maleables, usarlos para construir algo nuevo. Es un precio alto, un peaje necesario y que conlleva sudor, y sufrimiento, pero el resultado siempre merece la pena… casi siempre. 

Ese “casi siempre” me deja dubitativo. Mi gurú se ha dormido mientras yo meditaba sobre los platos rotos, así que busco yo mismo una respuesta. Y la encuentro: cuando no haya merecido la pena, al menos, habré aprendido a reconstruir y, en la siguiente ocasión, algo más hermoso saldrá del torno.

jueves, 7 de septiembre de 2017

Negativas


Dice mi gurú que tengo que aprende a decir NO. Dice que es una palabra de solo dos letras, monosílaba y que sale con apenas un chasquido de la lengua. "Es fácil", me repite, "inténtalo". Sabe que me cuesta horrores, así que insiste, me acorrala y me obliga. Digo NO al aire, pero claro, es que al aire le da igual.

Entonces me señala un taburete y dice: "Ahí sentado está alguien que te pide algo que necesita de ti. ¿Lo estás viendo?". Yo me hago el despistado, pero él sabe que lo veo y sabe que está tocando en un punto de mi alma que es sensible, pero es que por eso es un gurú, porque conoce el atlas del sufrimiento.

"Cuándo a ti te niegan algo, ¿te enfadas con quien lo hace?" "No", le digo. "Entonces, ¿por qué piensas que ellos lo harán contigo?" Le digo que no lo sé, mirando a un punto perdido de la pared, aunque puede que sí lo sepa. Enumero razones mentalmente: ¿Porque necesito su aprobación? ¿porque temo su rechazo? ¿porque me afecta lo que piensen de mí? Cualquiera podría ser la respuesta, pero, como siempre, dudo. ¿Y si solo estuviese en mi mente? ¿Y si al final resultara que no pasa nada por un NO?

Interrumpe mis pensamientos, a su manera, con otra idea: "Ahora recuerda alguna ocasión en la que tenías el NO en la punta de la lengua, pero acabó siendo un SÍ. Vuelve a aquel momento e imagínate qué hubiera pasado si te hubieras negado”. Rememoro, cambio la respuesta y las imágenes posteriores aparecen en la película de mi mente. No son malas, ni buenas, solo distintas. 

Me pregunto y le pregunto si ese resultado distinto hubiera sido mejor con la negativa. Mi gurú responde que él no tiene la respuesta y yo me enfado con él. Me dice: "Nadie conoce el futuro, nadie sabe si las respuestas son buenas o malas, sin embargo, ¿por qué crees que tenías el NO a flor de piel?". Lo pienso y digo "porque me lo decía mi instinto". Frunce el ceño y me echa en cara: "Entonces... ¿por qué no le hiciste caso? ¿Te ha fallado muchas veces?". "No muchas", digo, y ahora me enfado conmigo mismo.

"Tu instinto es tu aliado, es ese otro que vive dentro de ti y que piensa antes que tú. No te habla, ni te da razones, solo te da su sabia opinión en pocas y silenciosas palabras."

Asimilo las enseñanzas de hoy: “Tengo que aprender a decir NO cuando mi instinto me lo diga.

Pero, ¿y cuándo se equivoque?

Y mi instinto me responde con otra pregunta: ¿Tan malo es equivocarse?

miércoles, 30 de agosto de 2017

Piedras en la corriente


Dice mi gurú que las personas entran y salen de mi vida. Dice que son como piedras que arrastra la corriente y que, cuando llegan a mi remanso, dependiendo del peso, de lo que significan y aportan, unas se quedan y otras siguen su curso arrastradas por el agua. Dice que deje partir a las que son ligeras y que aprecie a aquellas que encajan, y se quedan. Dice que incluso aquellas que parecen quedarse para siempre, puede que sean arrastradas de nuevo si la fuerza del agua cambia, si la corriente se alborota o simplemente si se van, sin más. Hasta aquí, todo bien.

Luego dice mi gurú: "¿Te has parado a pensar por qué se quedan algunas y otras no? ¿Por qué tu remanso admite unas y deja partir a otras? ¿Por qué algunas de las que se quedan, al menos temporalmente, acaban siendo perjudiciales para tí?". Y me deja pensativo. ¿Y si hubo piedras que no tenían que haberse ido? ¿Y si otras no tenían que haberse quedado? ¿Dónde están los límites? ¿Cuáles son los criterios? Me debato y discurro hasta el cansancio para, al final, llegar a una idea: la dignidad es la que decide. El quererse a uno en primer lugar es lo que manda.

Y cuando ya parece que lo tengo seguro, mi gurú remata: "...pero cuidado, no seas tan rígido que todas las piedras, pesen lo que pesen, sean demasiado ligeras para ti y pasen de largo, ni tan flexible que hasta un grano de arena encuentre acomodo en tu remanso". Entonces vuelven las dudas sobre los límites.

Al final, recuerdo aquel anuncio famoso en el que alguien decía: "Fluye, sé agua, amigo mío", una gran verdad en muy pocas palabras. Y dejo de pensar y me limito a observar la corriente, sus cambios de velocidad, sus saltos, sus salpicaduras. Y sin que me dé cuenta, unas piedras se quedan y otras se van por sí solas.

Mi gurú sonríe. "Estás en el camino", dice.

domingo, 27 de agosto de 2017

Miércoles



Inés abre sus ojos azul cobalto y contempla el billete que él dejo sobre la mesilla de noche antes de irse. Está colocado bajo sus pendientes, esos mismos que arrojó de cualquier manera en cuanto entraron por la puerta. Siempre tiene ese tipo de detalles con ella, es por lo que le gusta y por lo que el dinero no duele tanto. Viene a decir: “aquí tienes tu sueldo, aquí tienes tu dignidad, no la pierdas”. 

Se levanta soñolienta y camina hacia el baño. Siempre la misma habitación de hotel, es una manía de él. “Es tu zona de confort”, le dice ella muchas veces, “si te cambiara un mueble de sitio, seguro que no se te levantaba”. Intenta provocarle para que deje de ser un caballero, para que se porte mal, para que la vergüenza no la golpee cuando él sale por la puerta. Puta vergüenza. Tira de la cadena y va hacia el mueble donde están colocadas las líneas de polvo blanco en perfecta formación paralela. Tres antes del sexo, tres después. Esa es su zona de confort, esa que solo puede pagar con los billetes que nacen debajo de sus pendientes cada miércoles de cada semana, de cada mes, desde hace tanto tiempo que ya ni recuerda.

Martín sale del hotel y coge el coche. Está lloviendo. Desconecta la mente y deja que la costumbre conduzca por él. Desde el hotel hasta la urbanización no hay más que veinte minutos, pero los miércoles siempre suele parar en algún sitio y anestesiar la conciencia con alcohol. Le es necesario para poder mirar a su mujer a la cara al llegar a casa. No es algo que pueda controlar. No es solo sexo, no es morbo, no sabe lo que es. O quizá sí lo sepa, pero no quiere admitirlo. Sale, coge el coche de nuevo y deja parte del dolor sobre la barra del bar, al lado del vaso de ginebra.

Cuando llega a casa, ella está en la cocina, preparando algo para cenar. Antes de entrar a darle un beso se pasa una mano por la cara, intentando borrar la vergüenza que siente, la puta vergüenza de cada miércoles a esta hora. Ella se vuelve y le sonríe. Él se acerca y, con mucho cuidado, le limpia un poco de polvo blanco que le ha quedado en el labio superior, siempre tan caballero. Los ojos azul cobalto, inyectados en sangre, se humedecen.

Fuera de la casa sigue lloviendo, como si el agua quisiera ayudarles a arrastrar la vergüenza, la puta vergüenza.

sábado, 12 de agosto de 2017

Malvados



Blancanieves se sentó al otro lado de la mesa, mirando con sorna a la reina Grimhilde. La vieja monarca, sin su espejo adulador y sus poderes, aparecía hundida, con los ojos vacíos. La joven comenzó el interrogatorio.

-Eres perversa, eres malvada, eres una ególatra insufrible que solo buscaba la adulación, que solo se miraba a sí misma en el espejo, sin ver a nadie más, sin ver más allá de su propio placer. Eres el egoísmo en el que se basan los genocidas, los psicópatas, los asesinos. Eres una manipuladora que planeó y ejecutó un asesinato solo porque alguien podía ser más bella que tú. Eres la basura que está en el fondo de la basura, la que está más putrefacta. Eres mierda que…

-Mi joven princesa… no te equivocas al describir mis actos. Fui todo eso y más. Cometí maldades que incluso tú desconoces. Y ahora mírame, aquí estoy, vencida por el tiempo, dispuesta a pagar por todo. Sin embargo, permíteme que restaure algo de aquello, solo una pequeña migaja, y te dé un consejo.

-¿Tú? Ja… ¿qué puedes enseñarme tú si no es algo perverso?

-Mi consejo tómalo o déjalo, joven, pero escúchalo aquí y ahora: todo el mundo tiene una razón para hacer lo que hace. No se trata de excusar la maldad, tan solo de entender el por qué. No se trata de perdonar al perverso porque tiene una razón para serlo, se trata de entender por qué llegó a ese punto. Y no por él, si no por ti, porque el rencor es una carga que te hará infeliz. Quédate, pues, con esto: no juzgues a quien tienes delante, pues un día puede que alguien quiera juzgarte a ti.

-Cháchara insufrible de una puta arrogante. Quisiste matarme a mí que no te había hecho nada, yo que he sido buena, yo que solo tenía buenas intenciones.

La vieja bruja miró compasiva a la joven.

-Dime pues, niña de los buenos sentimientos, ¿por qué abandonaste a aquellos siete que cuidaron de ti sin conocerte y te fuiste con aquel bello hombre que solo te brindó un beso?

Blancanieves se levantó iracunda y descargó un puñetazo encima de la mesa.

-¿Qué sabrás tú de mis razones, vieja zorra?
-¿Y tú, Blancanieves? ¿Qué sabes tú de mí?

domingo, 25 de junio de 2017

El tiempo que no vuelve



«Ey, amigo, te lo voy a explicar. No es tan difícil. Mira, es así: sales de tu casa por la mañana temprano y la dejas ahí, tumbadita en la cama. Son seis años de matrimonio, pero te sigue gustando la redondez de su culo como el primer día. Pues sí, tío, no me mires así, son años, pero qué coño, que sigo pillado con esa mujer. Pues como te decía, te vas al trabajo y ahí se queda ella. Y cuando llegas al curro te recibe el jefe a grito pelado, que parece que el maricón está esperándote desde el día anterior, y te dice que dónde están los informes. Joder, se quedaron encima del escritorio de mi casa. Salgo corriendo, cojo el metro de nuevo y cuarenta minutos de viaje que tendré que recuperar después de la hora de salir. ¿Sabes que veo cuando llego?... a la del culito redondo que se quedó en la cama subiendo al  coche de alguien, de un tío que no conozco. Pero incluso ahí, en ese momento, no dudo de ella. Es cuando les veo besarse cuando me descoloco.

Es ahí, amigo, cuando me olvido de los informes y quiero volver a la noche anterior, a los dos sentados viendo el concurso de mierda de la tele y riéndonos, con la cena sobre las piernas. 

En la esquina veo una máquina del tiempo. Entro y pido un viaje al pasado, a la noche anterior, a la semana anterior, a la vida anterior. Me lo sirven sobre un posavasos manchado y yo me lo bebo de un trago, y empieza el viaje: los dos vestidos de fiesta, bailando, y luego follando para despedir el año, que es como solíamos hacerlo; los dos discutiendo acalorados por una nadería y luego pidiéndonos perdón como adolescentes; los dos buscando un hotel rural, porque París está fuera de presupuesto.

Las imágenes se vuelven borrosas y pido ampliación del viaje. Vuelven a llenarlo y lo veo todo claro de nuevo. Hay momentos de tensión, de decisiones inaplazables; hay ilusiones, decepciones, alegrías, discusiones. Más momentos, más planes, más futuro, más pasado… ningún presente.

Necesito algo más fuerte, un viaje más intenso. Lo pido, pero me ponen mala cara. Discuto y al final lo consigo. El encargado de la máquina del tiempo me hace pasar a otra estancia, más discreta, donde me esperan líneas blancas, líneas de tiempo, que aspiro con un billete viejo. Sonrío. El aleteo en el corazón, los buenos momentos que vuelven, y decido salir de allí mirando al cielo, sin dejar de sonreír por lo que estoy reviviendo, mi viaje al pasado. 

Y cruzo la calle buscando el tiempo que no vuelve.

Sí, tío, ¿ves como sí es posible viajar en el tiempo? Escúchame, ¿ves aquella monada que está detrás del cordón policial, la que tiene cara de preocupación? No la dejes acercarse. Colócate la gorra, ajústate el uniforme, vas hacia ella y le dices que se tranquilice. No le digas que la mitad de mi cuerpo bajo este coche es solo ya una masa informe. No permitas que me vea así al final de este viaje. Dile que la quiero.»